El día de la industria, que cada 2 de septiembre se celebra en la Argentina en conmemoración al primer envío al exterior de productos manufacturados en suelo nacional, llega en un contexto destructivo. La gestión de Javier Milei profundizó, con una velocidad y crudeza inédita, el patrón de destrucción del entramado productivo. Beneficios fiscales y quita de regalías a empresas que explotan los recursos naturales, apertura importadora sin gradualismo, tasas de interés que asfixian el crédito productivo, caída del mercado interno y un modelo de acumulacion basado en la valorizacion financiera y la primarización de recursos naturales que pone en jaque la posibilidad de desarrollo, producción y trabajo argentino. En este marco, hablar de industria tiene que estar despojado de la nostalgia de un mundo que ya no existe, pero que es una discusión obligada para el presente y futuro.
Volver al proceso de industrialización del siglo XX no alcanza. Esa es la primera afirmación necesaria. Muchos son los debates acerca de si la sustitución de importaciones había encontrado, o no, del todo su agotamiento cuando la última dictadura militar irrumpió en la Argentina y posterior en la década de los 90 que intentó borrarla definitivamente con la profundización de instrumentos como la reforma financiera de 1977. Pasamos de un capitalismo productivista a financiero durante el siglo XX y estamos entrando al segundo cuarto del siglo XXI a lo que llamamos un capitalismo tecnológico.
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Sea cual sea la mirada, está claro que el mundo de hoy presenta otras complejidades y desafíos. La humanidad misma se encuentra en una transición civilizatoria que implica no solo un cambio de ciclo sino de etapa, es decir, un cambio ontológico en las condiciones materiales de existencia, las relaciones sociales, las fuerzas productivas y la subjetividad cultural, social e individual. Es así que los grandes actores mundiales discuten a cielo abierto el rumbo de la humanidad.
El poder global se reconfigura por estos tiempos al calor de los desarrollos de la inteligencia artificial, la robótica y la tecnología que transforman el rol del trabajo y la producción. Hoy la disputa entre los grandes bloques de poder mundial —la Casa Blanca, los tecno magnates de Silicon Valley, el Partido Chino y hasta el Papa León XIV, entre otros actores globales que ya se pronunciaron por la disputa de sentido en esta era— se juega en el terreno de la tecnología, la energía y los hidrocarburos y el control de las cadenas de valor. En este contexto, la Argentina no puede quedarse atrapada en una mirada nostálgica de industrialización por sustitución de importaciones, pero tampoco puede ser una alternativa válida en la actualidad la resignación a ser un país que solamente exporta recursos naturales. La pregunta que hay que contestar es ¿qué tipo de industria necesita el país en este mundo en transición tecnológica?
Una oportunidad histórica
Con una ubicación estratégica, con una posición ideal para el tránsito marítimo entre dos océanos, distancias clave respecto a la Antártida y el Atlántico sur y una posición privilegiada, desde el punto de vista geográfico, respecto al Mercosur, la Argentina tiene lo que el mundo necesita: energía, litio, cobre, alimentos, agua. Es una oportunidad histórica: estos recursos son la base material de la transición tecnológica global. No aprovecharlos con una estrategia soberana sería repetir, con otros nombres, los mismos errores que ya cometimos en nuestra historia.
El desafío no es elegir entre tecnología o soberanía como polos opuestos. Se debe construir una política con la tecnología como herramienta de soberanía y desarrollo nacional. No debemos caer en el error de la mera extracción de los mismos. Debemos transformarlos en el territorio nacional. Generar industria, tecnología, conocimiento y trabajo argentino. Porque la ausencia de un proyecto que retenga y reinvierta la renta de los recursos naturales en el territorio es parte de la explicación de por qué un país tan estratégico no logra escapar de la dinámica permanente de crecimiento y crisis. Industrializar, entonces, no es mirar al pasado. Es decidir qué lugar queremos ocupar en el mundo que viene. Una Argentina que no sea la materia prima de otros sino que produzca, transforme y genere trabajo.
El litio sin baterías reproduce dependencia. El gas sin petroquímica limita el desarrollo. El agro sin biotecnología pierde competitividad. La instalación de data centers sin desarrollo de tecnología y conocimiento nacional reproduce la posición de Argentina como enclave extractivo. La diferencia entre exportar litio y vender baterías es la misma que entre vender cuero y vender zapatos: no es solo económica, es política, es soberanía. La potencialidad nacional vendrá del desarrollo de la cadena: energía - hardware - software, con especial énfasis en el segundo eslabón que es el que a la Argentina le falta desarrollar.
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Este desafío nacional propone construir una síntesis entre el dilema producción y distribución. Argentina no va a lograr nunca distribuir el excedente de sus recursos naturales sin producir valor agregado y trabajo en suelo nacional. Al mismo tiempo, es necesario proteger el mercado interno, constituyendo un funcionamiento articulado de economía plural —privado, pública y comunitario— implementando una protección industrial inteligente al sector manufacturero, acabando con la apertura indiscriminada de importaciones actual que destruye todo, pero también con los subsidios de privilegio a empresarios monopólicos en perjuicio de la competencia de micro y medianas empresas.
También se debe constituir una incorporación como sujetos activos a la economía comunitaria de todos los sectores sociales que trabajan sin relación de dependencia para garantizar un piso de derechos básicos cubiertos, reconociendo el trabajo que realizan en sus comunidades. Para eso necesitamos una industria del siglo XXI. Generar valor agregado de nuestros recursos naturales y tierras raras, empresas y PyMEs fuertes, ciencia y tecnología, trabajadores y trabajadoras capacitadas, créditos para el desarrollo, mercado interno y un Estado que planifique.
Esto último es fundamental. No se trata de repetir fórmulas del pasado sino de construir una arquitectura productiva nueva, capaz de integrar valor agregado tecnológico a la base de recursos naturales y constituir una política soberana con producción, trabajo y distribución. Celebrar el Día de la Industria, hoy, no puede ser un acto de nostalgia: tiene que ser la afirmación de que Argentina todavía puede decidir qué lugar ocupa en el mundo que viene. Esa decisión, la de producir y distribuir o resignarse a ser materia prima, es la verdadera disputa de esta época.
