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El ilusionista y la urna: tecnología, fraude cognitivo y democracia

20 de octubre, 2026 | 18.51

Ya no hace falta robar urnas ni resucitar muertos en el padrón. El fraude del siglo XXI llega antes, por el celular, con la cara de un primo, de un video o de una cadena que alguien reenvió con un "¡mirá esto!". Tecnología, elecciones y la pregunta de siempre: quién manda.

Hubo un tiempo, no tan lejano aunque parezca prehistoria, en que la palabra fraude remitía a cosas que se podían tocar. La urna embarazada. El padrón con difuntos que votaban con sorprendente disciplina. La boleta que desaparecía del cuarto oscuro justo cuando llegaba el votante del partido equivocado. Eran trampas groseras, de puntero y de caudillo, pero tenían una virtud involuntaria: se veían. Y lo que se ve se puede denunciar.

Contra eso, la democracia fue construyendo sus anticuerpos. El voto secreto. El fiscal de mesa con su termo y su planilla. El escrutinio a la vista de todos. La urna transparente, que no es un detalle de diseño sino una declaración de principios: acá no hay nada escondido.

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El problema es que el truco cambió de lugar. Hoy el fraude más eficaz no toca el voto. Toca la cabeza del que vota. No altera el conteo, sino la decisión que lo precede. Llamémoslo fraude cognitivo: la manipulación deliberada, masiva y casi invisible de la información con la que cada uno de nosotros llega a la urna. Es un fraude que no deja actas, ni sobres, ni huellas en el sentido policial del término. Difícil de probar, más difícil de sancionar, y a veces hasta cuesta nombrarlo sin que a uno lo acusen de conspiranoico o, peor, de mal perdedor.

La fábrica

Conviene empezar por desarmar una idea cómoda: que esto es obra de un par de pibes aburridos con mucho tiempo libre y buena conexión. Nada de eso. Es una industria, con presupuestos, proveedores, clientes y hasta ofertas de temporada. El Oxford Internet Institute, que no es precisamente una célula bolchevique, relevó en 2020 campañas organizadas de manipulación en redes en 81 países, contra 70 el año anterior, montadas por gobiernos, partidos y consultoras privadas. En al menos 48 de esos países el trabajo sucio se tercerizó en empresas. ¿La herramienta favorita? El desprestigio del adversario, presente en el 94% de los casos. En el 73%, además, el acoso para que el otro directamente no participe. Producción industrial de basura, digamos.

El caso fundador tiene nombre y apellido: Cambridge Analytica. En 2018, un exempleado contó que la consultora, financiada por el multimillonario republicano Robert Mercer y con Steve Bannon, el ideólogo de Trump, en su núcleo, se había apropiado de datos de hasta 87 millones de usuarios de Facebook mediante un inocente test de personalidad. Con eso armó perfiles psicológicos para bombardear con mensajes a medida en la campaña de Trump y en la del Brexit. Mirado con distancia, el hallazgo es demoledor. Ya no hay un discurso público que se pueda discutir, chequear o refutar en un debate. Hay miles de discursos privados, cada uno cortado a la medida del miedo de su destinatario. Al jubilado le hablan de inseguridad, al comerciante de impuestos, al pibe desencantado de la casta. Nadie escucha lo que les dijeron a los demás. La plaza pública se convirtió en millones de confesionarios.

Después están los ejércitos. Bots, trolls a sueldo, influencers de alquiler. Su función no es tanto convencer como fabricar una sensación: que todo el mundo ya piensa así, que la ola es imparable, que el que duda se está quedando afuera. Rumania lo vivió en carne propia. En noviembre de 2024, un señor llamado Călin Georgescu, ultraderechista, prorruso, sin partido y casi sin actos ni entrevistas, ganó la primera vuelta presidencial con el 22,9%. ¿Magia? Los servicios de inteligencia encontraron una red de unas 25.000 cuentas de TikTok y grupos de Telegram coordinados, que se activaron a fondo dos semanas antes de votar, con influencers pagos y técnicas para que los filtros no detectaran a los bots. El Tribunal Constitucional anuló la elección el 6 de diciembre. Primera vez en Europa que se cae un comicio no porque adulteraran las urnas, sino porque adulteraron a los votantes.

Súmenle la inteligencia artificial, que permite poner en boca de cualquier candidato lo que jamás dijo, con su voz y su cara, por monedas y en minutos. Y no es lo peor. Lo peor es lo que los especialistas llaman el dividendo del mentiroso: cuando todo puede ser falso, cualquier prueba verdadera puede despacharse con un "eso es IA, es trucho". La máquina no solo fabrica mentiras. También le baja el precio a la verdad.

Nada de esto funcionaría, ojo, sin un modelo de negocios que lo premia. Las plataformas viven de nuestra atención, y no hay nada que retenga más la atención que la bronca. Un mensaje que indigna llega más lejos que uno que explica. El algoritmo dirá que no tiene ideología. Puede ser. Pero tiene gustos, y le gusta lo simple, lo emocional y lo que divide.

Y queda el sótano: WhatsApp, Telegram, los grupos cerrados. Ahí la mentira no llega de un desconocido, sino del primo, de la vecina, del compañero de laburo. La confianza personal funciona como sello de garantía. El cifrado, que nos protege la privacidad (y bienvenido sea), deja también esos circuitos fuera del alcance de periodistas, chequeadores y jueces. Brasil 2018 fue el laboratorio. La Folha de S.Paulo reveló que empresarios, entre ellos la cadena Havan, pagaron contratos de hasta 12 millones de reales para disparos masivos de mensajes contra el PT, con números truchos para colarse en más grupos y esquivar los límites de reenvío. Un año después, un gerente de WhatsApp admitió en público que hubo empresas mandando mensajes en cantidades industriales, en violación de las reglas del servicio. Como en Brasil las empresas no pueden financiar campañas, toda esa plata quedó afuera de cualquier rendición de cuentas. Financiamiento ilegal convertido en propaganda invisible. Un combo perfecto.

El mago y la caja

Ahora hagamos un ejercicio. Imaginemos que, en lugar de meter nuestra boleta en una urna transparente, se la damos a un ilusionista. Un tipo simpático, de guantes blancos, que la hace desaparecer en una caja cerrada y, a la noche, abre la caja y anuncia el resultado. Puede ser el mago más honesto del mundo. No lo sabemos. Y no tenemos ninguna manera de saberlo.

Esa es, en esencia, la objeción de fondo al voto electrónico. No se trata de decir que toda máquina hace trampa, que sería caer en la misma paranoia que alimenta a los charlatanes, sino algo más simple y más serio: el ciudadano común no puede verificar qué pasa adentro. Con el papel, cualquier vecino sin título de ingeniero puede mirar, contar y controlar. Con el software, el control queda en manos de unos pocos expertos, de la empresa proveedora y de quien tenga acceso al código. O sea, del mago y sus amigos.

No es un capricho de nostálgicos. Varios países que se subieron al tren electrónico se bajaron, y con argumentos de peso. En Alemania, el Tribunal Constitucional Federal declaró inconstitucional, el 3 de marzo de 2009, el uso de las máquinas en la elección de 2005: los pasos esenciales de una elección, dijo, tienen que poder ser controlados por cualquier ciudadano sin conocimientos técnicos especiales. Así de sencillo. En los Países Bajos, un grupo de informáticos voluntarios armó en 2006 una campaña con un nombre que lo dice todo, "No confiamos en las computadoras de votación", demostró en televisión que las máquinas podían manipularse y, en octubre de 2007, el Parlamento retiró la base legal del voto electrónico. El país volvió al papel por primera vez en más de cuarenta años. Irlanda compró sus máquinas en 2002, abandonó el proyecto en 2009 y terminó vendiéndolas como chatarra por unos 70.000 euros, después de haber gastado cerca de 55 millones. Y Paraguay, que las usaba desde 2001, las dejó en 2008, cuando la desconfianza de los partidos se volvió inmanejable.

La Argentina, convengamos, fue por el mismo camino. En las legislativas del 26 de octubre de 2025 se estrenó en todo el país la Boleta Única de Papel, establecida por la Ley 27.781. Se podrá discutir su diseño; lo que no hizo fue delegar el conteo en una caja negra.

Hay, de todos modos, una paradoja que no conviene esquivar. La desconfianza en las máquinas también puede ser un arma, y la extrema derecha la usa con destreza. Bolsonaro se pasó años sembrando dudas sobre la urna electrónica brasileña, por si acaso tocaba desconocer una derrota. Por eso el argumento democrático no es "las máquinas hacen trampa", sino otro, más sólido: un sistema electoral es legítimo cuando cualquiera puede auditarlo con sus propios ojos.

Y acá se cruzan las dos puntas del ovillo. El fraude cognitivo y la caja negra se retroalimentan. Un sistema que el ciudadano no puede verificar es terreno fértil para que cualquiera grite fraude sin pruebas, y un ecosistema digital saturado de mentiras se encarga de que ese grito se vuelva viral. La confianza en un resultado electoral es un bien público: lleva décadas construirla y alcanza con una buena campaña de desinformación para hacerla polvo. La urna de papel, contada en público y bajo la mirada de fiscales de todos los partidos, no es un resabio del siglo pasado. Es la última trinchera de la verdad compartida.

Silencio para unos, megáfono para otros

La veda electoral nació con una idea razonable, casi tierna: darle al votante unas horas de calma para pensar sin que lo aturdan. Funcionaba en un mundo de actos, afiches, radio y televisión, donde el que violaba la veda ponía la cara y podía ser sancionado.

En las redes y en los grupos de WhatsApp, la veda no existe. O peor: funciona al revés. Los medios serios y los partidos que respetan la ley se callan, y ese silencio le deja la cancha libre a quien dispara mentiras desde cuentas anónimas. La veda se transformó en el horario central del golpe final, porque la víctima no tiene ni tiempo ni canales legales para desmentir.

Los ejemplos ya no son de manual. En Eslovaquia, en septiembre de 2023, durante el silencio electoral de 48 horas, circuló un audio fabricado con IA en el que el líder liberal Michal Šimečka parecía conversar con una periodista sobre cómo arreglar la elección. Medios y políticos tenían que callar, así que desmentirlo a tiempo fue casi imposible. El partido de Šimečka, que encabezaba varias encuestas, terminó segundo detrás de Robert Fico.

Acá nomás, en mayo de 2025, en plena veda de la elección porteña, cuentas afines a La Libertad Avanza hicieron circular un video falso en el que Mauricio Macri bajaba la candidatura de Silvia Lospennato y pedía votar a Manuel Adorni. El Tribunal Electoral porteño ordenó a X bajarlo esa misma madrugada, pero el video ya había hecho su recorrido. Analistas de opinión pública citados por Perfil estimaron que parte de la diferencia de poco más de dos puntos entre Adorni y Leandro Santoro pudo deberse a ese empujón final. Imposible probarlo, claro. Y justamente por eso el deepfake es un arma tan cómoda: hace el daño y no deja huella medible. Para colmo, como recordó entonces un estudio jurídico, la ley argentina ni siquiera tiene un delito específico para estos casos.

En las nacionales de octubre la película se repitió con otro protagonista: un video generado con IA en el que Jorge Taiana, primer candidato de Fuerza Patria en la provincia de Buenos Aires, anunciaba que renunciaba a su candidatura. La Justicia electoral recibió más de 360 denuncias en esa jornada, la mayoría por violaciones a la veda y por contenidos falsos hechos con inteligencia artificial.

La asimetría es obscena. El que miente actúa desde el anonimato y no tiene nada que perder. El atacado tiene que elegir entre callarse y respetar la ley, o desmentir y violarla. Macri, Lospennato y María Eugenia Vidal terminaron dando una conferencia de prensa el mismo domingo de la elección para aclarar lo obvio. Así como está, la veda castiga al que cumple y protege al que miente. O se actualiza, o se convierte en un regalo para los tramposos.

¿Por qué casi siempre ellos?

Llegamos a la pregunta incómoda. ¿Por qué casi siempre son los mismos? Repasemos: Cambridge Analytica al servicio de Trump y del Brexit, los disparos de WhatsApp a favor de Bolsonaro, la red de TikTok de Georgescu, las cuentas libertarias que fabricaron al Macri trucho. No es casualidad ni paranoia militante. Un estudio publicado en Nature en 2024, con datos de Twitter, Facebook y encuestas de 16 países entre 2016 y 2023, encontró que los usuarios conservadores comparten más noticias de baja calidad que los progresistas. Y antes de que alguien salga con que los chequeadores son todos zurdos: el resultado se sostiene incluso cuando la calidad de las fuentes la califican jurados de ciudadanos políticamente equilibrados.

Las razones no son ningún misterio. La primera es la afinidad con el algoritmo. El discurso de la extrema derecha es simple, emocional y se construye contra un enemigo: la casta, el comunismo, los inmigrantes, los zurdos, elija usted su villano. Es justo lo que el algoritmo premia. Una reforma tributaria progresiva necesita diez minutos para explicarse; un insulto viral, tres segundos. Ganan los tres segundos.

La segunda es su relación con la verdad, que es, digámoslo con delicadeza, instrumental. Para un proyecto que desprecia las instituciones, la prensa, la ciencia y a los expertos, mentir no tiene costo: es parte del método. Si toda verdad incómoda es "relato" o "periodismo ensobrado", la mentira eficaz se vuelve legítima. No compiten dentro de las reglas del debate público. Intentan demolerlas, porque en un ecosistema donde nada es verificable gana el que grita más fuerte.

La tercera es la plata. Esto cuesta, y suelen pagarlo grandes fortunas por afuera de la ley. Cambridge Analytica existió gracias a Mercer; los disparos de WhatsApp en Brasil, gracias a empresarios que no podían donar legalmente.

La cuarta es una alianza de intereses con los dueños de las plataformas, que comparten con la extrema derecha un objetivo sagrado: que nadie los regule. El 7 de enero de 2025, Mark Zuckerberg anunció el fin del programa de verificación de datos de Meta en Estados Unidos, reemplazado por "notas de la comunidad" a la manera de X. Lo hizo después de cenar con Trump en Mar-a-Lago y de que Meta donara un millón de dólares para la fiesta de asunción. El propio Trump se atribuyó el mérito del cambio, sin ponerse colorado. Elon Musk, por su parte, ya no es solo un empresario: es un actor político, aliado de Bolsonaro y en guerra abierta con los reguladores europeos.

La quinta es la más inquietante. Para esta gente la desinformación no es un recurso de campaña sino una forma de gobernar: movilización permanente de la tropa propia, demolición de los árbitros (jueces, periodistas, autoridades electorales) y terreno preparado para desconocer una derrota. Bolsonaro y la urna electrónica. Simion, el heredero de Georgescu, denunciando fraude antes de conocer los resultados y anunciando después que impugnaría la elección que había perdido.

Esto es, con todas las letras, antidemocrático. La democracia supone ciudadanos que deciden con información compartida y verificable, y adversarios que aceptan reglas comunes. El fraude cognitivo reemplaza la persuasión por la manipulación. No busca convencer: busca engañar. No trata al votante como un ciudadano al que se le dan razones, sino como un blanco al que se le disparan estímulos.

¿Y la izquierda? Usa menos estas herramientas, y las razones son éticas, culturales y organizativas. Su tradición se apoya en la deliberación, el territorio, los sindicatos y los movimientos sociales, y en una convicción: cuando uno cree que los hechos están de su lado, tiene menos incentivos para mentir. Hay también, seamos honestos, una desconfianza ideológica hacia las grandes tecnológicas y un retraso evidente en entender cómo funcionan.

Pero sería un error, y un regalo para el adversario, decir que la izquierda nunca lo hace. En Brasil, el propio PT fue multado por el Tribunal Superior Electoral por impulso irregular de contenido contra Bolsonaro. Y en Nicaragua, Meta desmanteló en 2021 una granja de trolls de más de mil cuentas, operada desde oficinas del gobierno de Ortega y del FSLN, para atacar a una oposición que tenía a sus principales candidatos presos. La diferencia es de grado y de centralidad. Para la extrema derecha global, la manipulación digital es el corazón de la estrategia y viene con el respaldo de los dueños de las plataformas; en el resto del espectro aparece como desvío. Y cuando aparece, merece la misma condena. Quien denuncia el deepfake ajeno y calla el propio pierde la única ventaja que tiene, que es la autoridad moral.

El profeta de Palo Alto

Para entender por qué la extrema derecha y las plataformas se llevan tan bien, hay que asomarse a la ideología que se cocina en Silicon Valley. No a toda, conviene aclararlo: buena parte de los trabajadores del sector vota históricamente a los demócratas, y el valle nació de una mezcla rara de contracultura hippie y fe en el libre mercado. Pero en la cúpula, entre los que tienen la plata y toman las decisiones, hay una corriente que dejó de disimular. Y su nombre propio es Peter Thiel.

Thiel cofundó PayPal, fue uno de los primeros inversores de Facebook y es cofundador de Palantir, una empresa dedicada al análisis masivo de datos para gobiernos, fuerzas armadas y agencias de seguridad. No es un excéntrico más: es un ideólogo con chequera. En 2009 publicó en Cato Unbound, la revista digital del Cato Institute, un ensayo titulado "La educación de un libertario", con una frase que lo resume todo: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". Léase despacio. El problema, para Thiel, es que la gente vota, y cuando vota tiende a elegir impuestos, Estado de bienestar y regulaciones. Su conclusión no fue intentar persuadir a los votantes, sino escapar de ellos: refugiarse en el ciberespacio, en el espacio exterior o en ciudades flotantes en alta mar, gobernadas como empresas y sin deliberación.

Quince años después, el hombre ya no habla de escapar sino de conquistar. Puso 15 millones de dólares en la campaña al Senado de J. D. Vance en 2022, la mayor donación a un candidato al Senado en la historia de su país, y fue quien lo llevó personalmente a la oficina de Trump. Vance es hoy vicepresidente de los Estados Unidos. Sí, el mismo que salió a criticar la multa europea a X.

Thiel tampoco tiene demasiada paciencia con la prensa. En 2007, el sitio Gawker publicó una nota que revelaba su homosexualidad. Años después, Thiel financió en secreto, con unos 10 millones de dólares, la demanda de Hulk Hogan contra ese medio por la difusión de un video íntimo. El fallo, de 140 millones, terminó llevando a Gawker a la quiebra. Thiel describió su aporte como una de sus mayores obras filantrópicas. Un multimillonario que usa su fortuna para fundir a un medio que le resultaba molesto: anótese como muestra del concepto de libertad de prensa que circula por esos pagos.

En 2025, el hombre dio un paso más, esta vez hacia la teología. Entre septiembre y octubre ofreció en San Francisco un ciclo de cuatro conferencias privadas sobre el Anticristo, que después llevó a París y a Roma. Su tesis es que el Anticristo llegará disfrazado de regulador, prometiendo paz y seguridad frente a la guerra nuclear, el cambio climático o la inteligencia artificial, y construirá un gobierno mundial totalitario. Según asistentes, sostuvo que frenar o regular el progreso científico aceleraría su llegada, y llegó a sugerir que el Anticristo podría parecerse a la activista Greta Thunberg. Traducido al castellano: el que quiere ponerles reglas a Palantir, a X o a la inteligencia artificial no es un adversario político. Es el enemigo del fin de los tiempos.

No está solo. En octubre de 2023, Marc Andreessen, uno de los inversores más poderosos del valle, publicó un "Manifiesto tecno-optimista" con una lista de enemigos que incluía la sostenibilidad, la responsabilidad social, la ética tecnológica y los equipos de "confianza y seguridad". Es decir, justamente las áreas de las empresas que se ocupan de moderar contenidos y combatir la desinformación. Enemigos, dijo. No obstáculos, ni costos: enemigos.

Y no nos queda lejos. En abril de 2026, Thiel fue recibido por Milei en la Casa Rosada, en una reunión de casi una hora, y el Presidente lo definió como un anarcocapitalista como él. Por esos días se supo que había comprado una de las casas más exclusivas de Barrio Parque y que se instalaba un tiempo en Buenos Aires para ver de cerca el "experimento". Ya en 2024, en Miami, había dicho que ojalá a la Argentina le fuera bien, para que Estados Unidos no tuviera que atravesar cien años de decadencia antes de tener su propio Milei. Somos, para esta gente, el laboratorio.

Acá está el núcleo de la cuestión. La derecha tradicional defendía el mercado dentro de la democracia; discutía impuestos, no el derecho a votarlos. Esta nueva derecha, la que se financia y se piensa en Silicon Valley, sospecha de la democracia misma. Para ella la regulación es tiranía, el periodismo crítico es un estorbo y el voto popular, un obstáculo para la libertad de los que más tienen. Por eso el fraude cognitivo no le provoca escrúpulos. Si la democracia es el problema, manipularla no es un pecado: es un atajo.

La izquierda y el progresismo, con todas sus contradicciones, parte del lugar opuesto. Cree que la soberanía es del pueblo, que el poder económico debe rendir cuentas y que la tecnología tiene que estar al servicio de la sociedad, no al revés. Esa diferencia no es de estilo ni de herramientas. Es de proyecto.

Los dueños de la pelota

Detrás de cada deepfake y de cada cadena trucha hay una disputa de fondo, que es la de siempre: quién manda. Más precisamente, quién fija las reglas del espacio donde hoy se forma la opinión pública. Y en esa disputa los bandos se distinguen con bastante nitidez. De un lado, una alianza entre las grandes plataformas y la extrema derecha, que defiende un mercado de la atención sin reglas. Del otro, los que intentan someter ese poder a la ley democrática: tribunales, parlamentos, reguladores, periodistas, organizaciones civiles. El progresismo, cuando es coherente, juega en ese segundo equipo. Es el contrapoder.

Vamos a los hechos, que son tozudos. Brasil, mayo de 2023. El proyecto de ley 2630, el llamado PL das Fake News, buscaba obligar a las redes a ser transparentes y a responder por los contenidos ilegales que difunden. Ya tenía la aprobación del Senado y debía votarse en Diputados el 2 de mayo. La víspera, Google puso en su página principal un enlace que advertía que la ley podía empeorar la internet de los brasileños. Días después, Telegram les mandó a todos sus usuarios un mensaje que arrancaba diciendo que la democracia estaba bajo ataque. Con el lobby de las plataformas sumado a la presión de la bancada bolsonarista, el presidente de la Cámara retiró el proyecto por falta de votos seguros. Leamos bien lo que pasó: empresas privadas usaron su control sobre la información para torcerle el brazo a un Parlamento. Si eso no es poder, que alguien explique qué es.

Brasil, agosto de 2024. X se negó a cumplir órdenes judiciales y cerró su oficina en el país. El juez Alexandre de Moraes ordenó suspender la red el 30 de agosto, y la Primera Sala del Supremo Tribunal Federal lo confirmó por unanimidad. Musk lo llamó dictador y se sumó a los pedidos bolsonaristas de juicio político contra el magistrado. Semanas después, X terminó acatando las condiciones para volver. Moraleja: ninguna empresa está por encima de la ley de un país soberano, por más rico que sea su dueño.

Europa, diciembre de 2025. La Comisión Europea multó a X con 120 millones de euros, la primera sanción bajo la Ley de Servicios Digitales. Los motivos no tenían nada que ver con opiniones sino con transparencia: un sistema de tildes azules que engaña al usuario, un registro de anuncios que oculta quién paga la publicidad y trabas para que los investigadores accedan a los datos. ¿La respuesta? Llegó desde Washington. El vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio criticaron la multa, y el 23 de diciembre el Departamento de Estado le negó la visa al excomisario europeo Thierry Breton, impulsor de esa ley, y a cuatro integrantes de organizaciones que combaten el odio y la desinformación en línea. Un gobierno de extrema derecha usando el poder del Estado para castigar a quienes regulan a las empresas de sus amigos. Difícil encontrar una foto más nítida de quién trabaja para el sistema.

El patrón se repite con una monotonía que aburre. La extrema derecha llama censura a cualquier regulación y libertad de expresión a la impunidad algorítmica. Pero la libertad de expresión protege a las personas que hablan, no a los algoritmos que deciden qué escuchamos ni a las empresas que lucran con el engaño. Exigir que se sepa quién paga un aviso político no censura a nadie. Ocultarlo sí distorsiona la voluntad popular.

Dos advertencias, para que el argumento no se convierta en consigna. La primera: el contrapoder no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Según Breton, la ley digital europea se aprobó con cerca del 90% del Parlamento Europeo y los 27 Estados miembros, con votos de conservadores, liberales y socialdemócratas. Buena parte de la derecha tradicional también es víctima de estas operaciones, que lo diga Macri. La grieta real no separa izquierda de derecha, sino demócratas de cualquier signo frente a quienes quieren dinamitar las reglas comunes. Ahí hay una oportunidad para el progresismo: tejer alianzas amplias en defensa de la integridad electoral.

La segunda: ponerle límites al poder de las plataformas no puede significar darle al gobierno de turno la llave de lo que se puede decir. Las decisiones de Moraes fueron criticadas también por juristas que no tienen nada de bolsonaristas, y Telegram usó justamente ese temor para atacar la ley brasileña. Un contrapoder democrático se legitima con reglas claras, fallos fundados, transparencia y derecho a defensa. Si se parece a lo que combate, pierde.

El timbre y el algoritmo

¿Alcanza entonces con volver al timbre, al mate y a la mesita en la esquina? Sola, la militancia analógica no alcanza. Pero es el antídoto más potente que existe, y conviene entender por qué. El fraude cognitivo funciona porque explota la confianza: la mentira llega desde alguien que conocemos. La única defensa equivalente es otra red de confianza, hecha de gente de carne y hueso. El vecino que tocó el timbre, la delegada, la maestra del barrio, el referente del club o de la parroquia: su palabra pesa más que mil cuentas anónimas, porque tiene cara, historia y responsabilidad. Cambridge Analytica lo confirma por la negativa: su método funcionaba porque explotaba la confianza que les tenemos a nuestros amigos. Lo que la manipulación imita es el vínculo humano. Y si lo imita, es porque vale.

Ahora bien, abandonar el territorio digital sería entregarlo. No se trata de elegir entre el barrio y la pantalla, sino de llevar la lógica del barrio a la pantalla. Militancia digital con cara: personas reales, con nombre y apellido, que participan en sus propios grupos, comparten información verificada y discuten sin agredir. Nada de bots ni de cuentas truchas, porque la credibilidad es el capital, y se pierde una sola vez.

Hay que responder rápido, y con humor. Taiwán, blanco permanente de la desinformación china, desarrolló una estrategia que su ministra digital, Audrey Tang, bautizó "humor sobre rumor". Ante cada bulo viral, el gobierno publicaba en menos de dos horas los datos correctos envueltos en un meme o un chiste, y hasta sumó comediantes profesionales a sus equipos. Cuando un rumor provocó compras de pánico de papel higiénico, el primer ministro respondió con una imagen humorística en lugar de un comunicado solemne. La verdad también puede ser divertida. Y lo divertido se comparte.

Hay que adelantarse. Los especialistas lo llaman prebunking: explicar antes cómo funcionan los deepfakes y las cadenas falsas. Un votante avisado de que el sábado previo a la elección puede aparecer "un video del candidato renunciando" difícilmente se coma el amague. Después de lo de Macri y Taiana, esa advertencia debería ser parte de cualquier campaña, junto con equipos de respuesta rápida y protocolos acordados con la autoridad electoral, para que el desmentido oficial circule por los mismos canales y en cuestión de horas. El Tribunal Electoral porteño demostró que una orden judicial de madrugada es posible. Falta que sea la regla.

Hay que fiscalizar. La boleta de papel es una garantía solo si hay fiscales en todas las mesas. La fiscalización es la militancia artesanal en estado puro: miles de ciudadanos que regalan un domingo para que el conteo sea limpio.

Y hay que legislar en serio. Tipificar como delito electoral la difusión de deepfakes de candidatos. Extender la veda a la publicidad paga y a la difusión coordinada en redes. Obligar a las plataformas a etiquetar el contenido hecho con IA, a abrir sus archivos de avisos políticos y a responder en horas ante una orden judicial. Castigar con dureza el financiamiento oculto. No es una utopía: Moldavia endureció en junio de 2025 las penas contra la compra de votos y la financiación oculta, y dejó afuera de la elección a un bloque financiado ilegalmente.

Por último, y no es lo menos importante, hay que contar mejor la verdad. La emoción no es patrimonio de la mentira. El progresismo tiene las mejores historias: la del jubilado, la de la enfermera, la del pibe que fue el primero de su familia en pisar una universidad. Le falta contarlas como se cuentan las cosas hoy.

No está todo perdido

Sería fácil cerrar con un lamento. Sería, además, falso. La historia reciente está llena de momentos en que la manipulación parecía invencible y terminó derrotada por ciudadanos organizados, instituciones firmes y verdad bien contada.

Rumania, mayo de 2025. Seis meses después de la anulación, el heredero político de Georgescu, George Simion, ganó la primera vuelta con el 41%, el doble que su rival. Todo parecía cocinado. En dos semanas, el alcalde de Bucarest, Nicușor Dan, un matemático sin ejército de cuentas, dio vuelta la elección. La participación saltó del 53% al 65%: dos millones de personas más fueron a votar, y Dan ganó con alrededor del 54%. La movilización real le ganó a la movilización artificial.

Moldavia, septiembre de 2025. Un país chico y pobre, vecino de Ucrania, enfrentó lo que Francia, Alemania y Polonia describieron como una injerencia rusa sin precedentes, con compra de votos y desinformación. El partido proeuropeo de Maia Sandu, al que varias encuestas daban sin mayoría propia, sacó el 50,16% y la conservó.

Países Bajos, 2007. Un puñado de informáticos voluntarios, sin plata y sin partido, demostró que las máquinas de votar podían manipularse y logró que todo el país volviera al lápiz rojo. Cambridge Analytica, 2018: la empresa que prometía hackear la mente de los votantes cerró a las pocas semanas de que un exempleado contara la verdad. Y Brasil le hizo respetar sus leyes al hombre más rico del mundo, mientras Europa empezaba a aplicar las suyas aun con la principal potencia del planeta en contra.

Ninguna de estas victorias se consiguió imitando al adversario. Se consiguieron con más participación, más organización, más transparencia y más verdad. La mentira es poderosa, pero es frágil: necesita oscuridad, velocidad y anonimato. Expuesta, se debilita. Frente a una ciudadanía movilizada, pierde.

La democracia se defendió durante un siglo con una idea sencilla: lo que importa tiene que poder verse. Por eso la urna es transparente. El desafío es extender esa transparencia hasta el lugar donde hoy se forma la decisión. No se trata de prohibir la tecnología ni de añorar el mimeógrafo. Se trata de no entregarle el voto al ilusionista, ni en la urna ni en la pantalla.

El ilusionista tiene trucos, dinero y algoritmos. Nosotros tenemos algo que él no puede fabricar: millones de personas que se conocen, que conversan, que se cuidan y que, cuando hace falta, salen a votar y a fiscalizar. Esa red no se descarga de ninguna aplicación. Se teje mate a mate, timbre a timbre, grupo a grupo. Y cuando decide moverse, no hay algoritmo que la pare.

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Emmanuel Jaffrot

Doctos en Telecomunicaciones, Magister en Procesamiento de Señales e Imagenes, Ingeniero Electrónico. En la decada pasado tuvo a cargo la planificacion tecnica y teritorial de la TDA y de le Red Federal de Fibra Optica

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