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Más hijos, menos la libertad: cómo el capitalismo de plataformas cambia los proyectos de vida

02 de septiembre, 2026 | 15.55

La caída de la tasa de natalidad es un fenómeno social y demográfico que registra una aceleración a nivel mundial potenciado por diferentes factores económicos, socioculturales y materiales tales como el aumento en el costo de vida y la vivienda, la precarización laboral o el pluriempleo, la dificultad para conciliar trabajo y familia, el retraso en la edad de autonomización y por ende la postergación de proyectos afectivos o familiares, los mayores niveles de aislamiento, las dificultades para socializar y formar pareja, y por supuesto la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral y otros espacios que habilitaron nuevos formatos y proyectos de vida, por fuera del mandato tradicional de la maternidad.

Sin embargo, es indispensable comprender la tendencia en el marco de un hecho social, mucho menos visible y más difícil de contrarrestar, que tiene que ver con el cambio en la valoración social y la expectativa de tener hijos, el ingreso de nuevos propósitos de vida más allá de la familia y una mutación en la definición de lo que puede ser una vida plena, feliz o satisfactoria. Una investigación reciente publicada por el National Bureau of Economic Research (NBER), “Disminución de la fertilidad: El valor cambiante de la libertad, la realización personal y la familia”, justamente analiza ese hecho a partir del análisis de dos encuestas internacionales que fueron realizadas en rondas con una década aproximada de diferencia: la International Survey Programme (ISSP) y la Generations and Gender Survey (GGS). Ambos estudios incluye preguntas comparables sobre actitudes hacia la familia, los hijos y la reproducción.

El estudio identifica que una parte relevante de la caída de la natalidad deseada no se debe solamente a cuestiones económicas o materiales, sino a modificaciones en las preferencias y actitudes hacia la familia, la libertad y la realización personal. Los números permiten dimensionar la magnitud de un cambio que encaja muy bien en los mandatos de época y parece haber llegado para quedarse: entre 2012 y 2022, el número ideal de hijos declarado en las poblaciones estudiadas pasó de 2,42 a 2,31; mientras que la proporción de personas que manifestaron intención de tener un hijo cayó de 28% a 21%.

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En paralelo a las cifras, la investigación hace foco en el análisis cualitativo de las actitudes, imaginario, y categorías que acompañan o dan sentido al movimiento histórico y, entre las distintas variables analizadas, identifica que: crece la percepción de que los hijos interfieren en la libertad de los padres, modificación que explica aproximadamente la mitad de la caída del número ideal de hijos entre las mujeres; ha disminuido la proporción de personas que creen que tener hijos hace a una vida plena; se registra una incidencia mucho menor de otros factores que suelen ocupar el centro de la explicación pública, como una distribución más igualitaria de las tareas de cuidado, el conflicto entre trabajo y familia, la falta de acceso a una vivienda, o dificultades a la hora de encontrar pareja. El resultado obliga a ampliar la mirada y empezar a pensar esta transición demográfica no tanto desde los condicionantes y carencias materiales, sino también desde la ampliación de los modelos de proyectos de vida posibles y las aspiraciones de un adulto promedio.

Más libertad de movimiento en un mundo líquido

Los cambios en los modelos de vida también responden a las circunstancias que vive cada generación y cómo atraviesa su juventud y adultez en un contexto distinto. Durante la modernidad industrial, podemos decir que la familia y la reproducción constituían una parte central y estable del modelo normativo de adultez y uno de los principales mecanismos de ordenamiento social. El contexto histórico, la casa propia, el empleo asalariado estable, la familia numerosa y la división desigual de género, constituían un horizonte de expectativas compartidas a futuro.

No obstante, las transformaciones del nuevo nuevo milenio, cambios tecnoproductivos, el surgimiento de las redes sociales en 2010, los nuevos consumos, la educación sexual reproductiva, y el aislamiento post pandemia, produjeron una ruptura clara con ese mandato: la maternidad y la paternidad dejaron de ser destinos prácticamente obligatorios y pasaron a formar parte de un conjunto más amplio de elecciones biográficas. Desde la perspectiva de la individualización, tal como explica Ulrich Beck, este quiebre implica que decisiones que anteriormente estaban fuertemente estructuradas por instituciones, normas o expectativas sociales, pasan a ser experimentadas como elecciones individuales, y opciones de agencia propia, a la altura de otras dimensiones de la identidad y del proyecto personal.

Pero, además, lo que advierte el estudio es que esa individualización no produjo solamente una disminución del deseo de tener hijos, sino una revalorización de otras cosas como la autonomía, la libertad, la liviandad, la falta de ataduras o responsabilidades afectivas. La ausencia de hijos ya no necesariamente es interpretada como una carencia, una falta, un error o una etapa incompleta. En el siglo XXI las personas interpretan que pueden construir una identidad adulta socialmente legítima y deseable alrededor del trabajo, otro tipo de vínculos afectivos, las salidas con amigos, los proyectos personales, los consumos culturales, los viajes o el desarrollo profesional.

El fenómeno entonces trasciende el tema de la natalidad, dado que hablamos de una mutación sociocultural mucho más integral de las sociedades contemporáneas y las relaciones sociales donde ha adquirido centralidad la autonomía, la autorrealización y la gestión individual de la propia vida por sobre los proyectos familiares o vinculares. Claro que gran parte de la responsabilidad se ancla en la coyuntura distópica que transitamos, en la que la juventud está atravesada, mucho más que otras generaciones, por una crisis global multidimensional: pandemia, pérdida de oportunidades laborales y de desarrollo, cambio climático, epidemia de salud mental, aislamiento y crisis de representación.

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