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¿Por qué ganó la ultraderecha en Alemania?

14 de septiembre, 2026 | 15.19

Alternativa para Alemania (AfD), un partido de extrema derecha con una plataforma política xenófoba y étnico-nacionalista, se impuso con el 43,8% de los votos en el estado alemán de Sajonia-Anhalt el pasado 6 de septiembre de 2026. Su programa electoral incluye lo que llaman "reinmigración" (limitaciones estrictas al ingreso de migrantes, expulsión de refugiados y encarcelamiento de migrantes ilegales), limitar la enseñanza sobre el Holocausto y rescatar los aspectos positivos de la historia alemana, reacercamiento con Rusia y defensa de la "familia tradicional" en detrimento de las políticas de género y derechos LGBT.

La pregunta indefectible es por qué triunfó la ultraderecha, con un programa basado en la exclusión, en un país que protagonizó el Holocausto y la muerte industrial de 11 millones de judíos, Sinti y Roma, personas con problemas físicos y de salud mental, comunistas y socialistas, entre muchos otros, y que, hasta ahora, se había presentado ante el mundo como un modelo de democratización. Las razones son complejas e incluyen un proceso de elaboración de la masacre del Holocausto que, visto de cerca, presenta muchas fisuras, inclusive de narrativas en las que los alemanes se consideran parte de las víctimas y reducen la responsabilidad del genocidio a Hitler y algunos pocos líderes que lo acompañaron en el poder. Más cerca del presente, explicaciones complementarias pueden encontrarse en la realidad local de Sajonia-Anhalt así como en la situación política compleja a nivel federal, en una elección en la que parte del electorado buscó llevar un mensaje directo al gobierno central en Berlín.

Las causas locales nos llevan directo a la Alemania dividida entre Este y Oeste desde 1945 y por casi medio siglo. En el este alemán, donde se ubica Sajonia-Anhalt, persiste una narrativa extendida de abandono y exclusión, de ser “ciudadanos de segunda”. La reunificación de 1990 es muchas veces descripta por sus propios habitantes como una verdadera "anexión" del antiguo territorio comunista más que como una unificación entre iguales. Un sector que ilustra esta “anexión” son las universidades, que se poblaron de profesores del Oeste, desplazando a los académicos locales. Como es habitual, nada mejor que buscar chivos expiatorios aún más abajo en la escala social: Sajonia-Anhalt tiene una de las tasas de población migrante más bajas de Alemania, pero, aun así, la migración “irrestricta” aparece como la gran culpable del deterioro socioeconómico local. A eso se suma el desgaste de 24 años de gobiernos liderados por los conservadores de la CDU sin transformaciones estructurales visibles. En ese contexto, el liderazgo carismático de Siegmund, joven, atractivo, seductor (y que propone poner fin a la inmigración), funcionó como catalizador y promesa de cambio.

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A nivel nacional, donde también gobierna la CDU, el panorama no es mucho más alentador. Este partido siempre atrajo por su capacidad de asegurar una economía estable, pero este compromiso se desvanece ante tres años de estancamiento económico y recesión en sectores clave como la industria automovilística. AfD promete reencauzar la economía, aun cuando su política inmigratoria de exclusión es señalada – incluso por las grandes corporaciones- como un riesgo para el crecimiento de un país que necesita urgentemente de mano de obra. Se suman el rechazo al financiamiento militar de la guerra en Ucrania que se percibe como una guerra que no los concierne y que drenó las reservas fiscales, y el temor a políticas de recorte a nivel federal que apuntan a políticas sociales, como el adelanto de la edad jubilatoria, aumento de la jornada laboral y endurecimiento de las condiciones para acceder a licencias médicas. Se suma a ello que AfD promete modernización, renovación y volver a “sentir orgullo de ser alemán”, lo que cala profundo en un electorado que abraza un discurso nostálgico sobre un país que funcionaba y dejó de funcionar – algo que muchos ven reflejado en cuestiones muy concretas como la puntualidad de los trenes, de la que se jactaron históricamente y que hoy muestra estadísticas de que uno de cada tres no llega a horario.

Finalmente, como sucedió también en nuestro país y en muchas otras partes, AfD logró correr todo el arco político a la derecha. Esto incluye al canciller del Friedrich Merz (CDU) quien, hablando sobre la política migratoria de su gobierno, afirmó que había un problema en “los paisajes urbanos", un comentario interpretado como una vinculación entre la cambiante composición étnica de las ciudades alemanas y la delincuencia. No contento con ello, cuando un periodista le preguntó si debía disculparse con los migrantes por esa expresión, Merz respondió: "No sé si usted tiene hijos. Y si tiene hijas, pregúntele a sus hijas qué quise decir con eso. Sospecho que obtendrá una respuesta bastante clara e inequívoca. No tengo nada de que retractarme". Entre la derecha racista vieja que no funciona y una derecha racista nueva, muchos fueron por lo nuevo.

En fin, la ultraderecha avanza en muchas partes del mundo. Pero que esto ocurra en el país que protagonizó el exterminio masivo de quienes consideraba diferentes, y que hoy ocupa un lugar central en la economía y la política europeas, exige una alarma particular. Los medios alemanes cubrieron ampliamente el resultado electoral, y desde la sociedad civil hubo manifestaciones de rechazo en distintos estados, la mayor de ellas con unas 3.500 personas en Berlín. Pero se trata de una respuesta acotada: las conversaciones cotidianas siguen siendo, aun ahora, mucho menos cargadas políticamente que en nuestro país. El regreso de los fantasmas más oscuros de la historia alemana todavía no ocupa el lugar central que la urgencia demanda, y esa distancia, entre la potencial expulsión de millones de personas y la tibieza de la reacción social, es quizás la señal más inquietante de todas.

MÁS INFO
Valeria Vegh Weis

Soy Valeria Vegh Weis, 35 años. Título de abogada y alma en las Ciencias Sociales. Caí en la educación pública, más precisamente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde hice la Especialización en Derecho Penal y el Doctorado. Tengo un Master en Derecho Internacional de la New York University donde pude ir gracias a las becas Fulbright y la Global Hauser. Enseño Criminología y Justicia Transicional en la UBA y UNQui, entre otras universidades. Escribo y enseño sobre muchas cosas pero todas tienen un denominador común: menos desigualdad y más justicia. Con esa receta, no se puede sino ser feminista.

Ahora estoy en Alemania haciendo el posdoctorado, que es lo que sigue al doctorado cuando realmente te gustan los libros. En la capital alemana, trabajo como investigadora y docente en la Freie Universität Berlin, donde trato de mostrarle al Norte Global todo lo que se puede aprender del proceso de Memoria, Verdad y Justicia que iniciaron nuestras Madres y Abuelas. También soy investigadora asociada del Instituto Max Planck de Historia y Teoría del Derecho, donde investigo sobre el rol de Latinoamérica en el derecho penal transnacional.

Mi libro Marxism and Criminology: A History of Penal Selectivity (Brill 2017; Haymarket Books 2018) recibió los premios Choice Book Award por American Library Association (2017) y el Outstanding Book Award dado por la Academy of Criminal Justice Sciences (2019). También soy co-autora de Bienvenidos al Lawfare! escrito junto a personas que admiro con el alma: Raúl Zaffaroni y Cristina Caamaño (Capital Intelectual 2020). Ya está por salir mi nuevo libro Criminalization of Activism (Routledge 2021) cuya tapa muestra las protestas por el femicidio de Ursula en Rojas. Tengo más de diez años de trabajo en la justicia argentina y organismos internacionales. Mi valija anda por todos lados, pero mi corazón está en Darwin y Honduras, donde ensaya mi murga, Atrevidos por Costumbre.

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