EEUU: democracia y derechos humanos

25 de julio, 2021 | 00.05

"Cuando no recordamos lo que nos pasa, nos puede suceder la misma cosa…", los primeros versos de una canción (“Quien quiera oír que oiga”) del legendario autor y compositor Litto Nebbia, plantea una lúcida reflexión que hoy nos interpela con particular urgencia. Pues la conocida frase de Carlos Marx: "La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa"; analizada con perspectiva histórica y con proyección futura, pareciera no corresponderse con la realidad, en tanto está a la vista que la repetición consistiría en una combinación de ambas, una trágica miserable farsa.

Negacionismo persistente

La tendencia a persistir en negar aquello que se nos presenta una y mil veces como verdad, es una cuestión abordada por la Psicología, pero cuando se manifiesta en una sociedad desborda los alcances propios de esa disciplina para ser objeto de estudio o análisis desde muchos otros espacios no sólo del saber científico sino del saber popular.

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Es que ciertos acontecimientos por sus efectos son apreciables por la gente común sin apelar a especulaciones propia de las ciencias, más allá de las ayudas que puedan proveer, y exigen examinar las causas que los producen y en qué medida marcan una determinada tendencia que devela -eventualmente- algún común denominador.

Cuando esos acontecimientos son trágicos obligan a ser más severos al juzgarlos, como más rigurosos al evaluarlos. Criterio que también se nos impone al considerar la actitud de quienes cobran algún protagonismo en la génesis de esos episodios, en su acompañamiento -activo o pasivo-, en su encubrimiento o en su banalización.

La tragedia que significó para la Argentina la última dictadura dejó gravísimas secuelas en todos los órdenes de la vida social, económica, política y cultural que hasta el día de hoy no han sido posible restañar.

El fenómeno de la “desaparición forzada de personas” se verificó en otros tiempos de nuestro país, aunque la práctica sistemática, planificada, extendida y guiada por motivaciones político-económicas organizada desde la estructura del Estado, fue un sello identificatorio del período iniciado el 24 de marzo de 1976.

Hablar de "30.000" tiene absoluta e indiscutible sustancia, sin embargo, más allá del número -que da cuenta del espanto cuando le otorgamos corporeidad humana-, significa un axioma fundante del Nunca Más a la aceptación -por acción u omisión- de una experiencia semejante. Que a la par ha cobrado un sentido emblemático indispensable, que no admite especulaciones aritméticas.

A las miserables disquisiciones de Lopérfido, quien haciendo gala de su apellido pretendió obtener un lugar en la prensa haciendo torpes malabares matemáticos; hace poco se sumó un Senador de la Nación, Lousteau, que tomó aquella cifra para compararla con los fallecidos por Covid, que indicaba como triplicándola haciendo total abstracción de causas, comportamientos gubernamentales, regímenes imperantes, entre otras tantísimas diferencias que, deliberadamente, soslayó con el sólo propósito de provocar un efecto mediático, consciente de una analogía imposible se la aprecie desde dónde se la aprecie. 

¿Quién contó los seis millones de judíos víctimas del Holocausto? ¿Quién fiscalizó ese conteo? ¿Importa acaso?

Por supuesto que no, posiblemente hayan sido muchas más -también los desaparecidos-, pero la cifra se ha constituido en un símbolo de lo aborrecible, de aquello que la Humanidad no debería permitir que se repitiera y ese es el sentido que ha adquirido, configurando un deleznable sinsentido proponer una revisión o cotejo contable.

En cuanto concierne a la negra noche impuesta por el terrorismo de Estado, aparece otro dato de especial relevancia. Que no se trató de una etapa singular padecida por la Argentina, sino que formó parte de un Plan maestro que trascendió sus fronteras y que fue pensado para toda nuestra Región, como lo demuestra el -ya más que probado- “Plan Cóndor” que se ajustó a idénticos parámetros y cuyo origen -estrategia, financiación, coordinación y sostenimiento internacional- resultó de los objetivos de dominación del imperialismo norteamericano.

Una presencia omnipresente

El apodado “Gran País del Norte” ha vivido en situación de guerra permanente, dentro de sus fronteras -ampliadas por los saqueos a países vecinos- y, muy particularmente, en el resto del Mundo del que se siente dueño como designio de un “destino manifiesto”.

Algunos podrán representársela como una “Nación guerrera”, asignándole un temple que la distingue, cuando en realidad nada valioso ofrece esa caracterización a poco que se adviertan las caóticas consecuencias que ha provocado su afán imperial.

Nada positivo ha devenido para los Pueblos que han caído bajo su dominio militar o económico, que suele conjugarse o confundirse en los territorios ocupados, expoliados y privados de un desarrollo soberano.

Latinoamérica ha sido presa de esa insaciable vocación depredadora, desde los albores independentistas en el siglo XIX. Esos procesos de Emancipación que se propusieron la liberación de los Pueblos colonizados por España, pero sin perseguir su conquista en favor de aquellos que luchaban por tales causas sino para alcanzar su efectiva independencia.

Diferencia para nada menor con las acciones encaradas por EEUU, expresada sin ambages en la célebre Doctrina Monroe (“América para los americanos”, los norteamericanos obviamente) y mantenida desde entonces sin reparar en los medios -por lo general ilícitos- para concretarla efectivamente.

En las primeras décadas del siglo XX se registraron numerosas invasiones militares para ocupar territorios, derrocar gobiernos o imponer los de su preferencia, que continuaron en las décadas siguientes con la promoción de golpes de Estado -no exentos de magnicidios- valiéndose de las fuerzas armadas locales, adiestradas en Panamá (“Escuela de las Américas”) y en el marco de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional.

En el presente siglo variaron algunas metodologías en cuanto a intromisiones directas, aunque no estuvieron del todo ausentes, utilizando con idénticos fines las nuevas tecnologías de información y comunicación para la propagación de noticias falsas, en lo que cumplen un relevante papel las redes sociales junto con los medios hegemónicos, combinados con una ostensible colonización de los Poderes Judiciales que pasaron a ser un instrumento para la persecución y encarcelamiento de dirigentes políticos, sociales y sindicales.

Una nueva alarma

Al quebrantamiento de la institucionalidad democrática a través de los denominados “golpes blandos”, como fuera el caso de Lugo en Paraguay o de Dilma Rousseff en Brasil, se han sumado otras muchas operaciones desestabilizadoras que, en 2019, retomaron mecanismos golpistas tradicionales para remover a las legítimas autoridades elegidas por el Pueblo, como sucediera en Bolivia.

En una entrevista publicada el domingo anterior en Página 12, Evo Morales se manifestó claro y contundente acerca de la intervención de la CIA para la participación de los servicios de inteligencia argentinos en el golpe de Estado en Bolivia, en las postrimerías del gobierno de Mauricio Macri. Señalando también, el apoyo a los golpistas por parte de los gobiernos de Ecuador y Brasil. Nota a la que remito, por ser imposible sintetizar en unas pocas líneas los datos, análisis y planteos que efectúa el ex Presidente Morales para fundamentar ampliamente esas imputaciones.

La vergüenza para la Argentina que significa la colaboración prestada por su gobierno de entonces, expresada por el Presidente Alberto Fernández cuando saliera a la luz el envío de armamento a través de la Gendarmería, no es menor a la gravedad que implica una complicidad de esa índole que enciende una alarma en torno al giro hacia viejas formas de intervención en la Región.

Es en ese contexto en el cual hay que inscribir lo que está sucediendo con Haití y Cuba, que ocupan una posición estratégica para el control de acceso al Mar Caribe, directamente ligado al tráfico marítimo interoceánico por el Canal de Panamá. 

La descomposición del Grupo de Lima con el advenimiento de un nuevo Gobierno de raíz popular en Perú, al que han tratado de impedir que asuma con chicanas judiciales que no han obtenido finalmente su propósito, aunque auguran futuros embates que profundicen las serias dificultades para la gobernanza de ese país.

Chile, es otro de los focos de atención para EEUU, en tanto las movilizaciones sociales de 2019 que pusieron en jaque a las políticas neoliberales que se habían consolidado durante décadas, están demostrando un nivel de organización hacia una institucionalidad democrática que parte de una refundación constitucional que consagre serios cambios de paradigmas.

Un desarrollo soberano

“Es sabido que el sistema de plantaciones alimentó la Revolución Industrial. Pero el capitalismo no podría siquiera haber despegado ‘sin la anexión de América’ y sin la ‘sangre y sudor’ durante dos siglos en las plantaciones en beneficio de Europa. Debemos subrayar esta cuestión en la medida en que nos ayuda a darnos cuenta de hasta qué punto la esclavitud ha sido fundamental para la historia del capitalismo y de por qué, periódica y sistemáticamente, cuando el capitalismo se ve amenazado por una gran crisis económica, la clase capitalista tiene que poner en marcha procesos de ‘acumulación originaria’, es decir procesos de colonización y esclavitud a gran escala, como los que se presentaron en aquel momento” (Silvia Federici en “Calibán y la bruja”, págs. 185/186).

El Capitalismo Neoliberal es un sistema intrínsecamente injusto, no sólo en cuanto precisa valerse de la miseria de las mayorías para el enriquecimiento de unos pocos, sino porque su sustentabilidad depende de actos criminales y genocidas para la expoliación de los Pueblos a los cuales les arrebata sus recursos naturales para luego convertirlos -en el mejor de los casos- en mercados cautivos de los que se constituyen en proveedores privilegiados.

Difícil será entonces encontrar algún vestigio de humanización en las relaciones sociales y de producción que propicia, como apego alguno a los valores democráticos que proclama para denostar a los gobiernos que no se ajustan a sus demandas de sometimiento.

Es ostensible, por tanto, que tampoco forma parte de su ideario el respeto y promoción de los derechos humanos, que se exhibe solamente como recurso retórico apelando a lemas libertarios que en la práctica están en las antípodas de las libertades civiles y políticas ciudadanas.

Cualquier pretensión de desarrollo soberano configura un desafío a la dominación que requiere el Capitalismo Neoliberal para sustentarse, al igual que supone un peligro la estabilidad democrática que alcancen gobiernos inspirados en políticas nacionales y populares.

Frente a situaciones semejantes ninguna alternativa es descartable, con miras a mantener las condiciones de dependencia que se juzguen imprescindibles. De allí, que no deban sorprender episodios como los que se revelan en estos días.

¿Hay salida?

En igual o mayor medida que se manifiestan decisiones autónomas de gobierno, que se sortean con éxito los múltiples obstáculos que se interponen para alcanzar la soberanía en diferentes ámbitos, emergen las presiones desde el poder económico concentrado coordinadamente con las acciones desplegadas por el imperialismo norteamericano.

Los voceros de esos intereses antinacionales hacen su parte, presentando una irremediable encrucijada que no admite otra opción que encolumnarse tras ese “pensamiento único” y ajustarse al lugar que nos ha sido impuesto, al rol que nos fuera asignado y a la renuncia a cualquier otro tipo de salida, que se enuncia como inviable o, directamente, de imposible realización.

Cuando se viven tiempos de desbordados imperialismos, los estados, como Hamlet, ven frente a sí el dilema de ser o no ser …  Por eso, la cuestión más importante para el gobernante de hoy es decidirse a enfrentar al exterior si quiere ser, o sacrificar lo interno, sí renuncia a ser.” (Juan D. Perón, fragmento del Discurso a la Asamblea Legislativa del 1° de mayo de 1952).

Sin salida de ese sistema no hay futuro, si no existe habrá que inventarla. La Política no tiene límites y será siempre el instrumento para la transformación, renunciar a ella o someterse a los estrechos márgenes que nos son dados desde las matrices del Capitalismo Neoliberal es suicidarse; y los Pueblos no se suicidan, a lo sumo son sus dirigentes quienes -por buenas o malas razones- lo hacen, pero entonces del Pueblo surgen otros dispuestos a cumplir el mandato irrenunciable de la Emancipación como vía para alcanzar justicia, felicidad, derechos humanos en definitiva.

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Álvaro Ruiz

Abogado laboralista, profesor titular de derecho del Trabajo de Grado y Posgrado (UBA, UNLZ y UMSA). Autor de numerosos libros y publicaciones nacionales e internacionales. Columnista en medios de comunicación nacionales. Apasionado futbolero y destacado mediocampista.

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