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Cuando todo ahorro parece eficiencia, pero el costo termina pagándolo la competitividad

16 de agosto, 2026 | 19.05

Vista desde el cielo, Vaca Muerta parece un enorme plano técnico. Decenas de pads conectados por caminos, ductos y líneas dibujan una geometría precisa sobre la meseta patagónica. Cuarenta dibujos en el piso. O, si se prefiere otra imagen, un cuadro dentro de otro cuadro, donde cada nueva perforación completa una obra mucho mayor. Detrás de ese paisaje hay miles de empresas, tecnologías y personas que hacen posible cada pozo. Cuando hablamos de competitividad, la pregunta ya no es solamente cuánto cuesta desarrollarlo, sino dónde estamos buscando ahorrar.

En prácticamente todas las licitaciones relevantes del sector energético se repite una escena conocida. Una vez aprobada la ingeniería, definidas las especificaciones técnicas y mitigados los principales riesgos, comienza una nueva ronda de negociación económica. El objetivo es claro: obtener una mejora adicional sobre el precio ofertado.

Desde la perspectiva de abastecimiento, el resultado parece exitoso. Se consigue un descuento, el ahorro queda registrado y el indicador mejora. Sin embargo, pocas veces aparece una pregunta que resulta mucho más importante para la competitividad de largo plazo: ¿el esfuerzo negociador está concentrado donde realmente se generan los mayores costos del proyecto o simplemente donde resulta más sencillo obtener una reducción?

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La pregunta cobra especial relevancia en Vaca Muerta. El desafío ya no consiste únicamente en producir más hidrocarburos, sino en hacerlo de manera cada vez más eficiente, competitiva y sostenible. Y para lograrlo no alcanza con reducir costos: también es necesario preservar una cadena de valor capaz de acompañar ese crecimiento durante las próximas décadas.

Diversos estudios desarrollados por Aleph Energy, el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), trabajos presentados en el Instituto Argentino del Petróleo y del Gas (IAPG) y análisis internacionales coinciden en una misma conclusión: la mayor parte del costo de desarrollo de un pozo horizontal se concentra en las etapas de perforación y completación. Allí se ubican los grandes componentes del CAPEX: equipos de perforación, fractura hidráulica, tuberías, servicios especializados, logística y completación.

Los equipos de superficie —recipientes a presión, intercambiadores de calor, separadores, filtros, calentadores, lanzadores y recibidores de scraper, entre otros bienes de capital fabricados localmente— representan una porción significativamente menor de esa inversión total. Su importancia no radica en su peso económico, sino en el rol crítico que cumplen dentro de las instalaciones de proceso. Paradójicamente, es sobre ese segmento donde suele concentrarse buena parte del esfuerzo negociador.

Sin convertir el principio de Pareto en una regla matemática, sirve para formular una pregunta incómoda: si la mayor parte del costo del pozo se concentra en pocos rubros, ¿por qué buena parte del esfuerzo negociador termina enfocándose sobre componentes cuya incidencia económica es mucho menor? Cuando un descuento importante se obtiene sobre un activo que representa una fracción reducida del CAPEX, el impacto sobre la inversión total suele ser marginal. En cambio, ese mismo descuento puede consumir una parte sustancial del margen del fabricante que deberá seguir invirtiendo para responder a los desafíos futuros.

Y allí aparece un costo que nunca figura en una orden de compra.

La gestión moderna de abastecimiento hace tiempo entendió que comprar más barato no siempre significa comprar mejor. El concepto de Total Cost of Ownership (TCO) propone ampliar la mirada: el verdadero costo de un activo incluye su confiabilidad, disponibilidad, mantenimiento, soporte técnico, tiempos de respuesta, trazabilidad, cumplimiento normativo y capacidad de evolucionar durante toda su vida útil. El precio inicial es apenas el punto de partida. Cuando la decisión se limita exclusivamente a ese valor, el ahorro puede ser inmediato, pero la eficiencia no necesariamente será mayor.

Hace más de cuatro décadas, Peter Kraljic revolucionó la gestión de compras con una idea que hoy parece evidente: no todo debe adquirirse bajo la misma lógica. Existen productos donde el precio es la variable dominante y otros donde el verdadero valor está en asegurar continuidad operativa, conocimiento técnico, disponibilidad y bajo riesgo de suministro. La diferencia entre un commodity y un activo estratégico no está solamente en lo que cuesta, sino en lo que puede hacer perder si falta.

Difícilmente un recipiente a presión certificado bajo código ASME, diseñado para operar durante décadas en condiciones severas, sometido a inspecciones independientes y respaldado por ingeniería especializada pueda analizarse como un simple commodity. En ese tipo de equipos también se compra conocimiento, experiencia, capacidad de respuesta y confiabilidad. Aplicar la misma lógica de negociación a bienes completamente diferentes puede llevar a resultados engañosos. Como cantaba Moris, "Lo tuyo es mío y lo mío es mío". Trasladada a una cadena de valor, esa lógica termina conduciendo a la indiferencia por la sustentabilidad del proveedor y, con el tiempo, por la del propio sistema productivo.

El problema adquiere una dimensión aún mayor en el contexto argentino. Muchas empresas aceptan reducciones de precio no porque hayan logrado mejoras extraordinarias de productividad, sino porque necesitan sostener actividad, preservar empleo calificado y mantener capacidades industriales construidas durante décadas. El proyecto obtiene un ahorro inmediato, pero la industria consume parte de su capacidad futura.

Se posterga inversión, automatización, incorporación de tecnología, capacitación, desarrollo de ingeniería e innovación. En otras palabras, decisiones de corto plazo terminan debilitando la competitividad que será indispensable dentro de cinco o diez años. Sin advertirlo, podemos estar cavando nuestra propia tumba mientras celebramos una reducción de costos de escasa incidencia sobre el proyecto. Porque, como recuerda No Te Va Gustar, "con hambre no se puede pensar". Una industria que apenas sobrevive difícilmente pueda innovar, invertir, desarrollarse.

Existe además otro aspecto que rara vez aparece en una planilla comparativa de precios: la seguridad.

Antes de que un equipo llegue al yacimiento ya hubo cientos de controles invisibles. Selección y certificación de materiales, trazabilidad documental, procedimientos de soldadura calificados, ensayos no destructivos, inspecciones independientes, controles dimensionales, pruebas hidráulicas y auditorías de fabricación conforman una cadena de aseguramiento que permite que ese activo opere durante décadas bajo condiciones críticas.

Cuando un inspector observa una soldadura, ¿qué ve cuando la ve? ¿Ve únicamente un cordón metálico o también todo el sistema de ingeniería, procedimientos, controles y experiencia que permitió llegar hasta allí? La misma pregunta debería formularse al evaluar un fabricante. Porque detrás de cada equipo no sólo existe un precio; existe una organización capaz de garantizar integridad, confiabilidad y soporte durante toda la vida útil del activo.

Quizás haya llegado el momento de ampliar la conversación. Durante años la industria discutió cómo reducir el costo de desarrollar Vaca Muerta, y esa discusión seguirá siendo necesaria. Pero también debería preguntarse qué capacidades industriales estamos fortaleciendo y cuáles estamos debilitando mientras perseguimos esa eficiencia.

Cuando desaparece un fabricante nacional no sólo se pierde capacidad productiva. También desaparecen ingeniería, conocimiento acumulado, proveedores especializados, innovación, soporte en campo y autonomía tecnológica. Reconstruir ese entramado lleva muchos años; perderlo puede ocurrir en muy poco tiempo.

Por eso vale la pena volver a hablar de ciertas cosas. No para cuestionar la importancia de negociar, sino para preguntarnos si estamos negociando donde realmente importa. Porque la competitividad de Vaca Muerta no dependerá únicamente de cuánto logremos reducir el costo de un pozo, sino de la capacidad de sostener una cadena industrial preparada para acompañar ese crecimiento durante las próximas décadas.

¿Quién dijo que todo esta perdido? Desde el cielo, Vaca Muerta seguirá pareciendo un conjunto de dibujos sobre el suelo patagónico. Pero esos dibujos sólo existirán mientras exista una red de empresas capaces de diseñar, fabricar, inspeccionar e innovar. La competitividad no se construye debilitando cada uno de esos trazos, sino fortaleciendo el entramado que los conecta. Porque, Mañana es Mejor. Porque, al final, esa sí que es Argentina.

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Rubén Fabrizio

Director Ejecutivo de la Cámara de Industriales de Proyectos e Ingeniería de Bienes de Capital (CIPIBIC)

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