La salida de la pandemia demandará un “keynesianismo de guerra”

06 de junio, 2020 | 19.00

La salida de la pandemia demandará un “keynesianismo de guerra”El título encabezaba el resumen de noticias en español de un “prestigioso diario estadounidense” que sigue a pie juntillas la agenda del Departamento de Estado para la región. “Quizá la pospandemia fuerce los cambios necesarios en Cuba”, rezaba. Nada nuevo bajo el sol, literalmente, pero sí una muestra perfecta de los usos que los pronosticadores intentan hacer de la pandemia: alinear los cambios irreversibles que provocará el virus en el orden mundial con los propios deseos. ¿Hará cada uno lo mismo?

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La explicación sobre las causas de los procesos también es un clásico y se basa en la idea de la “agudización de las tensiones”. Quizá el único consenso que exista en torno a los efectos sociales del COVID-19 es que dejará más pobres que muertos. No es sólo una frase, la crisis económica global que ya comenzó tendrá dimensiones realmente impredecibles. Las dificultades para imaginar el futuro con precisión no se relacionan sólo con la duración de la enfermedad y las formas que elegirán las economías para salir del parate, sino en el dato más fuerte de que la humanidad se encuentra frente a un hecho completamente nuevo.

Existen antecedentes de recesiones y de guerras, pero no de que ramas enteras de la producción simplemente se detengan como consecuencia de que la población está obligada a encerrarse en sus casas. Las recesiones son “simples” problemas de demanda y las guerras son todo lo contrario a un parate generalizado. Si bien producen destrucciones masivas de activos, al mismo tiempo puede ocurrir que la producción se dispare y expanda más allá de la “frontera de posibilidades de producción”, es decir de la producción máxima teórica que se puede alcanzar con el uso pleno de los recursos productivos disponibles. Esto es así porque los recursos se exprimen, es decir se intensifica el uso de la fuerza de trabajo y las máquinas no se apagan nunca. Sin embargo, a pesar de las diferencias se pueden hacer analogías. El generalizado parate actual se parece mucho a una recesión y un camino posible de salida, una vez que logre contenerse el problema sanitario, es el keynesianismo de guerra.

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 Al respecto resulta interesante repasar que dicen las usinas de la economía vulgar. Si se leen los documentos que actualmente publican organismos como el FMI o el BID sobre la pandemia aparece algunos tópicos comunes a través de los cuales debería, en un futuro próximo, reordenarse la inesperada “anomalía”. Esta anomalía, claro, son los paquetes fiscales que las principales economías del planeta están impulsando para evitar que las recesiones se transformen en depresiones y crisis sociales. Las magnitudes de las ayudas dependen sobre todo de “la profundidad” de los aparatos de Estado ante que de las ideologías de los gobernantes, pero en todos los países siguen los mismos lineamientos: reforzar vía transferencias los ingresos de los trabajadores, empleados o no y con eje en la población más vulnerable, y aportar al pago de salarios. Estos ejes se complementan con las políticas monetarias y crediticias necesarias.

Lo esencial de lo que está ocurriendo, entonces, es la intervención pública generalizada y activa. Frente a este dato duro los organismos financieros deben aceptar que no se puede hacer otra cosa, pero enfatizan en la excepcionalidad de las acciones y en su necesaria transitoriedad. De lo que se trataría, entonces, es de volver a los Estados subsidiarios tan pronto como sea posible. En consecuencia los énfasis están puestos en “cómo se financiarán” los nuevos grandes déficit generados por los gastos de las intervenciones activas. De esta lectura se desprendería que, superada la pandemia, las economías deberían iniciar procesos de ajuste, un verdadero dislate económico, en tanto lo que realmente necesitarán hacer es salir de la recesión generalizada a escala planetaria. Y hay pocas dudas aquí que la velocidad de salida no dependerá del supuesto margen fiscal sino de la capacidad de los Estados. Las economías con Estados más desarrollados serán las que saldrán más rápido.

Mirando el panorama local, comenzaron a conocerse los números que preanuncian lo que vendrá. El Indec informó que las actividades de la Construcción y la Producción manufacturera cayeron en abril y en la comparación interanual el 70 y el 35 por ciento respectivamente (redondeando cifras a los fines expositivos). Cuando los números son tan grandes puede perderse la dimensión de su significación, pero resulta inimaginable pensar en la situación social y de subsistencia de la mayoría de las empresas si no existiesen los programas de asistencia estatal tanto a familias (IFE) como a empresas (ATP). Es probable que estos programas, que inicialmente se estima demandarán 4 puntos del producto, resulten insuficientes y deban ampliarse si se quiere acotar la dimensión de la crisis.

Del Informe Monetario Mensual del Banco Central correspondiente a mayo también surgieron algunos datos “anómalos”. El principal es que en los primeros 5 meses del año la cantidad de dinero en su expresión amplia (M2) se expandió por el equivalente también de 4 puntos del PIB. Lo notable es que los expertos en pronósticos fallidos que participan del REM, el Relevamiento de Expectativas de Mercado --que no se entiende muy bien por qué el BCRA sigue difundiendo en tanto ya no se sigue un esquema de metas de inflación-- pronosticaron una inflación más baja que la prevista un mes antes, alrededor del 40 por ciento anual para diciembre. Dicho de manera más explícita, la cantidad de dinero crece y la inflación baja, otro intríngulis para el pensamiento económico vulgar.

El segundo dato del Infome Monetario Mensual es que tal como se predijo en este espacio, la mejora en la remuneración a los plazos fijos, llevada ahora a 0,79 de la tasa de Leliq, no sólo aumentó los depósitos, sino que estabilizó el tipo de cambio. La contrapartida es que el BCRA, consiguió que los bancos paguen esa mayor tasa alimentando el crecimiento de las Leliq. En consecuencia podría acuñarse el dicho “más difícil que bajarle la rentabilidad a los bancos”.-    

 

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