Las resistencias a la solidaridad

La sanción de la ley de Solidaridad Social colocó en el centro de la escena un interrogante: ¿por qué deberíamos ser solidarios? 

29 de diciembre, 2019 | 00.05
Las resistencias a la solidaridad | Neoliberalismo

En estos últimos días el tema de la solidaridad estuvo en el centro de nuestro debate público, especialmente a partir de la sanción de la llamada Ley de Solidaridad Social. La cuestión de “por qué deberíamos ser solidarios” estuvo presente entre los argumentos de los opositores y críticos a la ley. Y la cuestión de cómo era posible que gran parte de nuestra sociedad no estuviera dispuesta a “ser solidaria” en este contexto de catástrofe social se repitió en otros espacios. 

Para muchos, datos como el 40,8% de pobreza, el 8,9% de indigencia o el 59,5% de niños y adolescentes viviendo en hogares pobres, deberían ser suficientes para posibilitar un despliegue solidario ejemplar por parte de una sociedad que, en general, siempre enunció a la solidaridad como uno de sus valores básicos. ¿Cómo es que esa misma sociedad parece aceptar como natural, o al menos como algo con lo que se puede convivir, que 16 millones de argentinos y argentinas sea pobre, y que en gran parte esos pobres sean niños o adolescentes? ¿Cómo es que esa misma sociedad, al menos en parte, se resiste a la solidaridad, cuando ésta es invocada en tiempos de catástrofe?

Sucede que la naturalización de la pobreza es posible por factores nada naturales, sino profundamente sociales. Y algunos de estos factores explican algunas de las resistencias de variados sectores a “ser solidarios” durante estos días; sectores que se dicen, se sienten y se piensan solidarios, y que posiblemente sean solidarios en numerosas ocasiones, pero que ejercen esa solidaridad selectivamente. ¿Con quiénes la practican entonces? 

En un hermoso libro publicado en español por la editorial Siglo XXI, el sociólogo francés François Dubet escribió una idea indispensable para comprender nuestra sociedad hoy. Dubet sostiene que los individuos tendemos a preferir la desigualdad, aunque digamos lo contrario. Y que eso se explica por un debilitamiento (previo) del valor y de la importancia de la igualdad como principio rector de las sociedades. Y que sin una noción compartida y valorada de igualdad no hay solidaridad posible. 

¿Es posible la solidaridad sin idea previa de igualdad? ¿Es posible ser solidario con alguien a quien no consideramos igual, portador de nuestros mismos derechos y obligaciones? ¿O en ese caso se trata, más bien, de caridad, de repartir aquello que nos sobra? Si aceptamos lo que escribe Dubet, entonces es posible que durante estos días de profunda emergencia nuestras resistencias a la solidaridad estén mostrando que entre nosotros sucede algo más profundo: que ya no nos consideramos iguales a quienes viven en la misma sociedad que nosotros, que ya no somos semejantes. Si es así, entonces sólo podemos ser solidarios en parte, o hacia una parte, sean nuestros amigos, nuestra familia, nuestros vecinos, nuestra comunidad inmediata, porque a ellos los reconocemos como iguales. Pero no podríamos ser solidarios con “el resto”, con los diferentes, con los otros. 

Largas décadas de neoliberalismo han dejado profundas huellas entre nosotros. Nuestra experiencia neoliberal más cercana, la de los últimos 4 años, nos mostró que gran parte de nuestra sociedad podía aceptar y apoyar un proyecto político que transformó a la Argentina en una verdadera máquina de producir desigualdades; no sólo de pobreza, sino de distancias cada vez más abismales entre los más ricos y los más pobres. Y una máquina así sólo es posible cuando la acompaña un relato que justifica esas desigualdades. 

El macrismo consolidó una sociedad cada vez más desigual y un discurso que volvía a esa desigualdad posible y además deseable. Nos dijo que había que producir un cambio cultural y moral profundo para lograrlo. Y para promover y legitimar la desigualdad, es necesario también hacernos creer que los argentinos y argentinas no somos todos iguales. Que algunos, iguales, teníamos determinados derechos, obligaciones y oportunidades, y que “el resto” no. Ese resto eran pobres, marginales, delincuentes, pibes chorros, chicas con la pollerita corta, planeros, vagos. Y lo más importante: la creencia está completa cuando somos convencidos de que ese “resto” social es responsable de su situación. Porque no se esforzó lo suficiente, porque no le importó, porque prefirió las salidas fáciles. En consecuencia, el no ser igual pasa a ser, también, una elección. 

Tan potente fue (y es) ese discurso naturalizador de la desigualdad que en las últimas elecciones el 40% de los argentinos volvió a apoyarlo, “a pesar de la economía”; y, agreguemos, a pesar de la desigualdad

Uno de los éxitos más contundentes del macrismo, y del neoliberalismo en general, es haber logrado que gran parte de nuestra sociedad se resista a “pagar por el otro”, como dice Dubet. Y “no querer pagar por el otro” puede significar muchas cosas. Por ejemplo, que no se quiere “pagar” resignando parte del propio ingreso y/o bienes, en cualquiera de sus formas, para paliar las carencias y el sufrimiento del otro. Y también, que no se quiere “pagar” las supuestas “culpas” del otro: porque, no olvidemos, el relato nos dijo que el otro no se esforzó, no quiso, no le importó, prefirió la salida fácil. 

Por eso no debe extrañarnos que parte de nuestra sociedad se conmueva sólo en parte (selectivamente) con ese 59,5% de chicos pobres que no debería dejarnos conciliar el sueño, o que presente resistencias cuando se le pide solidaridad con el otro. Porque, si ese otro “es responsable de no ser igual a nosotros”, ¿por qué deberíamos nosotros “pagar” por eso?

 

*Paula Canelo, es socióloga. Autora de ¿Cambiamos? La batalla cultural por el sentido común de los argentinos, Siglo XXI Editores.

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