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El tiempo pone las cosas en su lugar. Olvidada por décadas, ahora la historia terminó por reconocer la incansable lucha de Gerda Taro, la primera fotoperiodista en morir en un campo de batalla. Perseguida por los nazis se refugió en París y luego se infiltró entre los soldados para dar testimonio gráfico de los enfrentamientos de la guerra civil española. El libro La chica de la Leica (Tus Quets) retrata la frescura, el vigor y la necesidad de lucha de la mujer de 27 años que dio su vida por mostrar el horror.

“A Gerda la represento con una mirada caleidoscópica con los relatos de sus cercanos. Era una mujer muy comprometida políticamente, pero al mismo tiempo era divertida, jovial y le gustaba bailar. Es un personaje que no se puede describir por estereotipos: era libre, era fuerte, pero también tenía el perfil de la femme fatale. Era todas y ninguna a la vez”, cuenta la autora Helena Janeczek a El Destape.

Con pinceladas de la París de Cortázar en Rayuela y la reconstrucción de la camadarería al estilo Bolaños en Detectives Salvajes, la autora Helena Janeczek muestra a Taro con las amistades que supo forjar en medio de la persecución y la describe como “sincera hasta causar daño, afectuosa a su manera, a largo plazo”.  

Dos hechos ocurridos en los últimos años destacaron la figura de Taro: la aparición del hijo del médico que atendió a la fotógrafa luego de ser atropellada por un tanque y el hallazgo de la valija mexicana que guardó los negativos de las fotos que tomó Robert Capa, el seudónimo que utilizaba Taro y su pareja André Friedmann para fotografíar la guerra.

-¿Cuándo decidiste escribir esta novela?

-Decidí escribirla cuando encontré a Gerda Taro en 2009, año en que trabajaba en la novela Las golondrinas de Montecasino, que tiene como centro la batalla de Montecasino en la Segunda Guerra Mundial. Vi que en Milán había una exposición de Capa donde estaban las fotos de la Guerra Civil Española.  Estas exposiciones ponías las fotos de Capa y de Gerda, era la primera reconstrucción de su obra. Salí de esta exposición fascinada por ella, por su catálogo y por su mirada.

-¿Qué pensaste aquella vez que sentiste su obra por primera vez?

-La vida de Taro me recordó una pregunta que siempre me hacían durante mis estudios: ¿por qué escribís sobre la guerra que es un tema tan masculino? Yo siempre les respondía que ellos tampoco habían tenido una experiencia directa con la guerra.  Pero Gerda me hizo preguntar cómo era para una mujer entrar en la guerra para contarla.

-¿Qué fue lo que más te sorprendió de Gerda luego de hacer la investigación?

-Sentí que tenía una gran capacidad de mudar su piel, de adaptar su vida, pero manteniendo intactas ciertas características de su personalidad. Era una mujer muy comprometida políticamente, pero al mismo tiempo era divertida, jovial y le gustaba bailar. Es un personaje que no se puede describir por esteorotipos: era libre, era fuerte, pero también tenía el perfil de la femme fatale. Era todas y ninguna a la vez.

-¿En qué contexto cultural tomaba fotografías Gerda Taro?

-Lo que me encanta de las fotos de la Guerra Civil Española es que retratan el espíritu de solidaridad de la militancia. En las imágenes las víctimas no sólo eran víctimas: hay dignidad en las imágenes. Si bien había censura y la imposibilidad de mostrar cuerpos mutilados, también había una decisión individual. Creo que nuestra época debería tomar nota de esto.

-¿Gerda Taro impulsó el feminismo?

-No creo que haya querido ser una impulsora del feminismo. Fue una exponente de una generación de mujeres libres, pero no sólo de clase alta que ya datan del siglo XIX, sino también de la clase trabajadora. Fue representante de una época en Europa y también la Argentina, donde las mujeres consiguieron una autonomía, una libertad. En su caso y en el de sus amigos, también con un nuevo deseo de relaciones sentimentales. Creo que es importante redescubrir a Gerda Taro en esta ola del feminismo mundial.  Recuerdo que en un audio, su amiga Ruth contó que se hizo más de un aborto con doctoras. En períodos anteriores estuvo siempre prohibido, pero era más o menos seguro.