A medida que se acerca la hora de la urnas y a pesar de los esfuerzos ingentes del oficialismo por evitarlo, los contrastes entre Mauricio Macri y Alberto Fernández, o mejor dicho entre los proyectos que cada uno de ellos representa, se tornan cada vez más notorios y ya no pueden disimularse ni siquiera con ayuda del más formidable aparato de maquillaje mediático del que tenga memoria la democracia moderna en este país. Incluso en esas condiciones, cada día que pasa le resulta más difícil al gobierno hacer que el debate público gire alrededor de cortinas de humo en lugar de enfocarse en la agenda que propone la oposición y trata sobre los problemas más urgentes para los argentinos.

En las últimas jornadas el candidato opositor marcó las distancias: prometió un aumento “de inmediato” a los jubilados y descartó la necesidad de avanzar con una reforma laboral para crear empleo genuino. Dos diferencias sustanciales con la propuesta macrista de redoblar la apuesta del ajuste y la flexibilización. También se mostró crítico de línea que está tomando Macri en materia de política exterior, la misma semana que el gobierno recibió al secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, y decidió incorporar a Hezbollah en un listado de grupos terroristas. A diferencia de 2015, cuando los matices en el discurso de los dos postulantes se difuminaba en generalidades y mentiras, esta vez Fernández intenta discutir políticas.

Es un terreno que hasta ahora el macrismo no había transitado y en el que le cuesta hacer pie cuando el asunto se aventura más allá del guión diseñado por los especialistas que responden a Jaime Durán Barba y Marcos Peña. Al menos eso se puede juzgar por las dificultades que exhibió la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, cuando tuvo que esforzarse ante un par de repreguntas no demasiado comprometedoras. Del otro lado, Fernández se prestó a un puñado de entrevistas incómodas, alguna incluso hostil, que sirvieron para poner en evidencia que Macri no dio notas a periodistas ni medios críticos en todo su mandato.

Si lo hiciera, el Presidente podría despejar las dudas que pueden tener los argentinos respecto a la deuda de Correo Argentino, la financiación de las campañas de Cambiemos en las últimas dos elecciones, las irregularidades en obras emblemáticas, el blanqueo de fortunas de sus familiares, su vínculo con el sistema de espionaje ilegal revelado a partir del caso D’Alessio, el origen del dinero que tiene en guaridas fiscales o su involucramiento directo en el asedio mediático y judicial a Cristina Fernández de Kirchner. Demasiadas preguntas sin respuestas para un gobierno que hizo de la transparencia una bandera y a cuatro años de asumir no permite auditar ni siquiera el software que utilizará en el escrutinio.

Cuando juega sobre esos contrastes, Fernández se siente más cómodo, incluso de visitante, como se vio esta semana en Córdoba, de donde volvió envalentonado luego de recibir el apoyo de más de cincuenta intendentes y percibir “un clima distinto” en el vínculo con un electorado esquivo al kirchnerismo desde hace más de una década. El candidato del Frente de Todos seguirá enfocando su campaña en los distritos de trinchera, allí donde los votos que se suman salen directamente de la pila del adversario, como la provincia mediterránea o la Primera Sección Electoral bonaerense. Esta semana es el turno de Santa Fe, que recorrerá de la mano del gobernador electo, Omar Perotti, y de Mendoza.

Alberto confía en las encuestas que le llegan a sus oficinas de la calle México y que pronostican para agosto una ventaja amplia, que permita pensar en definir el pleito en octubre, sin necesidad de llegar a una segunda rueda que considera un riesgo innecesario. Pero más que las encuestas, el candidato muestra entusiasmo porque encuentra que los espacios y dirigentes que forman parte del Frente de Todos están alineados y concentrados en el mismo objetivo. A pesar de las fake news que anunciaban la neutralidad de la CGT, el conflicto entre los intendentes y Axel Kicillof o el desgano de Sergio Massa, Fernández cree que lo más valioso que tiene en esta campaña es el equipo.

Por otra parte, en la Casa Rosada todavía reiteran, a desgano, la letanía de encuestas que hablan de un empate técnico, aunque ya no pueden disimular que se saben en desventaja. De otra forma, resulta imposible explicar que insistan hasta el absurdo en maniobras legales destinadas a descalificar a algunos contendientes que pueden robarle votos al oficialismo, como José Luis Espert; o que utilicen las redes sociales de cancillería para hacer proselitismo entre los votantes extranjeros, un universo de 350 mil empadronados de los que nunca va a votar más del cinco por ciento, como hicieron esta semana, ante el silencio sepulcral de los guardianes de la república. El fondo del fondo de la olla.

A tres semanas de las PASO, casi cien días de las elecciones generales y un cuatrimestre de un eventual ballotage, Macri precisa de toda una artillería de ayudas del FMI, los medios oficialistas y Comodoro Py para mantenerse meramente en condiciones de competir. Para ganar no le alcanza; necesita un plus. Y a esta altura del partido no será la economía la que lo arrime al triunfo. En la Casa Rosada intentan descular ese rompecabezas. Está en juego todo, así que todo vale. Ayer concluyó el último simulacro del nuevo sistema de escrutinio provisorio, adjudicado en una licitación dudosa a la polémica empresa Smartmatic. La oposición todavía no pudo auditar el software. El simulacro volvió a fallar.