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El Destape | Alberto Fernández nuevo líder regional

El Grupo de Puebla y complejo rompecabezas regional de Alberto Fernández

De México con López Obrador a Buenos Aires con líderes del progresismo latinoamericano, cuáles son los desafíos que enfrenta el presidente electo en una región convulsionada.

10 de noviembre, 2019 | 00.05

Alberto Fernández comenzó su semana en México y la termina en Buenos Aires, brindando por la libertad de Lula con una veintena de dirigentes progresistas de la región, entre ellos la expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff. El simbolismo de esa agenda derrama sobre un mapa convulsionado: América Latina pasa por su momento de mayor inestabilidad desde la recuperación democrática. La política exterior se coló en Argentina por la ventana de la transición, de manera tan sorpresiva como los disturbios que estallaron sin aviso en las últimas semanas, desde Santiago hasta Puerto Príncipe, entre Quito y La Paz. Por ahora, aquí se transita en relativa calma el proceso de recambio político, aunque el presidente electo sabe que la ola expansiva puede alcanzarlo en cualquier momento. Una capa más de complejidad para el rompecabezas que debe resolver si quiere sortear con éxito sus primeros meses de gobierno, acaso los más difíciles.

Lo que entró en crisis en la región fue el sistema adoptado por la restauración conservadora que hace un lustro prometía dejar atrás la era de integración a través de democracias populares que se desarrolló durante la primera década y media del siglo. El combo de medidas económicas neoliberales con un deterioro marcado en el nivel de vida de la mayoría de la población en pocos años; la utilización de jueces, fiscales, servicios de inteligencia, medios de comunicación y fuerzas de seguridad, en un trabajo coordinado como agentes de persecución política de dirigentes populares y desestabilización de los gobiernos progresistas y el endurecimiento de las condiciones de represión de la protesta social parece haber encontrado un límite que la población expresa en las urnas, cuando puede, o en las calles. A la ola global de sociedades que protestan por la distancia sideral entre gobernantes y representados, aquí se suma un reclamo por mejor democracia y mayor igualdad.

La reacción de la derecha al encontrar esa frontera fue redoblar la apuesta. En Chile, el gobierno de Piñera dio rienda suelta a los Carabineros para que hagan su propio homenaje al ejército de Pinochet: las denuncias por asesinatos paralegales, tortura a detenidos, secuestro de dirigentes opositores y vejaciones sexuales se multiplican en las redes a pesar del silencio oficial. En Brasil, Bolsonaro, cada vez más aislado, amenaza con recrudecer la violencia política para hacer frente a los desafíos a su gobierno: la semana que pasó, su ministro de Justicia, Sergio Moro, ordenó a la policía que mandara a detener a Rousseff en el marco de una causa en la que ella no está ni siquiera imputada. Evo Morales, en Bolivia, enfrenta un golpe de Estado que busca evitar que asuma un nuevo mandato, para el que resultó electo con más de diez por ciento de ventaja. Sería inocente creer que el gobierno que asumirá en Argentina en diciembre estará exento de amenazas de esta naturaleza.

La apuesta de Fernández por el Grupo de Puebla es una apuesta, en primer lugar, a cambiar el foco del conflicto. En las fotos del encuentro y el discurso de sus protagonistas hay una ausencia que salta a la vista: este reagrupamiento de la centroizquierda continental permite, entre otras cosas, calibrar el eje para que ya no tenga su centro en Venezuela. Pero además, existe un mensaje más potente, que se monta sobre aquel otro, y es el rechazo a la injerencia externa en los asuntos latinoamericanos. Se trata, para los protagonistas, de la herencia más valiosa del experimento que impulsaron, hace casi dos décadas, Lula, Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Aunque esa historia debe funcionar también para prever las dificultades a futuro: si la confluencia de liderazgos históricos y el precio récord de commodities alcanzó su límite tan pronto, y la reacción fue tan virulenta, cómo puede replicarse la experiencia, y mejorarla, en condiciones mucho menos favorables.

La tensión entre los Estados Unidos y China por la influencia geopolítica sobre América Latina es otro desafío que aparece ahora en el escenario y que estaba ausente por entonces, cuando Washington apuntaba toda su atención a Medio Oriente y Beijing aprovechaba para realizar un desembarco comercial y diplomático en la región. La Argentina no puede darse el lujo de prescindir de alguno de los dos vínculos. Alinearse automáticamente con la diplomacia de la Casa Blanca no es negocio, como quedó demostrado cuando Mauricio Macri tuvo que dar marcha atrás al congelamiento de las relaciones con el gigante asiático que intentó en el comienzo de su mandato. Cerrar el diálogo con el gobierno norteamericano tampoco es posible, ni deseable, en el contexto de altísimo endeudamiento externo que dejó el gobierno de Cambiemos. Hacer equilibrio para obtener beneficios de ambas potencias, montado sobre el celo mutuo, es el desafío que espera a Fernández en su gobierno.

Por ahora, el vínculo del peronismo con Estados Unidos se encausó de manera más fluída que lo que esperaban quienes creen que las relaciones exteriores son materia de afinidad ideológica, que los hay en todos los gobiernos. Una llamada de Donald Trump y una entrevista en México con Mauricio Calver-Carone, su asesor más sensible en temas latinoamericanos, alcanzaron para despejar fantasmas. Respecto a la relación con China, se tejieron los primeros nudos en una discreta entrevista entre el presidente electo y el embajador, hace pocos días en el nuevo bunker que el Frente de Todos montó en Puerto Madero. El presidente Xi Jinping llegará esta semana a Brasil para participar de la cumbre de los BRICS. Si bien aún no está previsto que haya un contacto con Fernández durante este viaje, si las agendas de ambos permitieran la posibilidad de un encuentro podría haber una sorpresa a último momento.

Al pragmatismo que moldeará la política exterior del nuevo mandatario se le suma una convicción extra, que también subyace en el planteo del Grupo de Puebla sobre la autonomía latinoamericana: Estados Unidos o China pueden resultar socios convenientes en lo económico, de manera circunstancial, y es imprescindible mantener las vías abiertas, siempre que se pueda. Pero ni a unos ni a otros les interesa en absoluto el cumplimiento de los derechos humanos, la garantía de las libertades ni el bienestar de la sociedad en este rincón perdido del planeta, el más desigual en todo el globo en términos de distribución de la riqueza. Si los países de la región no logran, a través de la acción mancomunada, defender la democracia y el Estado de Derecho al mismo tiempo que se amplían las conquistas sociales y se mejora las condiciones de vida de las mayorías, cualquier planteo que apunte a la consolidación regional en el largo plazo resulta inviable.

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