Herencia envenenada y salida institucional

Tiempos muertos hasta el cambio de gobierno y la continuidad de la crisis. Los indicadores que deberá remontar la nueva administración.

24 de noviembre, 2019 | 09.42

Buena parte de la prensa pasa sus días especulando sobre los nombres de quienes ocuparán las distintas áreas del nuevo gobierno, una tarea esperable. A partir de los nombres se derivan rápidamente la seguidilla de políticas que podrían seguirse en cada sector. Se hurgan genealogías, cercanías, confianzas y hasta se listan vetos vicepresidenciales. Esta última es la más cierta de las certezas. Durante los próximos cuatro años la relación entre los número uno y dos del Ejecutivo será el centro de los dimes y diretes de los medios de comunicación concentrados. El poder económico ya probó el dulce y sabe que la única posibilidad de regresar al control directo del aparato de Estado es con la desunión del peronismo o su menos probable fracaso. Hay una dimensión de la realidad que de tan previsible, aburre.

Desde los cuarteles del gobierno electo, en tanto, se dejan deslizar los nombres que menos importan en términos del plan futuro. No es lo mismo que trascienda quien estará a cargo de las relaciones exteriores que quien asumirá en economía. Es la mejor estrategia posible para frenar el desgaste prematuro y evitar que el nuevo ciclo comience antes del 10 de diciembre. Con una prensa siempre dispuesta al zarpazo y que ya se ubicó en el espacio del adversario, el secretismo será una constante del nuevo núcleo duro del poder político. Solo puede esperarse que en el nuevo ciclo el gobierno cuente con más espadas para dar el debate en los medios. La batalla por el sentido común será crucial para tiempos que se intuyen muy difíciles.

Las grandes dificultades futuras no son una simple exageración discursiva. La herencia que deja el macrismo es literalmente terrible. Uno de los logros del reciente cambio político fue haber contenido la crisis. Si no hubo estallido social fue porque la población más perjudicada depositó sus expectativas en el cambio de gobierno. Si se compara la dinámica regional fue un logro impresionante de la democracia argentina haber logrado una salida institucional para el colapso neoliberal. Pero mientras el entretenimiento sobre la formación del futuro gabinete continúa, la crisis siguió su curso y los números que sintetizan el presente son realmente abrumadores.

Lo que cualquiera sabe sin ver número alguno es que la herencia económica macrista tiene cuatro componentes principales, recesión, destrucción de salarios, alta inflación y megadeuda. Lo que los números aportan es la profundidad del desastre. El último informe del Centro Cifra de la CTA presenta una síntesis:

Recesión. En el segundo trimestre del año contra igual trimestre de 2015 el PIB registraba una caída del 5 por ciento, cifra que se eleva al 8,8 por ciento en términos “per cápita”. La inversión, que siempre sobre reacciona a los movimientos del Producto (y es una función del nivel de actividad) se desplomó en el mismo período el 13,8 por ciento. Las causas de este freno se explican a su vez por la caída del Consumo privado, que fue del 6,2 por ciento. La contracción del producto fue mucho más profunda en el sector industrial que registró una caída para al mismo período del 13,3 por ciento. Vale recordar que la Unión Industrial Argentina fue una de las bases de apoyo del macrismo primigenio, un indicativo de la proverbial ceguera ideológica de las clases dominantes, siempre más seducidas por la idea de pagar menos impuestos y salarios a corto plazo que por el desarrollo de sus empresas en el largo. Con miras a futuros procesos de desarrollo el rol de estas clases sociales es un debate político pendiente.

Salarios. La caída del PIB se explica fundamentalmente por la caída del Consumo que, a su vez es provocada por la caída de los salarios reales. Los “menos afectados” fueron los trabajadores del sector privado registrado, cuyos salarios cayeron desde noviembre de 2015 hasta agosto del 2019 un 12,4 por ciento. En términos de ingresos se destaca una gran heterogeneidad sectorial. La pérdida salarial de los trabajadores del sector público superó el 30 por ciento, mientras que las jubilaciones cayeron el 23 por ciento. Estos números no reflejan el encarecimiento diferencial de las canastas de consumo, el dato de que la canasta alimentaria se encareció por encima de la inflación o el aumento del peso de las tarifas de los servicios públicos en los gastos totales. Tampoco reflejan la pérdida de ingresos extrasalariales, como es el caso de los remedios para los jubilados. La heterogeneidad también se registró al interior del sector privado. Acercando un poco la lupa, el informe de Cifra-CTA observó que de las 295 ramas de actividad del sector privado, 116 tuvieron caídas de salarios reales de más de 20 por ciento, 133 una contracción de entre el 10 y el 20 por ciento, 34 menos del 10 y apenas 12 incrementaron sus ingresos.

* Inflación. Los mecanismos para podar salarios son dos. Sin orden de importancia el primero es el desempoderamiento de los trabajares que resulta de la caída de la actividad y la consecuente reducción del empleo. Durante el período bajo análisis el desempleo pasó del 6,6 al 10,6 por ciento y el subempleo del 9 al 13,1. Como consecuencia de las bajas salariales y los problemas de empleo la pobreza, que había bajado del 59,7 al 29,3 por ciento durante los tres gobiernos kirchneristas, subió al 35,4 por ciento en la primera mitad de 2019, un número que empeorará cuando se conozcan los resultados del segundo semestre. El segundo mecanismo para la reducción de salarios es la inflación. El régimen macrista fue un régimen de alta inflación, incluso por encima de la que criticaba bajo el gobierno anterior. Entre 2011 y 2015 la inflación promedio fue del 27,6 por ciento, mientras que entre 2016 y hasta el tercer trimestre de 2019 el promedio fue del 38,6 por ciento. Actualmente los precios minoristas se encuentran en una etapa de aceleración y podrían terminar el año en torno al 55 por ciento interanual.

* Megadeuda. La peor de las herencias por las limitaciones que genera, las condicionalidades que habilita y sus consecuencias de largo plazo será la del endeudamiento con regreso al FMI. Los vencimientos totales de deuda para los próximos cuatro años equivalen al 40 por ciento del PIB actual que se reducen al 30 si se consideran sólo las obligaciones en moneda extranjera. Solo en 2020 y sin contar las letras reperfiladas, los vencimientos suman el equivalente a 61 mil millones de dólares, obligaciones que conviven con un escenario de fuerte reducción de las Reservas Internacionales del Banco Central, de las que se perdieron 40 mil millones en siete meses.  

El balance provisorio a partir de los datos reseñados es que sólo una elevada dosis de cinismo o negación de la realidad puede ver en lo que expresan estos números “cimientos más sólidos para retomar el crecimiento”. Por el contrario el gobierno entrante, haciendo todo bien, solo podrá cambiar la dirección de estos indicadores en el mediano plazo, lo que a su vez supondrá un choque entre las expectativas de los votantes y la realidad de la economía. Quien finalmente ocupe la cartera económica tendrá por delante un camino de piedras plagado de obstáculos.

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