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Cuándo empezaron los "lomos de burro" en las calles de Argentina y para qué sirven

Son habituales frente a escuelas, plazas, barrios y cruces peligrosos, pero los denominados “lomos de burro” no estuvieron siempre en las calles argentinas.

24 de septiembre, 2026 | 18.20
Cuándo empezaron los "lomos de burro" en las calles de Argentina y para qué sirven

Prácticamente cualquier automovilista de Argentina se encontró alguna vez con uno. Puede estar construido con asfalto, hormigón o mediante piezas prefabricadas y obliga a reducir considerablemente la velocidad para atravesarlo.

Popularmente es conocido como “lomo de burro”, aunque técnicamente se habla de resalto, lomada o reductor físico de velocidad.

Pero, ¿cuándo comenzaron a utilizarse?

No existe un registro nacional que permita establecer exactamente cuál fue el primer lomo de burro instalado en Argentina ni en qué ciudad apareció. La implementación dependió históricamente de distintas jurisdicciones y municipios.

Lo que sí está documentado es que durante la década de 1990 estos elementos comenzaron a ganar protagonismo como una herramienta para controlar la velocidad en áreas urbanas, especialmente cerca de escuelas, barrios residenciales y cruces con circulación peligrosa.

Para fines de aquella década ya formaban parte del paisaje urbano de diferentes ciudades. En 1999, por ejemplo, existen registros de la instalación de reductores en La Plata a pedido de vecinos preocupados por vehículos que circulaban a elevada velocidad.

¿Para qué sirve un lomo de burro?

Su funcionamiento se basa en una idea extremadamente sencilla.

El obstáculo genera un movimiento vertical del vehículo. Si el conductor lo atraviesa lentamente, el movimiento debería resultar moderado; si intenta hacerlo a demasiada velocidad, el impacto se vuelve considerablemente más fuerte.

De esta manera, funciona como una medida física que obliga a reducir la marcha.

Por eso suelen instalarse en lugares donde simplemente colocar un cartel con el límite de velocidad puede resultar insuficiente.

Escuelas, hospitales, plazas, pasos peatonales y determinados cruces son algunos ejemplos.

Sin embargo, no cualquier montículo de asfalto puede considerarse un reductor correctamente construido.

Un “lomo de burro” demasiado alto, angosto, mal diseñado o sin señalización puede convertirse en un peligro. En lugar de mejorar la seguridad, puede provocar frenadas repentinas, pérdida de estabilidad en motocicletas o bicicletas y daños en los vehículos.

Por esta razón existen reglamentaciones locales y provinciales que determinan sus dimensiones, ubicación y señalización.

Incluso hay jurisdicciones que diferencian entre los reductores tipo “bump”, más cortos y agresivos, y los denominados “hump”, que poseen mayor desarrollo longitudinal y permiten una transición más progresiva.

Además, su utilización no está permitida indiscriminadamente en cualquier vía. En las rutas nacionales, por ejemplo, la Dirección Nacional de Vialidad prohibió mediante la Resolución 422/02 la instalación de obstáculos transversales sobreelevados sobre las calzadas principales.

Con el tiempo también aparecieron otras soluciones, como las sendas peatonales elevadas, diseñadas para combinar la reducción de velocidad con el cruce de peatones.

Así, el tradicional lomo de burro se convirtió durante las últimas décadas en una herramienta habitual de seguridad vial argentina. Su finalidad no es simplemente incomodar al automovilista: busca conseguir que el vehículo llegue a una zona potencialmente peligrosa a una velocidad considerablemente menor.

Cuando está correctamente diseñado, ubicado y señalizado, ese pequeño cambio en la calzada puede ayudar a reducir uno de los principales factores de riesgo del tránsito urbano: la velocidad excesiva.

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