Cuando un avión despega y alcanza su altitud de crucero puede parecer que simplemente acelera hasta la máxima velocidad posible. En realidad, ocurre exactamente lo contrario: cada aeronave tiene límites definidos por su diseño, resistencia estructural, motores, consumo y aerodinámica. Por eso un avión de pasajeros moderno suele viajar cerca de los 900 km/h aunque técnicamente pueda alcanzar velocidades superiores.
Un ejemplo es el Boeing 787 Dreamliner. Su velocidad habitual de crucero es aproximadamente Mach 0,85, equivalente a unos 900 km/h, aunque la cifra exacta cambia dependiendo de la altitud y las condiciones atmosféricas. Muchos grandes aviones comerciales modernos trabajan aproximadamente entre Mach 0,78 y Mach 0,90.
¿Por qué no aceleran hasta superar los 1.000 km/h?
Uno de los principales problemas aparece al acercarse a la velocidad del sonido. El denominado Mach 1 representa justamente esa barrera, aunque su velocidad en kilómetros por hora varía según la temperatura y la altitud. Cuando una aeronave se aproxima a ella comienzan a formarse ondas de choque y aumenta considerablemente la resistencia aerodinámica.
Eso obliga a gastar mucha más energía para conseguir relativamente poca velocidad adicional. Un avión comercial está diseñado principalmente para transportar pasajeros de manera segura y eficiente durante miles de kilómetros. Volar mucho más rápido implicaría motores diferentes, mayor consumo de combustible y estructuras preparadas para cargas más exigentes.
Los aviones supersónicos sí pueden hacerlo
Durante décadas existió una excepción extraordinaria: el Concorde.
El avión comercial supersónico podía mantener aproximadamente Mach 2, es decir, más de 2.100 km/h.
Eso le permitía cruzar el Atlántico en poco más de tres horas.
Sin embargo, tenía costos operativos y consumos muy elevados y generaba un fuerte estampido sónico, uno de los motivos por los que las operaciones supersónicas sobre zonas pobladas fueron severamente restringidas.
El SR-71 superaba los 3.500 km/h
Entre los aviones de producción más rápidos aparece el Lockheed SR-71 Blackbird, desarrollado en Estados Unidos para tareas de reconocimiento.
Podía operar alrededor de Mach 3,3, equivalente aproximadamente a 3.530 km/h.
A esas velocidades aparecía otro problema: el calor.
La fricción y compresión del aire calentaban tanto la estructura que el avión necesitaba materiales especiales y un diseño capaz de soportar temperaturas extremas.
¿Cuál fue el avión más rápido?
Si se incluyen aeronaves experimentales propulsadas por cohetes, el récord aumenta espectacularmente.
El North American X-15, utilizado por la NASA y la Fuerza Aérea estadounidense, alcanzó en 1967 Mach 6,7, unos 7.274 km/h, pilotado por William “Pete” Knight.
Todavía más extremo fue el NASA X-43A, un vehículo experimental no tripulado con motor scramjet que en 2004 consiguió aproximadamente Mach 9,6.
Por eso no existe una única velocidad máxima para “un avión”.
Un avión comercial viaja aproximadamente a 850-950 km/h, un supersónico puede superar los 2.000 km/h y determinados vehículos experimentales han alcanzado varias veces la velocidad del sonido.
La razón por la que los aviones normales no buscan esos récords es sencilla: cuanto más rápido se vuela, mayores son la resistencia del aire, el consumo, las temperaturas y las exigencias estructurales.
Para una aerolínea, llegar seguro, transportar cientos de personas y utilizar menos combustible resulta mucho más importante que alcanzar la máxima velocidad posible.
