En la última cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, los acuerdos entre Vladímir Putin y Recep Tayyip Erdogan consolidaron la alianza ruso-turca como un movimiento estratégico para reforzar el equilibrio de poder en Eurasia.
Turquía, aunque miembro de la OTAN, profundiza su dependencia energética de Moscú con proyectos como la central nuclear de Akkuyu, cuya construcción fue aprobada el 12 de mayo de 2010 y ratificada por el Parlamento turco en julio de ese mismo año.
A esta iniciativa se suman nuevos convenios con Rosatom, la corporación estatal rusa de energía nuclear creada en 2007, que agrupa más de 350 empresas y lidera la construcción de centrales nucleares en el extranjero. Estos proyectos garantizan electricidad para Ankara, pero al mismo tiempo refuerzan la influencia de Rusia en la política interna y externa turca.
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El anuncio en el marco de la cumbre resultó llamativo porque se produce bajo un acuerdo inédito: la planta de Akkuyu funciona bajo el modelo Build-Own-Operate (BOO), mediante el cual Rusia financia, construye, opera y mantiene la instalación, conservando la propiedad y el control del combustible nuclear y de su eventual desmantelamiento.
El modelo BOO reduce la exposición financiera de Turquía, pero también genera dependencias significativas en un momento en que Ankara busca desarrollar capacidades nucleares propias y mayor autonomía en el sector. Un segundo acuerdo con Rusia basado en el mismo modelo parecería, por lo tanto, difícil de conciliar con esas ambiciones.
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El pragmatismo de Erdogan
Aydin Sezer, analista y ex consejero comercial en la Embajada de Turquía en Moscú, afirmó a El Destape: “Turquía es un país que logró comprar misiles de defensa S-400 a Rusia pese a la oposición de Estados Unidos y la OTAN. En su política exterior, Erdogan siempre ha priorizado enfoques pragmáticos, que también han sido un eje central en la política interna. Con ello, ha consolidado su base de apoyo.”
Sezer explicó que la energía nuclear ha sido un sueño de Turquía durante aproximadamente 60 años. Señaló que, ante la falta de interés de las empresas occidentales en las licitaciones emitidas y considerando que Rusia financia por sí sola la planta nuclear de Akkuyu, Ankara aceptó la propuesta con pragmatismo. Subrayó que Turquía depende de la energía y no ha logrado resolver este problema, por lo que la energía nuclear resulta de vital importancia para el país.
Aunque se presentan bajo el manto de la transición energética y el uso pacífico, en el ajedrez geopolítico actual funcionan como una declaración de autonomía. Erdogan ha insistido en varias ocasiones en la idea de la “latencia nuclear”: no se trata de construir un arma, sino de acumular conocimiento y capacidad suficiente para que el mundo sepa que Turquía podría dar ese paso si lo considerara necesario para su seguridad nacional. El pacto con Moscú le otorga infraestructura y know-how, reforzando esa posición.
El debate sobre las armas nucleares
El 4 de septiembre de 2019, Erdogan declaró que resultaba inaceptable que los Estados con armas nucleares prohibieran a Turquía obtener las suyas propias. Con esta afirmación se abrió un debate sobre las motivaciones de Ankara y la posibilidad de que impulsara un programa nuclear militar. Turquía, como firmante temprano del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), está obligada a impedir la expansión de las armas nucleares y a promover los objetivos del desarme. Sin embargo, el tratado sí le permite cooperar en el uso pacífico de la energía nuclear.
Consultado sobre si la cooperación nuclear con Rusia acerca a Turquía al desarrollo de armas nucleares, Sezer fue tajante al descartar esa posibilidad y sostuvo que el acuerdo con Moscú se limita estrictamente a la generación de electricidad con fines civiles y que la operación de la planta, así como toda la responsabilidad sobre ella, recaen en Rusia. Recordó además que, pese a que el convenio fue firmado hace 16 años, la primera unidad aún no ha comenzado a producir, lo que evidencia múltiples problemas derivados del proyecto. Sezer subrayó que los partidos de oposición ya se han manifestado en contra de la central y han advertido que, de llegar al poder, someterán el emprendimiento a un escrutinio exhaustivo.
En la misma línea, el analista internacional y periodista especializado en conflictos internacionales, Erkin Öncan, explicó a El Destape que la cooperación con Rusia fortalece la experiencia nuclear de Turquía; sin embargo, esto no implica automáticamente un avance hacia la capacidad de armas nucleares. “Existe una gran distancia entre operar reactores civiles y desarrollar un poder de disuasión”, aseguró.
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Una relación entre cooperación y rivalidad
Para Turquía, el vínculo con Rusia atraviesa un momento de especial cercanía. El propio Erdogan lo expresó al señalar: “Nuestras relaciones están en un nivel mucho más avanzado hoy que en cualquier periodo anterior.” Por su parte, Vladímir Putin calificó a Turquía como “uno de nuestros socios privilegiados”, subrayando la importancia estratégica que ambos líderes otorgan a la relación bilateral.
La relación es particularmente compleja porque, aunque hace ya algunos años atraviesa un momento de acercamiento estratégico, ambos países se han enfrentado en varios escenarios internacionales. En Siria, por ejemplo, apoyaron bandos opuestos: Moscú respaldó al gobierno de Bashar al-Assad mientras Ankara apoyaba a grupos rebeldes. En Libia ocurrió algo similar, con Rusia apoyando al general Haftar y Turquía al gobierno reconocido por la ONU.
Estas fricciones, presentes en distintos escenarios regionales, se han profundizado en los últimos años con la participación de Turquía en las sanciones occidentales contra Rusia y su creciente apoyo militar a Ucrania. Putin no ha visitado Turquía en los últimos cinco años. Los líderes solo han podido mantener breves encuentros en los márgenes de conferencias internacionales.
Sin embargo, pese a esto, ambos países han sabido mantener canales de cooperación en energía, comercio y defensa, lo que explica el contraste entre la rivalidad en ciertos escenarios y la alianza estratégica que hoy se refuerza con proyectos como Akkuyu y nuevos convenios nucleares.
“No interpretaría esto como una salida de Turquía del bando occidental. La contradicción es precisamente lo que hace interesante la política de Ankara. Turquía intenta ocupar varios puestos a la vez”, señala Öncan. A su juicio, Ankara busca capitalizar las ventajas estratégicas y económicas de su cooperación con Moscú y Pekín; sin embargo, cuando se trata de decisiones fundamentales, se mantiene dentro de la arquitectura de seguridad atlántica.
Un nuevo mapa de alianzas nucleares
El fortalecimiento de esta alianza ocurre en un contexto de marcada volatilidad regional, donde los actores estrechan lazos para evitar una desestabilización económica y política total. Un ejemplo es el reciente anuncio de cooperación nuclear civil entre Estados Unidos y Arabia Saudita, que refuerza el eje energético bajo liderazgo occidental.
Öncan advierte que la tendencia general es aún más significativa: “Europa se está rearmando, Estados Unidos está reconstruyendo alianzas estratégicas en Oriente Medio, Rusia está consolidando sus relaciones energéticas y de seguridad, y países como Turquía y Arabia Saudí intentan transformar su importancia geográfica y económica en una mayor autonomía estratégica.” En consecuencia, el orden emergente no sería necesariamente bipolar, sino un entramado de alianzas superpuestas y centros de poder en competencia, donde la energía y la tecnología nuclear se convierten en instrumentos centrales de esa disputa.
El acuerdo entre Washington y Riad
El 22 de julio de este año, Estados Unidos anunció la firma de un acuerdo con Arabia Saudita para establecer un programa nuclear civil en el reino. El pacto incluye dos instrumentos: uno de cooperación nuclear pacífica y otro de salvaguardias bilaterales, rubricados por el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, y el ministro saudita Abdulaziz bin Salman. Según el Departamento de Energía, estos acuerdos sientan las bases legales para una asociación de varias décadas y miles de millones de dólares, con el objetivo de impulsar la no proliferación nuclear y garantizar el uso pacífico de la energía atómica.
Según informó The Wall Street Journal (WSJ), el acuerdo entre Riad y Washington permite enriquecer uranio hasta un 20%, de acuerdo con el texto presentado al Congreso de Estados Unidos para su revisión. Aunque no autoriza de manera automática el enriquecimiento en territorio saudí, incluye una serie de pasos que podrían abrir el camino para que una planta de enriquecimiento comience a operar en pocos años. El documento establece que funcionarios estadounidenses y saudíes dedicarán dos años a evaluar la viabilidad económica del proceso y a diseñar salvaguardas frente a los riesgos de proliferación nuclear.
Si ambas partes concluyen que el enriquecimiento es necesario, empresas estadounidenses —en colaboración con proveedores extranjeros— construirán una instalación capaz de enriquecer uranio hasta un 5%, con la posibilidad de elevar ese nivel posteriormente hasta el 20%, según el WSJ. La iniciativa ha generado críticas entre legisladores estadounidenses y funcionarios israelíes, quienes temen que un programa civil saudí pueda derivar en capacidades militares. Arabia Saudita, por su parte, defiende su derecho a desarrollar energía nuclear con fines pacíficos y recuerda que ya ha firmado un pacto de defensa mutua con Pakistán, país con armas atómicas.
El acuerdo se inscribe en una estrategia más amplia de Washington que busca integrar a Riad en un eje regional junto con Israel y un pacto de defensa con Estados Unidos.
