“El terrorista de unos es el luchador por la libertad de otros” es ya una frase popularizada, aplicada a varios conflictos y que a veces es atribuida al escritor británico Gerald Seymour por una novela publicada en los 70 en la que hablaba del conflicto de Londres con el IRA. Pero más allá de quién la dijo por primera vez, su uso se extendió y fue citada por ejemplo por Ronald Reagan y no precisamente por coincidir con su contenido: “Es una frase pegadiza, pero engañosa”, dijo en 1986. Para el entonces presidente republicano los terroristas eran: “quienes asesinan o mutilan intencionadamente a civiles desarmados, a menudo mujeres y niños, y con frecuencia a terceros que no forman parte de ningún régimen dictatorial. Los terroristas son siempre enemigos de la democracia”. El tiempo pasó pero un nuevo presidente republicano y sus funcionarios agitan el mismo fantasma para hacer no solo política, sino también doctrina y expandirla.
La guerra que iniciaron Israel y EE. UU. contra Irán el 28 de febrero pasado alertó a la Casa Blanca de posibles represalias de parte de los que viene considerando terroristas -más fuertemente desde los atentados del 11/S- y que asocia con los grupos radicales islamistas. Así lo transmitió Monica A. Jacobsen, que depende de Marco Rubio ya que ocupa el cargo de Subcoordinadora de Seguridad Nacional, Control y Designación de Terroristas en el Departamento de Estado. Se lo dijo a funcionarios de Europa, Australia y Canadá en una reunión en este último país y que tuvo lugar en marzo. Pero la novedad no fue esa, sino otra: porque en ese lugar también dijo que los gobiernos occidentales deben combatir el terrorismo de extrema izquierda y contra Antifa. También presentó esta nueva “lucha” como una suerte de evolución en la creían estar librando después la "guerra global contra el terror". Esto según informó el New York Times en abril después de haber tenido acceso a documentos y fuentes relacionadas con esa reunión en Ottawa.
“Es importante reconocer sus acciones como terrorismo político, y no como mera protesta o delincuencia”, dijo entonces la funcionaria de Marco Rubio y pasó a definir el terrorismo de extrema izquierda, en el que incluyó a supuestas amenazas de grupos comunistas, marxistas, anarquistas, anticapitalistas y aquellos con ideologías "ecoextremistas" y "otras ideologías autodenominadas antifascistas".
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En Argentina, Javier Milei y sus funcionarios no estuvieron presentes en aquel encuentro pero les gusta sobreadaptarse. “Hay terroristas disfrazados de estudiantes, terroristas disfrazados de profesores, terroristas disfrazados de investigadores”, dijo recientemente en una entrevista con LN+. Y después de esas declaraciones, cuando se dieron las protestas en contra de la llamada Ley de la inviolabilidad de la propiedad privada, el operativo de seguridad desplegado pareció ir en la línea dicha por Jacobsen: “Reconocer sus acciones como terrorismo político, y no como mera protesta o delincuencia”.
Pero las declaraciones de la funcionaria de Rubio no fueron un hecho aislado; responde a decisiones del Gobierno de Trump anteriores y posteriores. Además, esta ofensiva ideológica se da en un contexto de baja popularidad del republicano, riesgo de un revés en las elecciones de noviembre y de las ya cada vez más complicadas intervenciones militares de EE. UU. en Medio Oriente.
La invención del "enemigo interno": de la política local a la agenda global
No para revisar los antecedentes históricos en EE. UU. -para lo que habría que remontarse al menos hasta Truman y el macartismo-, sino de las medidas concretas sobre la lucha contra lo que llaman “la izquierda terrorista” que ya vino tomando el Gobierno de Donald Trump más allá de su frontera.
En el plano local, el republicano intenta reavivar la idea, nada novedosa, del enemigo interno. En septiembre firmó una orden ejecutiva (suerte de decreto) que calificaba a una entidad conocida como Antifa como una "organización terrorista nacional". Algo que complicó a las agencias federales que tenían que implementar y operacionalizar esa orden ya que no existe un grupo concreto llamado de esa forma, sino que se trata más de un movimiento identificado con los valores antifascistas.
“Antifa ataca a periodistas. Antifa ataca a nuestras comisarías. Atacan a nuestros juzgados (...) Son grupos terroristas y vamos a ir por ellos”, dijo la fiscal general de Trump, Pam Bondi en un video institucional en el que participaron otros funcionarios y con el auspicio de Rubio.
Una sobredimensión de un problema casi inexistente para Estados Unidos. Según un análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, una institución de investigación bipartidista de ese país, dice que en la última década, los grupos o personas identificadas como extremistas de derecha mataron a 112 personas en 152 en lo que llaman “atentados terroristas”. Durante el mismo período, los considerados extremistas de izquierda mataron a 13 personas en 35 ataques. Y no solamente estos últimos son menores a los primeros, sino que incluso los que fueron valorados como “ataques yihadistas” son más bajos en víctimas -dejaron 82 muertos- que los de derecha. Ninguno de ellos se puede subestimar pero hay un claro “error” en cómo la administración Trump está leyendo los números.
Pero ignorando toda evidencia, en mayo de este año, la Casa Blanca publicó su “Estrategia de lucha contra el terrorismo” y ahí ya sumaron, además del narcoterrorismo -una figura relativamente novedosa y que fue usada al extremo en el Caribe y contra Venezuela-; el terrorismo islámico y luego los extremistas de izquierda. De la derecha, nada.
Y el segundo punto es que no solo reaviva el enemigo interno a nivel local sino que lo exporta: busca proyectarlo a nivel internacional. Por ejemplo, el director de contraterrorismo del Consejo de Seguridad Nacional de Trump, Sebastian Gorka, impulsó en noviembre la designación de grupos de izquierda fuera de EE. UU. como organizaciones terroristas y presionó a los aliados de esos y otros países “para que investiguen a estos grupos y busquen conexiones entre ellos y ciudadanos estadounidenses”, según el NYT. Así fue que el Departamento de Estado designó a cuatro grupos de izquierda en Europa como organizaciones terroristas. ¿De qué grupos se trata? Antifa Ost, con sede en Alemania; la alianza anarquista FAI/FRI de Italia, y Justicia Proletaria Armada y Autodefensa de Clase Revolucionaria de Grecia. Esto es, movimientos que rechazan expresiones como el nazismo o fascismo.
Nuevas etiquetas, viejos fantasmas: la diplomacia del relato
Lo que fue dicho en Ottawa no quedó en Ottawa. En julio, Marco Rubio lideró una cumbre en Washington con representantes de más de 60 países para “abordar el resurgimiento del terrorismo político de extrema izquierda y redes violentas afines”. Ya lo que se decía tras bambalinas, salió a la escena pública.
“Es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora experimenta un resurgimiento”, dijo Rubio en un discurso donde mezcló a los Tupamaros, Montoneros, las FARC y la actual y dispersa designación de “Antifa”.
Y anticipándose a las burlas agregó: “Aún hoy, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza seria se considera una fantasía febril de la derecha o, peor aún, una peligrosa conspiración fascista. Así lo perciben muchos sectores de la prensa, del ámbito académico y universitario, así como muchas de nuestras instituciones tradicionales”.
De su lado, el asesor de Seguridad Nacional de Trump, Stephen Miller, dijo que es importante entender que "el terrorismo político de izquierdas" busca derrocar el sistema y la forma de Gobierno del país y advirtió que una de las señas de identidad de este tipo de violencia es que apela a las "libertades civiles" para cubrirse.
Pero la derecha -extrema- no solo se articula bien, también sabe armar sus relatos. Y para una administración que tendió una alfombra roja a Vladimir Putin la amenaza rusa ya no cala. Solo queda agitar a China -a veces- e incluso a Cuba, a pesar de la agonía de la isla por las sanciones de EE. UU. y compañía. En julio, el Departamento de Estado de Rubio, de padres cubanos, publicó el documento “Cuba: La capital del comunismo en el siglo XXI” para seguir justificando su estrangulamiento sobre La Habana.
“El ataque de Cuba contra Estados Unidos nunca fue, en el fondo, una disputa sobre política económica, soberanía o incluso la propiedad de un territorio concreto. Fue una revolución contra la propia civilización occidental, librada, en parte, mediante el método novedoso e insidioso de persuadir a los hijos de Occidente para que se volvieran contra su propio legado”, fantasea el documento. Lo que siguió fue la persecución a grupos que Washington considera que defienden a la isla latinoamericana.
De este modo, la vieja frase sobre la frontera difusa entre el luchador por la libertad y el terrorista tiene una nueva dimensión. La Casa Blanca no busca debatir el concepto, sino monopolizarlo: busca reescribir la lista de enemigos globales para convertir cualquier crítica al modelo MAGA en una amenaza a toda la civilización. Un relato que, lejos de ser una “fantasía febril”, ya se traduce en listas negras, sanciones y un peligroso precedente para las libertades civiles en todo el continente.
