La propuesta de Donald Trump para la posguerra en la Franja de Gaza, presentada como una “Junta para la Paz”, en pocos dias cambió hacia un objetivo más amplio: intervenir en otros conflictos internacionales, relegando al enclave palestino a un segundo plano en medio de un cese al fuego frágil y una crisis humanitaria que persiste. La apuesta excede tanto el futuro del territorio de Medio Oriente como las aspiraciones del magnate de erigirse en un pacificador: Trump busca disputar el rol de Naciones Unidas, pero más ampliamente intenta dar vuelta el tablero y empujar una reconfiguración del orden internacional que Estados Unidos supo construir. Ahora los adherentes hablan más de coerción que de convicción. En ese esquema, Javier Milei formalizó el jueves la membresía de Argentina, pero sin evaluar los costos políticos y diplomáticos de pertenecer a esta suerte de “club” que recién está en los papeles.
"No quiero pertenecer a ningún club que me acepte como socio"
La frase de Groucho Marx aplica a la paradoja actual: la Casa Blanca promueve una instancia que nadie termina de entender, pero a la que varios líderes ya aceptaron sumarse sin preguntar demasiado.
La Casa Blanca venía informando sobre la creación de esta suerte de nuevo “club” sin dar demasiados detalles, salvo que estaría integrado por cuatro órganos, entre ellos, el principal: la mentada “Junta de Paz”. Esta había sido anunciada en octubre como parte del plan de alto el fuego para Gaza impulsado por Washington. En ese esquema, Trump figuraba como presidente y el ex primer ministro británico Tony Blair como miembro, a la vez que anticipaba que se irían sumando otros “jefes de Estado”.
Y así, este jueves, vimos cómo se cumplía este último punto: el líder M.A.G.A estuvo en uno de los escenarios del foro de Davos donde, con una voz ronca y aletargada, pero con una sonrisa, recibió a 19 mandatarios, entre ellos Javier Milei, para que firmaran lo que la Casa Blanca llamó el establecimiento de esa junta como una “organización internacional oficial”.
Además de Argentina, los gobiernos que confirmaron su “suscripción” son algunas de las monarquías del Golfo como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Qatar y Bahrein, así como gobiernos tildados de autocráticos como el de Recep Tayyib Erdogan en Turquía, el de Viktor Orban en Hungría y el de Alexander Lukashenko en Belarús. Países como Bulgaria, Armenia, Azerbaiyán, Pakistán, Marruecos, Kazajstán, Uzbekistán, Indonesia y Vietnam, entre otros, así como Kosovo -al que Argentina y más de la mitad de los países de la ONU no reconocen-. Dos que estuvieron ausentes pero que ya son parte: la dictadura de Abdel Fattah El-Sisi en Egipto y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, perseguido por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y lesa humanidad.
“De los gobiernos que se molestaron en asistir a la ‘Junta de la Paz’ de Trump, solo tres figuran como ‘libres’ (plenamente democráticos) según Freedom House: Argentina (liderada por el ultraderechista Milei), Bulgaria y Mongolia. ¡Qué vergüenza!”, comentó en X Kenneth Roth, exdirector ejecutivo de Human Rights Watch (1993-2022) y profesor en Princeton SPIA.
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El jueves por la noche llegaron varias actualizaciones; 1) Trump dijo que Italia aún tenía que evaluar la invitación en el parlamento; 2) también le retiró la invitación a Canadá -después de que su primer ministro, Mark Carney, diera un discurso esta semana en Davos donde llamó a las naciones “medianas” a unirse y buscar alternativas para hacer frente a las grandes-, que había insinuado que podría sumarse; 3) el presidente de Rusia, Vladimir Putin, también invitado por el republicano, dijo que lo están discutiendo, pero confirmó que están listos para usar activos rusos congelados en Estados Unidos para pagar la cuota de US$ 1.000 millones por un puesto permanente en el club. Sí, hay que pagar. Como cualquier contratación de servicio telefónico, internet, plataforma de streaming, los países son bonificados - en este caso por tres años- pero luego la cuota es la que dijo Putin.
La mejor campaña de adhesión parece ser el miedo a Trump. "¿Quién puede decirle que no a Trump?", se preguntó un funcionario árabe en diálogo con Reuters durante el foro de Davos. Pero ese no fue el único que habló de cómo los países están sopesando los costos de ingresar o rechazar la invitación de la Casa Blanca. Casi una veintena de líderes mundiales, políticos y delegados de países árabes, latinoamericanos y europeos dijeron a Reuters que veían la “membresía” menos como una opción y más como una inevitabilidad. Entre sumarse a un club lleno de incertidumbres y quedarse afuera provocando la ira del líder M.A.G.A., sugieren no tener opción.
Pero otros sí se animaron a quedarse afuera. Pedro Sánchez dijo que España no será parte de la Junta, sumándose así al rechazo que ya habían manifestado Francia, Alemania, Suecia, Noruega, entre otros. Y mientras que el Reino Unido, que sí podría entrar, dice estar “preocupado” por la eventual participación de Rusia, China no definió su participación. En suma, los cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas además de EE.UU., que son Alemania, Francia, China y Rusia no está adentro aun de la junta y el cálculo parece obvio ¿por qué debilitar (nadie piensa en dejar) un organismo en el que tienen poder de veto para pasar a otro en el que solo Trump lo tiene?
¿Una nueva ONU a lo Trump?
Pasaron los días y Gaza quedó cada vez más desdibujada entre los papeles de la Casa Blanca. Si en la recientemente anunciada fase dos del acuerdo entre Israel y los palestinos para el enclave, Washington explicó en un comunicado que la Junta de Paz supervisará la aplicación del plan, “movilizando recursos internacionales y garantizando la rendición de cuentas”, e incluso el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en noviembre la creación de una Junta de Paz -que sería una “administración de transición” hasta 2027- en una resolución sobre el plan de Estados Unidos para Gaza, ahora la administración Trump considera ese aspecto solo como una de las tantas funciones del nuevo “organismo”.
“Simplemente un gran grupo de líderes que se reúnen con opiniones sólidas y comparten opiniones para lograr la paz”, esa fue la definición que dio de la Junta de Paz el enviado especial de Trump, Steve Witkoff, en diálogo con la cadena CNBC. Y al ser repreguntado sobre qué lugares buscarían la paz, respondió: en “Rusia-Ucrania, Irán, (...) Sudán, tantas cosas. El recrudecimiento de la violencia en Siria”. ¿Y Gaza? Solo celebró estar en la fase II del acuerdo, que supone el desarme de Hamás, pero reconoció que aun no se logró.
La ampliación de los objetivos de la Junta no se ven solo en los dichos de Trump y sus funcionarios, sino que ya está en los papeles. Según un borrador de los estatutos de la Junta de Paz al que tuvo acceso la agencia de noticias Reuters, el “organismo” va a estar presidido por Trump y su objetivo será que la consolidación de la paz internacional sea “más ágil y eficaz". En tanto, el New York Times (NYT) dijo que obtuvo también acceso a ese documento en el que se indica que la junta buscará “asegurar una paz duradera en áreas afectadas o amenazadas por conflictos”.
Puede que esto resuene a algo conocido ya que la frase “nosotros los pueblos (...) resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” estuvo escrita en la carta fundacional de la ONU; e incluso puede que con una mirada rápida alguien crea que se trata de organismos similares, como sus logos -parecidos pero mientras que el primero lleva el mapamundi, en el de Trump solo aparece lo que EE. UU. denomina “hemisferio occidental” o su “patio trasero”-, pero no hay que confundirse porque las diferencias son amplias.
Igualmente hay que reconocer lo masillada que está desde hace décadas la carta de la ONU, que fue redactada mientras aún humeaban los campos de la Segunda Guerra Mundial, y que vería la luz días después de que Japón declarara su rendición en septiembre de 1945. Entonces, y bajo la hegemonía de EE.UU. nacía un nuevo orden y este intentaba institucionalizarse. El fin de la URSS expandió aún más esos principios y sus adherentes. Pero ahora, después de que los líderes de este proceso pudieran ignorar los papeles que firmaron en innumerables ocasiones, eligen tirar -o al menos relegar- el viejo mecanismo y crear uno nuevo, con Trump como una suerte de emperador global.
¿Exageración? Si seguimos mirando el proyecto de estatuto de la Junta que EE. UU. mandó a sus potenciales adherentes, se fija que un hombre tiene “la facultad de vetar decisiones, aprobar la agenda, invitar a los miembros, disolver la junta por completo y designar a su propio sucesor”, según informó el NYT. ¿Quién es ese hombre? Según el Artículo 3.2: “Donald J. Trump”, quien va a ser el presidente inaugural. Así, de ser un órgano destinado a atender a Gaza, su reconstrucción en medio de la apremiante devastación y la crisis humanitaria, amplió su mandato: ahora Trump apunta a que esa instancia intervenga en diversas crisis globales, una función que tradicionalmente desempeña las Naciones Unidas.
Hasta el momento todo parece indicar que el estadounidense solo podría salir del puesto si renuncia voluntariamente o si es destituido por unanimidad por la junta ejecutiva por incapacidad. Es decir, pocos escenarios correrían a Trump de rol de máxima autoridad. Y lo inquietante no son solo las atribuciones de Trump, sino también la incertidumbre total respecto a otras implicancias de ser parte. Y así como el propósito de la Junta se modificó y excede a Gaza, también hay dudas sobre sus estatutos y la ubicación de su eventual sede.
Pero la Junta de Paz no es lo único que hace pensar en el cambio de orden y para eso basta mirar las intervenciones políticas y militares de Trump en América Latina, así como las amenazas comerciales. Además, hay que tener en cuenta que EE. UU. viene saliendo de distintas instancias y mecanismos multilaterales -en enero salió de más de 60-, a la vez que retiró financiamiento a otro tanto. Y si el nuevo mecanismo demanda aportes milmillonarios para tener un lugar permanente, esto podría terminar de acelerar el desfinanciamiento de los organismos con los que vendría a “competir” la “Junta de Paz”.
El desaire de Trump a estas instancias es explícito. Esta semana: “Ojalá las Naciones Unidas pudieran hacer más (...) Ojalá no necesitáramos una Junta de Paz”. Periodistas le preguntaron si quería que la Junta de la Paz reemplazará a la ONU, y respondió con su clásica ambigüedad: "podría ser", dijo e inmediatamente después agregó: "Creo que hay que dejar que la ONU continúe porque su potencial es enorme".
Ni Naciones Unidas sabe cómo encarar la cuestión. Por ahora, un portavoz, Farhan Haq, dijo que la ONU ya "coexistió con numerosas organizaciones". Por otro lado, Martin Griffis, ex subsecretario general de Asuntos Humanitarios y coordinador de ayuda de emergencia de la ONU, dijo que tiene grandes reservas sobre la Junta de Paz. “Todos debemos celebrar el activismo del Sr. Trump en materia de guerras. Es decir, una energía que nos ha faltado en el pasado. Es algo positivo. De todos modos, no creo que sea fácil. Y creo que la prueba de fuego de este gran nuevo plan será si avanza correctamente a la fase dos en Gaza”, dijo el exfuncionario y agregó: “Las señales no son buenas”. Amnistía Internacional dijo después de la presentación de la Junta en Davos que se trata de un “descarado desprecio por el derecho internacional y los derechos humanos”, además de que “representa una nueva y cruda manifestación del creciente ataque contra los mecanismos de las Naciones Unidas, las instituciones de justicia internacional y las normas universales.”
Gaza como primera prueba en medio de una falsa transición
La realidad siempre supera a la ficción, es una lección básica frente a Trump II. Envejecieron mal las risas descreidas que provocaron las imágenes generadas por inteligencia artificial cuando Donald Trump habló en febrero pasado de su deseo de crear en Gaza una “Riviera de Medio Oriente”. Proyecciones similares fueron las que presentó el yerno del presidente de EE. UU., Jared Kushner, durante el foro de Davos esta semana. Este no tiene ninguna experiencia en materia de resolución de conflictos políticos -mucho menos del calibre del de Gaza- ni en crisis humanitarias, solo es un familiar político de Trump cuyo expertise son los bienes raíces.
Según Trump, la labor de la Junta de Paz debería “comenzar con Gaza y continuar con los conflictos a medida que surjan” y los planes más concretos para el futuro del enclave fueron esas imágenes de Kushner.
Y mientras se supone que israelíes y palestinos están transitando la fase dos del acuerdo de cese el fuego, aun no se alcanzaron puntos clave del mismo como la apertura del paso de Rafha en el sur de Gaza, o que Israel permita el ingreso de 600 camiones de ayuda humanitaria diaria como está contemplado en el plan de 20 puntos de Trump. Y el punto de partida de este acuerdo, que es el cese el fuego, no se cumple. Según datos de UNICEF, el organismo de la ONU para la infancia, publicados a mediados de este enero, al menos 100 niños fueron asesinados en Gaza por ataques israelíes en Gaza desde el inicio de la tregua hace tres meses. Esto equivale a cerca de “un niño muerto cada día”. Según el Ministerio de Sanidad gazatí, los muertos totales desde la supuesta tregua son más de 460, que sumados a los palestinos muertos desde octubre de 2023, lleva la cifra de muertos a más de 71 mil.
Los planes de reconstrucción relega a los palestinos y no parece contemplar su autonomía. Solo está previsto que a la Junta de Paz estén supeditados otros organismos como un Comité Ejecutivo para Gaza y el Comité Nacional para la Administración del enclave. El primero tendrá once miembros iniciales -también se irán anunciando más-, pero también van a ser parte el empresario inmobiliario chipriota-israelí Yakir Gabay. Mientras que el segundo órgano tendría que ver con lo que la administración Trump anunció como comité palestino tecnocrático y apolítico para que se encargue del territorio. Este sería responsable de “la gestión diaria de los servicios públicos y municipalidades para la población”. Acá aparece algunos palestinos: estará liderado por el ingeniero Ali Shaaz, originario de Khan Yunis, Gaza, pero que reside en Cisjordania, y que fue viceministro de Transporte en la Autoridad Palestina. En su presentación en El Cairo, se explicó que este mecanismo tiene el “mandato de asumir responsabilidades de seguridad civil e interna” del enclave, además de supervisar su reconstrucción. Nada de esto se parece a un camino de autonomía para los palestinos y mucho menos de una resolución del conflicto con Israel, quien ya dijo claramente que no habrá un estado para el pueblo vecino.
