Ordenar la historia

La falta de un "esqueleto" en el peronismo aparece como causa de una elección victoriosa para el oficialismo que, luego de los comicios, mantiene su plan. Por su parte, los trabajadores no experimentan en sus vidas cotidianas esa euforia que transmiten los medios de comunicación.

13 de noviembre, 2025 | 00.05

El gobierno fue exitoso en las elecciones de medio término porque logró asociar a la oposición con el caos económico, pero también porque en el camino consiguió mantener el dólar controlado gracias al sostenimiento del endeudamiento y la intervención estadounidense.

Pasados los comicios, los trabajadores advierten que sus vidas cotidianas no experimentan la euforia que transmiten los medios de comunicación y los mercados financieros. Incluso si el gobierno consiguiese sostener la actual estabilidad cambiaria, el horizonte no presenta grandes esperanzas. La inflación, aunque más baja que en los últimos años de la administración frentetodista, se mantiene elevada en términos históricos e internacionales, incluso a pesar de la recesión y el control de la puja distributiva. La estructura productiva sigue transformándose hacía economías de enclave, con derrames limitados principalmente a las zonas de influencia, las franjas geográficas del centro agrícola y del oeste energético minero. Para los trabajadores de las periferias urbanas las alternativas legales complementarias al empleo escaso se concentran en el microcomercio “emprendedor” y las economías de plataformas. 

En este escenario, las mayorías no sienten que la pérdida de derechos de los trabajadores formales, prometidas por la reforma laboral que impulsa un oficialismo envalentonado, altere sus vidas diarias. Se trata de cosas que ocurren en otro mundo, en otra dimensión. No hay movilizaciones, no hay resistencia social orgánica y no hay representación porque, a diferencia del pasado, tampoco hay grandes colectivos sociales homogéneos.

Sorprende la insistencia en la búsqueda de una reforma laboral formal cuando ya ocurrió de hecho en el mercado. La fuerza laboral es hoy una suma de heterogeneidades dispersas que, por ahora, se conforma con mantenerse lejos del vértigo de una economía inflacionaria, en la que quienes más pierden son siempre los sectores de ingresos fijos. La maltratada institución de la moneda resultó tener mucha más importancia de la que hasta ayer nomás se le otorgaba.

Mientras tanto, el peronismo logro el prodigio de pasar otra elección sin ofrecerle a la sociedad un modelo alternativo. Sus estandartes se limitan a las glorias del pasado, remoto o cercano según la ideología del dicente, desde volver a Perón, el de 1945, a volver a Néstor, el de 2005. Tiempos que, por supuesto, ya no volverán. No sólo porque internamente pasaron cosas, como la falta de transformación de la estructura productiva, el endeudamiento macrista y el regreso al FMI, sino porque esencialmente cambió el mundo.

El modo de producción capitalista ya no es el de la edad de oro de la segunda posguerra, ni el de la pre crisis de 2009. En el camino se profundizó la revolución digital y la factoría mundial se trasladó a Asia, con un desarrollo tecnológico y una escala productiva que vuelven casi imposible la competencia en la producción de mercancías estandarizadas. La globalización del capital y sus flujos financieros sigue siendo mucho más real que cualquier tendencia desglobalizadora en la política de los países centrales. La discusión del presente ya no es la industrialización con sustitución de importaciones, sino cómo desarrollar los recursos naturales con una economía integrada y los grados de libertad remanentes para definir la inserción internacional, a su vez condicionada por la pertenencia continental al área de influencia de Estados Unidos y el alto nivel de endeudamiento de la economía.

Frente a esta nueva realidad los economistas e idóneos que fungen de referentes del peronismo, muchos de ellos por el solo hecho de haber recibido la marcación del dedo de la dama, de la noche a la mañana descubrieron que la financiación del déficit fiscal es un problema, que no tener moneda importa, que las tasas reales persistentemente negativas son una desgracia y que la inflación provoca un rechazo social profundo, por más que se la compense salarialmente a posteriori, como siempre defendieron. En particular, también parecen haber descubierto que “Frenar a Milei” no es un programa, sino apenas una consigna limitada que refleja desconexión social.

En paralelo, se siguen repitiendo todos los clichés escuchados en los últimos dos gobiernos kirchneristas, el de 2011-15 y el de 2019-23, desde que es posible el paga dios a los acreedores externos sin sufrir consecuencias gravosas y de largo plazo a que el problema del nivel del dólar se resuelve con restricciones cambiarias. O sea, que los problemas de fondo de una economía periférica como la local no se resuelven produciendo más y siguiendo reglas económicas que son exógenas, sino que todo se supera a fuerza de voluntad política. Es decir, la creencia infantil de que las reglas de la economía están subordinadas a la voluntad del hacedor de política. Como todavía se lee en las redes sociales, que es cuestión de huevos/ovarios.

Arrastrando al presente el internismo que hartó a la sociedad y terminó en Milei, el problema del endeudamiento irresponsable que generó el macrismo, y que obviamente dejó condicionados a los gobiernos subsiguientes, residiría en la zoncera de que “Alberto y Guzmán lo convalidaron”. También se sigue repitiendo que “Kulfas no combatió la inflación”, como si el problema de los precios se resolviese desde la secretaría de Comercio, por entonces dependiente de Producción. Y lo peor de todo, continúa achacándosele al propio gobierno 2019-23 no haber resuelto los problemas distributivos cuando la economía dejó de crecer a partir de 2011 debido a que desde 2003 no se fue a fondo con la transformación de la estructura productiva y la resolución del problema de la moneda.

Luego de la revolución libertadora, a fines de los años 50 y principios de los ‘60, quien fuera delegado de Perón y uno de los principales intelectuales de la izquierda peronista, John William Cooke, inmortalizó la definición del movimiento como un “gigante invertebrado”. En el presente el peronismo ya no es un gigante, pero sí se conserva invertebrado. La falta de esqueleto, que explica parcialmente la falta de propuesta y la pérdida de representatividad social, es el producto de la ausencia de un liderazgo único, aunque persistan los primus inter pares. El peronismo del presente se redujo a debatir los lugares de sus personajes en la historia, a la alabanza nostálgica de una sumatoria de pasados. Sobre el futuro, todavía no hay nada.-