Un fantasma recorre Sudamérica: el bolsonarismo

23 de agosto, 2020 | 05.00

El político e historiador Miguel Bonasso pronosticó que la llegada de Jair Bolsonaro a la Presidencia de Brasil implicaba el intento de instalación de un modelo político y socioeconómico que actuaría como espejo disciplinador del resto de las naciones suramericanas, aludiendo a lo ocurrido en la década de 1960 con la consolidación de un régimen militar autoritario que tendería a ser imitado en el resto de la región durante los 70’. Predicción que a un año y medio de gobierno puede asumir algún grado de realidad.

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Desde esta columna en aquél aciago momento también planteamos que se producía el acceso al gobierno de un conjunto de fuerzas distinto al que había hegemonizado el control del Estado en esa Nación desde la década del 30’ con la fundación del “Estado Novo” por Getulio Vargas. 

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La coalición desplazada era conducida por una burguesía que había industrializado la renta primaria y, consecuentemente, sostenido durante décadas un modelo manufacturero con capacidad de mantener subordinados a los trabajadores y concitar el respaldo de los factores de poder internos y externos, incluidos los militares. Esta burguesía industrial portadora de un elitismo recalcitrante que construyó una sociedad profundamente desigual, terminó aceptando -después de tres intentos vetados- el desembarco en la Presidencia de un obrero metalúrgico, procurando ampliar la sustentación política y social del modelo en curso, mediante el ensayo de una alianza de clases atípica para el devenir brasileño.

El golpe institucional que derrocó a Dilma Rouseff marcó el fin político del ensayo descripto y la persecución mediática-judicial que lo siguió hicieron el resto para allanar el camino del militar y eterno legislador de distintos partidos de derecha a la Presidencia del gigante suramericano. 

Sin embargo, los actores económicos integrantes de este poder rupturista se constituyeron lentamente al calor de los errores de administración de los últimos años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), que permitieron una fuerte valorización financiera de los excedentes y la reprimarización progresiva de las exportaciones, a partir de prolongar la vigencia combinada de una tasa de interés real positiva y un tipo de cambio atrasado, como anclas de estabilización económica. Un bloque primario-financiero germinó en ese tiempo y encontró su expresión política en Jair Bolsonaro.

El gobierno entrante colocó como ministro de economía a Paulo Guedes, formado en la Escuela de Chicago y declarado admirador del modelo chileno implantado por el dictador Augusto Pinochet. 

Paulo Guedes, ministro de Economía de Brasil. Crédito: Agencia Xinhua

Durante el primer año de gestión, avanzó en completar la desregulación del mercado laboral -iniciada durante del gobierno interino de Michel Temer- con una reforma previsional que consolide una reducción promedio del salario y de la inversión social en jubilaciones, como oferta de insumos competitivos al empresariado antes de iniciar el sendero de apertura e inserción de la economía brasileña en el mercado mundial. 

Situación que fue potenciada con el mantenimiento de la tasa de desempleo en el 11% a pesar de afirmarse la recuperación del PIB con una suba del 1,1%, después de la aguda crisis de 2015/2016. 

Las señales promercado se acompañaron con un alineamiento durante el 2019 de las principales variables de precios: la devaluación interanual del real fue del 4,4%, la tasa de interés de referencia descendió hasta ubicarse en el 4,5% anual y la inflación minorista acumuló el 4,3% en el año. 

Estabilidad general con nula volatilidad de precios relativos, mercados laboral y previsional desprotegidos, desempleo en dos dígitos y paulatino ascenso de la actividad, un conjunto de condiciones que configuran el sueño dorado de cualquier inversionista global. Máxime cuando se trata de la octava economía del planeta. Todo listo entonces para “lanzarse al mundo”.

Pero llegó la pandemia. El gobierno federal decidió enfrentarla minimizando su impacto sanitario y desalentando medidas de aislamiento social para impedir la propagación del virus. Los resultados más recientes arrojan 3.500.000 brasileños infectados y 111.000 fallecidos, desbordando las previsiones de atención sanitaria.

El sacrificio humano de mantener la actividad casi sin restricciones no impidió el deterioro acelerado del modelo aperturista promercado, más allá de las declamaciones oficiales:

  1. La salida de capitales generalizada en todos los emergentes durante el trimestre abril/junio provocó una caída de reservas internacionales de u$s 16.754 millones, configurando una baja del 4,5% en ese lapso
  2. La fuerte devaluación del real del 35% en el semestre no contuvo la salida y desalineó las variables económicas cuidadosamente ordenadas en 2019
  3. El desempleo rápidamente trepó del 11% al 13,3%
  4. La proyección de contracción del PIB es del 6,7% durante 2020
  5. Para amortiguar el impacto de la pandemia sobre la actividad, y a pesar de la devaluación del real, la tasa de interés de referencia se redujo del 4,5% al 2%, agudizando la presión cambiaria
  6. La suba del dólar no aceleró la inflación, contenida por la recesión, que se ubicó debajo de las metas previstas en torno al 0,5% en el semestre.

La otra consecuencia de la pandemia fue el despliegue de un importante plan de ayuda a trabajadores informales para asegurar un ingreso mínimo por u$s 18.000 millones y a empresas PyMe para asegurar el empleo privado por u$s 20.000 millones. Produciéndose un freno en el plan de privatizaciones y apertura de mercados previsto para 2020.

Esta situación ha provocado dos consecuencias políticas. En el plano interno, se desataron fuertes tensiones en el equipo económico por la alteración del rumbo original, que se materializó en la renuncia de los secretarios a cargo de las privatizaciones y la reforma del Estado, preanunciando agrias discusiones en torno al ajuste del gasto a la hora de presentar el proyecto de Presupuesto 2021. Y en el plano externo, el repunte de la imagen positiva del presidente hasta un 37% de aprobación, respaldado por los trabajadores informales beneficiarios de la ayuda extraordinaria y la baja inflación, pese al colapso sanitario que surca al país.

El doble reflejo político de la pandemia resulta antagónico entre sí, porque frustra el avance del modelo aperturista y desregulador, y la vez potencia la importancia de abandonar el rígido control de gasto público subordinado a la meta inflacionaria, conforme lo establecido por la ley de restricción presupuestaria promulgada durante el gobierno del Temer. Más inversión de recursos públicos se asocia a mayor popularidad del gobierno y, por ende, a tensiones con el dispositivo económico de origen.

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Roberto Feletti

Actualmente es secretario administrativo del Senado de la Provincia de Buenos Aires. Desde 2015 hasta 2019 se desempeñó como secretario de Economía y Hacienda del Municipio de La Matanza. Anteriormente ha ocupado diversos cargos y funciones, entre los que se destacan: diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara baja (2011-2015);  viceministro de Economía de la Nación (2009-2011); vicepresidente del Banco de la Nación Argentina (2006-2009); ministro de Infraestructura y Planeamiento de la Ciudad de Buenos Aires (2003-2006) y presidente del Banco de la Ciudad de Buenos Aires (200-2003). Además es docente en la materia Administración Financiera en la Universidad Nacional de Moreno, tarea que ha desarrollado en otras universidades.