Hasta las 20 horas del domingo el tema en la agenda deportiva era la vuelta de Ramón Díaz a River. Es más, Ramón estaba ya listo para asumir mañana martes, antes de los clásicos contra Racing en el Monumental y Boca en la Bombonera. El 3-0 de anoche contra Belgrano en Córdoba marcó una pausa, títulos esperanzadores sobre si Leonardo Ponzio, solución transitoria, encontró el equipo. Pero nadie duda de la vuelta de Ramón si los clásicos salen mal, especialmente la Bombonera.
El caso River, con su joven presidente Stefano Di Carlo aferrado a un posible cuarto ídolo en un año (Marcelo Gallardo, Eduardo Coudet, Ponzio y Ramón), más el periodismo histórico que acomoda opiniones según victoria o derrota, expone los tiempos cada vez más fugaces del eterno resultadismo futbolero. Podrá haber modelos de dirigencia “vieja”, clientelista, o como se la quiera describir. Y otro modelo nuevo, moderno, pragmático. Ambos viven del poder. Y su poder depende del resultado. A Julio Grondona le preguntaron una vez, cuando Mauricio Macri era presidente de Boca, si el fútbol daba votos. “Primero tiene que entrar la pelotita”, respondió Grondona. La pelotita entró y Macri terminó siendo presidente de la nación.
En España hubo fuerte resistencia inicial al DT Luis de la Fuente, “oficinista”, le dijeron, cuando la Federación española lo puso a cargo de la selección tras la partida de Luis Enrique, cuestionadísimo luego de la eliminación de “La Roja” en el Mundial de Qatar, octavos de final contra Marruecos, por penales. Salvando las distancias (De la Fuente tenía mayor recorrido y experiencia también en selecciones juveniles) fue parecido a lo que sucedió aquí con Lionel Scaloni. Y ambos también con resultados parecidos. España, es cierto, podría haber sido campeón igual si esperaba a Luis Enrique, hoy bicampeón de la Champions con el PSG, y, para muchos, el mejor DT de estos últimos años.
Nos comparamos desde hace tiempo con Brasil, su hegemonía en la Libertadores, su campeonato de veinte equipos, como modelos supuestos de eficiencia absoluta. Aplausos por su dominio en la Libertadores y notablemente intenso su campeonato de veinte equipos. Pero su selección vive a los tumbos. Y lleva ya diecinueve cambios de técnico en el campeonato. Vive también bajo la dictadura del resultado. Los modelos de Sociedades Anónimas, supuestamente más profesionales, precisan también la victoria para fortalecer su gestión.
El fútbol acaso fue siempre así. Pero ahora hay más títulos en juego (también más decepciones). Cuando aparecieron los canales de cable deportivos un dirigente me decía que “ahora ya no perdemos solo los domingos, perdemos lunes, martes, miércoles, todos los días recordándonos la derrota”. Las nuevas plataformas y las redes multiplicaron esa sensación. Si un ídolo es elegido presidente con apoyo masivo de los socios, menos de un año después, si los resultados no llegan, se piden elecciones anticipadas (y no es sólo en el fútbol, basta ver las páginas políticas para advertirlo).
La memoria, siempre selectiva, ayuda a separar lo importante de lo anecdótico. Allí estamos casi todos ahora, recordando que mañana, 20 de octubre, se cumplirán cincuenta años del debut de Diego Armando Maradona en la Primera de Argentinos Juniors, con 15 años, 11 meses y 20 días de edad, avisándonos que lo que estábamos viendo no era exactamente una anécdota. Argentinos estaba segundo en su grupo y era revelación de un Torneo Nacional algo atípico, con dos zonas de ocho equipos cada una y las otras dos de nueve. El rival de esa tarde, Talleres de Córdoba, inició luego de ese partido una racha notable de victorias y llegó a semifinales.
Antes también había formatos raros y equipos revelaciones, sin necesidad de acumular a treinta en la Primera división. Un Argentinos que (no concentraba) se juntó al mediodía a comer bife con puré en Jonte y Boyacá y se fue caminando a la cancha. La anécdota del DT, Juan Carlos Montes, que le pidió a Diego, apenas antes de meterlo en el segundo tiempo, que tirara un caño en su primera intervención. Y Diego (“el Cebollita Maradona”) que lo hizo, no exactamente en la primera, pero sí apenas de inmediato. Un caño, a Juan Domingo Patricio Cabrera, que se hizo eterno, mientras el país (1976) ya vivía en el terror (y Montes dejaba el cargo, echado él también tres fechas después por los malos resultados). Dejamos a Diego y pasamos a Leo Messi. Al último sábado. A sus dos nuevos golazos en Miami. Jerarquía, persistencia y amor al fútbol. Messi lleva veinte años haciendo lo mismo. Eso se llama proyecto.
