Los jerarcas del odio y su mundial manchado de sangre

09 de mayo, 2021 | 10.37

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Las lágrimas humanas deberían ser contadas una a una para saber cuales pertenecen al miedo y cuales al hambre. El miedo y el hambre dibujan viajes invisibles, de fronteras de interior, de alambradas de sangre seca. Partir siempre es morir un poco, y llegar nunca es definitivo. En las antiguas rutinas descubrimos el deleite de lo conocido, tratando de no despertar, temer que con los ojos abiertos toda la belleza del mundo se desvaneciera. Son viajes desapacibles donde todo se aprende sobre la marcha, mientras nos atraviesa.

Hace unos meses el joven asiático Abdul Begum se precipitó al vacío del segundo disco del Estadio Jalifa de la “Aspire Zone” de Catar. Su cuerpo se posó boca abajo en la arena templada, mirando las entrañas de la tierra buscando un espacio donde refugiarse. Había cruzado los océanos enrevesados desde su Bangladesh natal como un paria desheredado. No era su “fiesta”. Solo necesitaban sus brazos, sus dos “palas mecánicas”, mestizas, venidas a lomos desde  las espaldas del mundo para edificar un mar de hormigón futbolístico en un desierto sin nombre, sin vida, a cielo abierto, como tumbas de escorpiones. Un desolado territorio donde se construye, día a día, esa demente fantasía de una sociedad sin extranjeros. 

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Cientos de miles de emigrantes asiáticos llegan al país como los nuevos esclavos de la modernidad. Los jerarcas del odio los esconden, les cambian la mirada, les prohíben la mezcla, el contacto, el roce. Hay algo de naufragio en esta deriva colectiva, hay algo de poesía triste detrás de estas alambradas. 
Los lugareños los “huelen”, los “olfatean”, saben que están ahí, a unos pocos kilómetros de distancia, ocultos en sus “barracones” de la infamia. Están ahí para levantar sus ciudades, sus rascacielos, sus estadios manchados de sangre. Lo saben. Han venido para eso, con ticket de ida y vuelta. Nada de quedarse. Los quieren, los necesitan, pero sin “tocar”, sin “sentir”, sin reclamar una pausa reflexiva, un deseo amable, una sonrisa, una lágrima. 

Sus miradas penetran, incomodan, delatan. Es la mirada del nuevo rico sin educar, aporofóbico, de baños de espuma de petróleo sin humanizar. La memoria desapacible les agrietó los recuerdos de sus tiempos de pastores nómadas, míseros, de cabras deshilachadas en un mar de dunas estériles de arena blanca como pan rallado. 

El modelo se repite en todos los estados petroleros subidos al exhibicionismo  extravagante a la nueva modernidad. Este cronista lo presenció hace unos años en Dubai. Le explotación esclava, casi feudal del “sistema Kafala” se aplica con regularidad en estos países. Consiste en monitorizar trabajadores emigrantes dedicados principalmente a la construcción y al servicio doméstico. El sistema autoriza a las empresas restringir derechos de forma indiscriminada, como la libertad de movimientos, la libre circulación en el país, las entradas y salidas de los “barracones” donde se alojan, la retención de pasaportes, y la aplicación desmedida de multas diversas relacionadas con los comportamientos sociales. 

El Comité Supremo de Entrega y Legado (SC) del Mundial de Catar manifestó que ya no se practica el “sistema Kafala” en las construcciones que se están realizando en la actualidad. Sin embargo reconoce su utilización al principio de las obras. Diversas ONG sostienen que el procedimiento aún se mantiene vigente, especialmente en subcontratas de grandes constructoras como Catar Meta Coats. 

La globalización que había amanecido con la visión extracorpórea de la tierra navegando por el espacio, se convirtió aquí abajo en un mundo sin fronteras donde el modelo capitalista ya no encontró obstáculo para moverse a sus anchas, sin complejo alguno. 

La ONG, Fundación para la Democracia Internacional, lo denunció en 2019: ” Todo el planeta debe saber que el Mundial de Fútbol de 2022 se jugará en estadios manchados de sangre” . La Confederación Sindical Internacional calcula en 1.800 los muertos, y denuncian las deficientes medidas de seguridad. Las autoridades cataríes reconocen 34 decesos. Algunas ONG estiman en 5.400 los fallecidos repatriados a sus países de origen. 

Las muertes de los nuevos esclavos modernos nos ha recordado visceralmente la intensa fragilidad de la vida. Elegir el mundo en donde quieres vivir es una manera de devolverle a la vida lo que ella te ha regalado. Los parias invisibles colgados de los abismos de este planeta seguirán llegando, como si no existieran, pero llegando, como montañas de “imperfecta” humanidad a levantar el cielo con las manos. Los espera el desprecio, el racismo, la miseria, y el trabajo esclavo. Les queda la tristeza, extraviarse, dudar, sentir, dejarse llevar, hablar de lo que les espera ahí afuera, y sobrevivir. 
Lo dejo escrito el poeta: 

                                            “ El mar trajo una botella
                                                con un mensaje de odio.
                                                La trajo vacía,
                                               el mensaje se lo bebieron.”

En Catar, malvivir está de moda.
                                     
(*) José Luis Lanao, periodista y ex jugador de Vélez, clubes de España, y campeón Mundial Tokio 1979. Ex columnista del grupo multimedia español Vocento y Cadena COPE.

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José Luis Lanao

José Luis Lanao, periodista y ex jugador de fútbol. Vélez, clubes de España, y campeón Mundial Tokio 1979. Ex columnista del grupo multimedia español Vocento y radio Cadena Cope.

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