A un mes de la final, miles de argentinos siguen creyendo que España destronó a la selección en Nueva Jersey porque en ese partido “pasó algo raro”. Por el FBI, por la bandera de Malvinas, por el Chiqui Tapia o por lo que sea. Seguimos sin aceptar (como si acaso la respuesta no estuviera justamente allí) que un equipo que había dejado hasta la vida solo cuatro días ante Inglaterra se “rindiera” de esa manera, “renunciara” a siquiera amagar un ataque durante casi 120 minutos. Y solo reaccionara con el 0-1, cuando ya no había tiempo para nada (y, aún así, casi empata). Seguimos sin saber perder. Lo vemos todos los días en nuestro propio fútbol. Barras este mismo fin de semana que golpean a sus jugadores porque pierden. Dirigentes que alientan conspiraciones. Hinchas que votan a un nuevo presidente y a las primeras derrotas le cantan que se vaya donde todos ya sabemos. Y un entorno mediático que ayuda poco.
“Del segundo –decía siempre Carlos Bilardo- no se acuerda nadie”. Y ejemplificaba con el pobre Buzz Aldrin, el astronauta de la Apolo 11 que en 1969 pisó la Luna segundo luego de Neil Armstrong, uno de fama eterna, el otro, decía Bilardo, olvidado. ¿Pero no festejó acaso el propio Bilardo en el balcón de la Casa Rosada el segundo puesto de Italia 90 más eufórico que el título de México 86? Su selección casi no atacó durante todo ese Mundial de Italia, con Diego y su tobillo lesionado y aguantando los partidos hasta los penales, cuando Sergio Goycochea nos llevó hasta la final. No merecíamos ganar con ese fútbol tan pobre, tan lejos del de cuatro años antes. Sin embargo, aun hoy afirmamos que no fuimos campeones “culpa” del árbitro mexicano Edgardo Codesal, por el penal que le dio a Alemania en el Olímpico de Roma. “Porque a Diego se la habían jurado en Italia porque su Napoli pobre amargaba a los equipos ricos del Norte”. Cuatro años después tampoco fue responsabilidad nuestra. “En el ’94 a Diego lo echaron del Mundial porque criticaba a la FIFA y a Estados Unidos”. Creemos en las conspiraciones cuando nos convienen. Como las habríamos encontrado si La Mano de Dios hubiese sido al revés.
Hace un mes, rechazábamos que Argentina fuera una selección protegida por la FIFA. Pero sí creímos que la FIFA nos perjudicó en la final. Por supuesto que el fútbol también es negocio y presión política. Siempre lo fue. Y esos juegos pueden influir a veces en los resultados. Aquí y en todas partes. Pero es imposible creer que ese factor define todo. O que decida solo cuando perdemos y no cuando ganamos. Es cierto que la selección de Scaloni nos malcrió en el último Mundial. Reacciones extraordinarias que acaso nos hicieron creer que la derrota no formaba parte de su historia. ¿Para qué repetir lo dicho?: que la selección jugó su octavo partido en 34 días, que era más “vieja” que su rival, que tenía un día menos de descanso y que llegaba con más desgaste previo. Y que España, dueña de la pelota, venía jugando mejor, de borrar de la cancha a la superfavorita Francia, y que no era Cabo Verde, Egipto, Suiza ni Inglaterra, que permitieron las remontadas. Además de no tener piernas, del jugador menos por la expulsión de Enzo Fernández y del enorme Nicolás Tagliafico en una pierna, casi empata y fuerza los penales.
Seguiremos sin aceptar la derrota aun cuando Leo Messi, el del video viralizado antes de salir a la cancha, sospechoso para los Caruso Lombardi de la vida, se disculpara en una carta pública a su propio padre fallecido explicándole que no le dieron las piernas para ganar otra vez la Copa? ¿No nos alcanza que hayamos tenido, acaso inesperadamente, un Mundial otra vez inesperadamente glorioso y emocional? ¿Con esa victoria inolvidable ante Inglaterra, bandera incluída de Malvinas, que construyó una historial igual o aún más intensa que la de México 86? ¿Qué más nos hace falta, mientras afuera otros muchos siguen dibujando debates forzados de racismo y fair play? Es cierto, de todos modos, que pudo haberle sucedido algo en aquella final a la selección. Si fue así, tiendo a creer que acaso no supo o no pudo ejecutar un plan forzado sí por las limitaciones citadas, pero que le resultó absolutamente incómodo porque jamás lo había hecho antes: renunciar a la pelota, un principio sagrado para el ciclo Scaloni. Pero ese sería un debate futbolero. Y nosotros, claro, jamás perdemos.
