Mirta Wons: "Pagué un precio alto por negarme a hacer de gordita simpática"

En diálogo con El Destape, la talentosa actriz Mirta Wons repasó su trayectoria, recordó la triste historia de sus abuelos y proyectó sus deseos, mientras disfruta del éxito de Julio César, la extravagante puesta de José María Muscari sobre el clásico de William Shakespeare.

13 de mayo, 2022 | 15.27

La versión libre del clásico Julio César, dirigida por José María Muscari y protagonizada por Moria Casán, cuenta con varias sorpresas. Una de ellas es la aparición de la actriz Mirta Wons. De larga trayectoria en cine, teatro y televisión Wons vuelve a pisar un escenario tras la pandemia de coronavirus, período que trajo varios disgustos al sector artístico. En diálogo con El Destape, habló de su actualidad laboral, de su triste historia familiar y de sus sueños.

- ¿Cómo vivís la vuelta a la presencialidad en los teatros?

A todos la pandemia nos pegó diferente y en distintas zonas de la vida. Gracias a Dios no tuve familia ni amigos cercanos que fallecieran por el coronavirus, pero fue tanta la sensación de muerte, pobreza e incertidumbre que empecé a pensar que quizás no iba a volver a trabajar en un teatro, ni pisar un escenario. Dos años de cuarentena sin hacer teatro presencial y un año extra que no estuve en actividad, me llevaron por un camino de tristeza en el que no sabía si iba a terminar yéndome a vivir a Córdoba, o poniéndome una ferretería. Estuve así hasta un día, en que miré al cielo y pedí una señal, y se ve que pegó en el teléfono, porque a los días me llamó José (Muscari), a quien no conocía, y me quedé boquiabierta con la propuesta que me ofreció. Vivo esta vuelta a la presencialidad en los teatros con alegría.

- ¿Ya habías hecho teatro oficial?

Nada. Ni en el San Martín, ni en el Cervantes. Nunca logré llegar hasta ahí hasta el llamado de Muscari. Sin leer el libro le dije que sí, ya que tengo una antena de intuición muy fuerte. Tal vez dos años antes hubiese dicho ‘ni loca me sumo’, pero en este momento -y entre tanta disrupción que provocó la pandemia- siento que Julio César es una obra perfecta.

- ¿Cómo es trabajar con Moria Casán?

La quiero mucho a Moria. Es una institución y tiene algo que siempre destaco: siempre que ensayamos, ella es una más. Me acuerdo que llegó el primer día que ensayábamos, con toda la letra sabida, y nos dejó culo pa' arriba. Es una persona con un gran sentido de la horizontalidad y el compañerismo.

Solo una vez en la vida experimenté algo similar a lo que me sucede con Moria. Hace muchos años, cuando todavía era pichona, trabajé en la obra Largo viaje de un día hacia la noche, con Alfredo Alcón y Norma Aleandro, y estaba aterrada. En la obra interpreté a la sirvienta de Norma y recuerdo ensayos en su casa, donde sentí que no podía abrir la boca porque tenía la sensación de que cualquier cosa que dijera iba a ser una boludez. ¡Estaba al lado de bronces, que si bien eran los más cálidos del mundo, generaban muchísimo respeto! El que advirtió eso fue Alcón, que un día me dijo: 'Mirtita, entiendo todo lo del bronce, pero acá vos sos una compañera. Yo necesito una compañera. No nos mires para arriba porque a mí no me sirve’. En ese sentido, Moria es igual y es imposible no amarla.

- Sé que van a presentar la obra en España, ¿estás ansiosa?

No conozco España, estoy muerta de la emoción. Cuando Muscari reunió a todos los del elenco y nos dijo que íbamos a abrir el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, pensé que me estaba jodiendo. No paro de ver fotos y me alucina saber que es uno de los pocos anfiteatros romanos que quedan en España, en buen estado de conservación. Voy a pisar una parte de la historia que es apasionante. Pienso que por allá pasaron leones y emperadores como Julio César y siento escalofríos.

- ¿Es cierto que tus abuelos se fueron de Polonia por la persecución de los nazis?

Sí, mis tres abuelos se escaparon en el año ’33 por la persecución a los judíos en tiempos de la Primera Guerra Mundial. Tengo una historia de tercera generación de sobrevivientes del Holocausto que me ha pegado muy fuerte, por todo el dolor, la muerte y el hambre que pasaron. Parte de la familia de mi abuela paterna fue asesinada en el Gueto de Varsovia, otros pudieron escaparse. Ella contaba que los soldados jugaban al tiro al blanco, tirándoles unos frutos que pinchaban. Sobre el final de la historia, siempre me decía 'pase lo que pase, nunca dejes de sonreír'. La misma mujer que decía eso tuvo una hermana a la que fusilaron en la fila para pedir pan. 

Del lado materno, tuve un abuelo que vino al país en barco, después de la Primera Guerra Mundial, con un documento falso y reclutado. Cuando desembarcó, estuvo en un hotel de inmigrantes, se laburó todo y fundó una hermosa familia. Era hijo de un sofer, mi bisabuelo, que es el nombre con el que se llama a los religiosos que escriben la Torá. No son rabinos, pero están muy cerca de eso. ¡Y lo gracioso era que mi abuelo fue ateo! (risas) Tengo una historia de resiliencia muy fuerte. Tuve una educación judía estricta, viví en una burbuja durante muchos años. Jardín de infantes, primaria, secundaria y terciario judío. Mi identidad es judía. 

- En esa burbuja en la que te criaste, ¿tuviste una vida feliz?

Supongo que sí. Mi mayor felicidad fueron mis abuelos. En pandemia, cuando me sentía desprotegida como en medio de una guerra, sin un mango, pero con la comodidad de estar calentita en mi casa, mis abuelos estuvieron presentes todo el tiempo. Yo no tengo fotos de gente muerta en casa, no me gusta, y pese a eso necesité armar un cuadro con las fotos de ellos y de mi papá en situaciones post guerra, con sonrisas y con sus familias. ‘Si ellos pasaron dos guerras, yo voy a pasar esto y voy a tener felicidad después’, pensé.

- ¿Estás de acuerdo con las medidas tomadas por el Gobierno y el Ministerio de Salud durante la pandemia?

Creo que se hizo lo mejor posible. Hubo buena voluntad y también se mandaron muchas cagadas y hubo corrupción, pero se hizo lo mejor posible. Nadie tenía la posta, esto es algo completamente nuevo. Cuando hice la campaña de cuidado en la Televisión Pública fui totalmente convencida de que como actriz había que dar el ejemplo. No soy K, ni milito en partidos políticos, pero sentía que era lo correcto, ya que considero que los actores tenemos una función social importante dado que somos visibles. Después, me sentí un poco pelotuda y estafada con lo de la fiesta de Olivos, pero no me arrepiento de nada de lo que hice. Lo volvería a hacer, no me importa lo que piense el resto.

- En medio de la pandemia, se creó un monstruo a partir de una noticia sobre tu estado económico. ¿La pasaste tan mal cómo se publicó? 

¿Viste que al principio de la pandemia se decía que todos íbamos a salir mejores? Bueno, eso es una mentira: el que es una mierda, sigue siendo una mierda. La cuestión que desató esas noticias se debió a un vivo de Instagram que hice con Nicolás Peralta, un amigo que trabaja en Revista Pronto, y no tuve conciencia del montón de giles que podían estar viéndolo y se hacen llamar periodistas, cuando lo único que hacen es copiar y pegar.

En ese momento estaba trabajando con Artistas Solidarios y con Sagai, embolsando alimentos para artistas de todo tipo, que de verdad no tenían para comer. Yo tenía para bancarme, pero los giles que levantaron la nota desvirtuaron todo el mensaje. No se molestaron ni en chequear la información. Me pareció de una maldad absoluta. El que levanta notas y las pega es un laburante, pero no es periodista. Un buen periodista te llama y te pregunta.

- En ese momento también se potenció tu emprendimiento, Un pez. ¿Cómo surgió?

Largamos el proyecto en 2019 con una amiga del alma. A las dos nos une la creatividad y somos muy buenas con la costura, los tejidos. En mi caso, vivo en Once comprando telas, pinto macetas, hago mil cosas manuales. Me gusta, es un hobbie y lo veo como un refugio. El nombre Un pez surgió porque las dos somos piscianas y, la verdad, no pensé que íbamos a tener el éxito que alcanzamos. 

Luego de hacer un curso de emprendimientos y de aprender a sacar costos, armamos una presentación para nuestros amigos con algunos productos: almohadones, móviles, sujeta cortinas. Hicimos dos showroom y voló todo. Y  cuando cayó la pandemia el emprendimiento nos permitió sobrevivir. 

- ¿Tenés roles ansiados a los que todavía no hayas llegado?

Sueño con hacer la película Misery en el teatro.

- Hubo una adaptación en los '90, con Rodolfo Bebán.

Sí, y con Alicia Bruzzo. La dirigió Manuel González Gil. De hecho, me contacté con él aunque quedó todo en el plano de los deseos. Lo tiro al universo y si sale, sale. La verdad es que me gustaría que me aprovechen más como actriz, tengo mucho para mostrar.

- ¿Sentís que te encasillan?

Me di el lujo de hacer distintas cosas pero porque, cuando estuve encasillada, fui yo la que rompió el molde y generé nuevas oportunidades. Siempre me llamaron para hacer de gordita simpática. Y pagué un precio alto por negarme a eso, porque les puse el freno antes.

- ¿Te cerraron muchas puertas por eso?

Sí. Siendo una pichona el golpazo es más fuerte. De jovencita me maté estudiando y no para que me llamaran para hacer de la gorda que recibía los pastelazos en la cara. Concretamente, quien me contactó para eso fue un productor importantísimo que luego de mi respuesta negativa no me llamó nunca más ni me tuvo en cuenta para ningún trabajo. 

- Actualmente, ¿ves que la tele esté más deconstruida?

Se está trabajando en eso. Hay un buen proceso, por lo menos si nos ponemos a comparar modelos y formatos de antes con los de ahora. Me encanta que la televisión esté un poquito más integrada.

  • Julio César, de William Shakespeare, con versión libre de José María Muscari, puede verse en el Cine Teatro El Plata (Av. Juan Bautista Alberdi 5765, Mataderos).

 

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