El próximo sábado 22 de agosto, Paul Higgs presentará oficialmente La Perla Perdida en Strummer Bar, en Buenos Aires. El décimo álbum del músico uruguayo profundiza una búsqueda que atraviesa buena parte de su obra, mezclar rock, funk, soul, psicodelia y tradición rioplatense sin someterse demasiado a las etiquetas. Esta vez, además, Higgs construye un universo conceptual alrededor de un personaje ficticio, una suerte de “crítico del rock uruguayo” que le permite hablar desde otro lugar sobre la historia reciente de la música de su país, la pérdida de ciertos circuitos y la necesidad de volver a imaginar una escena.
El disco cuenta con participaciones de dos nombres muy diferentes pero igualmente significativos: el grupo platense Mostruo!, cuyos cantantes Kubilai Medina y Lucas Finocchi participan en “Daba La Casualidad”, y el histórico Hugo Fattoruso, que aporta sintetizadores en “Banco de Arena”. La obra también incorpora una dimensión teatral y performática, con diálogos, arengas y momentos de complicidad directa con quien escucha.
Antes de su presentación porteña, Higgs habló con El Destape sobre la construcción de ese personaje, la escena rock uruguaya, las nuevas generaciones, la relación entre música e industria y todo lo que hay detrás de La Perla Perdida.
Paul Higgs, "el crítico del rock uruguayo"
-En La Perla Perdida aparece con mucha fuerza este personaje del “crítico del rock uruguayo”. ¿En qué momento apareció y qué te permitió hacer que quizás no podías hacer hablando directamente como Paul Higgs?
-Específicamente, lo del rock uruguayo es una sencilla, pura y dura transfiguración de mí mismo al personaje que funciona dentro de todo el universo que se creó para este álbum. En parte, en conjunto con un artista uruguayo con quien trabajo hace mucho tiempo, Francisco Cuña, que hizo la dirección de arte y con quien también hemos colaborado en letras y otras cosas. En un momento, en la esquina de Durazno y Convención, que en Montevideo es crucial por una de las canciones más conocidas de Jaime Ross, firmamos y dimos el sí a que este álbum iba a tener ese trasfondo histórico inventado. Eso acompañó la creación del arte ilustrado que hizo Daniel Turcatti.
Ese desdoblamiento me permite, como “crítico del rock uruguayo”, decir cosas que tal vez me da pudor decir personalmente. O cantarlas de una manera tan voraz como las canta el personaje. Por ejemplo, cuando habla de ser el huérfano del rock uruguayo, hay algo que tiene un sentido histórico y geográfico.
-¿De dónde viene esa idea de “orfandad” del rock uruguayo?
-Cuando yo estuve listo para salir a la cancha, el medio uruguayo no tenía a sus principales referentes de un pasado cercano en actividad constante. Se había terminado el boom que se dio después de la crisis argentina de 2001 y 2002. Había habido un boom absoluto del rock uruguayo, festivales multitudinarios y un circuito nacional, federal, de giras y de personas que asistían a los conciertos. Cuando yo salía a tocar, eso estaba en total declive. Muchas de las bandas habían dejado de tocar y tampoco se había rearmado el asunto. Eso coincidió también con el último manotazo de ahogado de las discográficas. Había un vacío en ese momento y a eso es a lo que el crítico del rock uruguayo refiere como su orfandad. Solo que, siendo el crítico del rock uruguayo, lo puedo gritar a los cuatro vientos.
-¿Y qué encontrás hoy en la escena uruguaya?
-.Existe la postpandemia. Existe también una especie de moda del pogo, que empezó a hacerse porque las adolescencias encerradas durante la pandemia querían salir a sacudirse. La forma más primal de sacudirse es el masaje colectivo, al fin y al cabo. Pero eso también se ha vuelto rápidamente una moda y por eso digo que las corporaciones, las industrias y todo eso están ahí al acecho. En el momento en que llega la industria, se empieza a adormecer un poco el asunto. Después queda medio no sé qué, hasta que surge nuevamente otra cosa.
-En el disco hay algo que también se siente diferente a trabajos anteriores: una dimensión mucho más performática. Hay diálogos, una apertura, un cierre, personajes, arengas. ¿Querías construir una especie de obra teatral dentro de un disco?
-Lo tiene. Creo que eso va en parte con esa transfiguración, en la cual el personaje pasa a tener su voz propia. Pero también está ideado para que, para el oído menos crítico o atento, fluya como canciones tal cual. No necesariamente contienen toda esta historia que nosotros podemos desentramar. El personaje puede vitorear, alardear, anunciar la llegada de la flautista, pedirle algo al baterista. Eso también se usa mucho en la música funk, desde Sly and the Family Stone, donde los integrantes de la banda se arengan y no se pierden solos. Hay algo de eso en mucha música que escucho y que me gusta: es un guiño de presencialidad dentro de la grabación. No es solamente una canción; es también una pequeña complicidad con quien escucha.
-Hay dos colaboraciones muy fuertes: Mostruo! y Hugo Fattoruso. ¿Cómo llegaste a cada uno?
-Con Mostruo! me hice muy amigo de ellos. Son un grupo platense que está activo desde 2006. Han publicado discos, tocado muchísimo y, en cierto modo, son un secreto a voces. Tal vez no han tenido la repercusión o la divulgación correspondiente a su amplia capacidad. Me hice muy amigo de Kubilai Medina y Lucas Finocchi, que son los dos cantantes y prácticamente los integrantes principales del grupo. Siempre tenía en mente agitarlos para hacer algo porque además son dos cantantes y eso me gustaba: no era simplemente invitar a un cantante a una canción, sino que era la banda que tiene dos voces. Encontré su lugar en “Daba La Casualidad”, que refiere también al presente que yo observaba andando por el microcentro a mediados de 2025, fines de 2024. Ellos también son una banda de rock and roll, entonces la canción refiere al rock and roll. Todo iba de la mano.
En “Banco de Arena” había tan poco espacio para otra cosa porque tiene tanto ritmo, canción, letra, música y armonía que solamente el pincel de un genio podía hacer lo que hizo: unos solos de sintetizador y unos ruidos fenomenales, correspondiendo al estilo de música. La invitación correspondía a que esa canción es una especie de candombe psicodélico. Y Hugo Fattoruso es uno de los creadores, fundadores o máximos impulsores de ese estilo de música. Le mandé un par de emails y me mandó una pista que resultó inmaculada sobre la canción.
-Hay algo muy rioplatense en La Perla Perdida, pero también una búsqueda permanente de mezclar tradiciones con sonidos contemporáneos. ¿Sentís que el disco es también una forma de pensar tu identidad entre Montevideo y Buenos Aires?
-Sí. Todo esto también tiene que ver con observar. Yo estoy permanentemente observando lo que pasa alrededor y tratando de encontrar una forma de hablar al respecto sin reducirlo simplemente a “me gusta” o “no me gusta”. Somos ignorantes de tantas cosas que desde acá puedo ver una realidad de una determinada manera y puede ser completamente distinta. Por eso también me interesa conversar, observar y entender.
-¿Qué significa para vos presentar este disco en Buenos Aires, una ciudad que ya forma parte de tu vida cotidiana?
-Es todo un viaje. Ahora estamos absolutamente embebidos en la preparación del concierto y todo lo que conlleva: las remeras, la sopa de letras, unas botellitas que vamos a llenar con grapa miel, toda la organización alrededor de una presentación de álbum. Es estresante y angustiante todo lo referido a la venta de entradas y que eso sea una estadística tan visible para quien pone en escena un espectáculo. Pero después, cuando llega el día, todo pasa volando. Y termina siendo, por lo menos, una experiencia anecdótica, memorable y benefactora.
