A los 74 años, León Gieco atraviesa una etapa en la que el paso del tiempo aparece no como una carga, sino como una experiencia que transformó su manera de mirar la vida, la música y su propia historia. Nacido el 20 de noviembre de 1951 en una chacra cercana a Cañada Rosquín, Santa Fe, el músico construyó una carrera de más de cinco décadas marcada por canciones que se volvieron parte de la identidad popular argentina.
Una de sus reflexiones más claras sobre el paso de los años apareció en una entrevista con Página/12 publicada en diciembre de 2022, cuando presentaba El hombrecito del mar. Allí, Gieco habló justamente de cómo había cambiado con el tiempo y dejó una frase que resume su presente: “Ya no soy el mismo, ni el de los 20, los 40 o los 60”.
La frase surgió al hablar de la madurez y de las transformaciones que atravesó a lo largo de su vida. “El paso del tiempo no es en vano. Sin ser un sabio, uno va aprendiendo qué hacer con sus dudas y sus angustias. Tal vez eso sea lo que se ve reflejado en las letras”, explicó entonces el músico.
Para Gieco, esa transformación también está ligada a su manera de entender sus propias canciones. En aquella entrevista sostuvo que su vida no podía pensarse como un recorrido lineal, hay momentos de felicidad, angustia, enamoramiento, cansancio y entusiasmo, y todos ellos terminan formando parte de su obra. “En todas mis canciones siempre hay un nudo esperanzado”, aseguró.
Del campo santafesino a una vida dedicada a la música
La historia personal de Gieco comenzó lejos de los grandes escenarios. Según la biografía publicada en su sitio oficial, nació en una familia de inmigrantes y campesinos italianos. A los 18 años dejó su pueblo y viajó a Buenos Aires con una guitarra, un bolso y grandes expectativas para comenzar su carrera profesional. Su primer disco fue publicado en 1973 y, desde entonces, desarrolló una extensa trayectoria que combinó rock, folklore y canciones de fuerte contenido social.
Su vínculo con Cañada Rosquín, sin embargo, nunca desapareció. En la entrevista con Página/12 de 2022 contó que había ido reuniendo objetos y recuerdos para construir una suerte de museo personal en el pueblo donde nació. “El pueblo nunca fue algo que ‘dejara’”, explicó, al recordar que su idea original había sido ir a Buenos Aires, grabar un disco, tocarlo y regresar.
Ese regreso simbólico a sus raíces también aparece en su música. Para Gieco, una grabación aparentemente sencilla podía tener tanto valor como una producción realizada con grandes músicos y tecnología. Por eso eligió cerrar El hombrecito del mar con “El orgullo”, registrada con su guitarra, su armónica y los sonidos de los pájaros de su entorno.
Su historia personal estuvo además atravesada por una extensa vida familiar. En 2002, Página/12 publicó una entrevista con Alicia Scherman, su esposa, quien contó que llevaba casi treinta años junto al músico y que ambos habían construido una relación basada en la independencia y el respeto por los espacios individuales. “Nunca pensamos en separarnos”, relató entonces.
La propia mirada de Gieco sobre su vida también estuvo siempre vinculada a una idea que excede la fama. En una entrevista publicada por Página/12 en 2003, al cumplir treinta años de su primer disco, explicó: “Yo me dedico a vivir, pero ante todo soy un trovador”. Para él, ser músico significaba también recorrer lugares, conocer historias y transformarlas en canciones.
