En las mesas de novedades de las librerías cada vez aparecen más libros escritos por autores jóvenes: novelas, cuentos, poemarios y primeras obras que ponen en palabras preocupaciones propias de una generación atravesada por las redes sociales, la precarización, las nuevas formas de vincularse y una creciente necesidad de preguntarse quiénes son. Pero ¿existe realmente algo que pueda definirse como "literatura joven"? ¿O se trata, más bien, de una categoría construida por el mercado para ordenar a los lectores?
Para Gonzalo Ludueña, de 23 años y autor de Y los veranos pasarán y Lo que nos dejó el verano, la pregunta es problemática desde el principio. Hablar de literatura juvenil implica asumir que existen libros destinados a determinadas edades, aunque ninguna obra tenga incorporada en su texto una indicación que determine quién puede leerla. "No existe nada en el texto que muestre que tal historia es para gente de entre 16 y 25 años o que tal otra sea para chicos de 8, 10 o 12 años", plantea. En su mirada, la etiqueta funciona principalmente como una herramienta de segmentación: permite señalar qué libros probablemente tengan mayor afinidad con determinados grupos etarios, pero no establece una frontera real para sus lectores.
Por su parte, para Florencia Dapiaggi, poeta de 23 años y autora de Cerezas y Fuego y Ella es mi chica solar, la clasificación también es cuestionable, pero desde otro lugar: advierte que la etiqueta puede terminar reduciendo la literatura escrita por mujeres jóvenes a un espacio de consumo destinado exclusivamente a otras mujeres de la misma edad.
Entonces ¿Qué significa escribir como una generación?
Si la categoría "joven" no define necesariamente una literatura, sí existe algo que atraviesa a quienes escriben en un mismo momento histórico. Ludueña encuentra allí una diferencia fundamental respecto de quienes comenzaron a publicar una década atrás: las formas de circulación y de vínculo con los lectores cambiaron radicalmente.
"Quienes publicaron hace 10 años atrás lucharon muchísimo más por la posibilidad de darse a conocer", explica Gonzalo. La aparición de las redes sociales generó comunidades de lectores que no solo consumen libros, sino que también reseñan, recomiendan y producen conversaciones alrededor de ellos. Son, en sus palabras, prosumidores: lectores que también generan contenido y funcionan como un "boca a boca" virtual.
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Pero la transformación va incluso más allá de la posibilidad de promocionar un libro. Para Ludueña, hoy también existe una relación mucho más directa entre autor y lector: "Hoy una de las grandes ventajas es que también el lector puede empatizar por la persona: hay muchos lectores que compran el libro porque confían en la persona". La identidad del escritor se convierte así en parte de la experiencia de lectura: no solo importa qué historia cuenta, sino también quién la cuenta.
Esa cercanía con el lector convive con preocupaciones que, según Ludueña, atraviesan a toda una generación. Los autores nacidos a comienzos de los 2000 crecieron atravesados por la tecnología y la globalización, pero también por una multiplicidad de relatos sobre quiénes deberían ser. A eso suma la inestabilidad de los vínculos, la dificultad para encontrar el amor y la visibilización de distintas identidades sexuales. Son preocupaciones que no aparecen de manera aislada en los libros: forman parte de las experiencias cotidianas de quienes los escriben.
Por su parte, la escritora Agustina Buera, de 27 años y autora de Los Atardeceres que Perdimos, La Noche que comencé a quererte y Un amor agridulce, se siente parte de esta generación de escritores a través de la construcción de personajes. Le interesa, explica, "la parte más humana que se puede escribir dentro de la ficción": mujeres que menstrúan, que no tienen ganas de ir a trabajar, que se miran al espejo y lo primero que hacen es criticarse, que toman malas decisiones, tienen miedo, se equivocan o dicen cosas de más y de menos.
Flor encuentra algo similar desde su propia escritura. En sus poemas, incluso cuando habla de amor, la experiencia personal aparece atravesada por una mirada política. "Creo que mi escritura está muy atravesada por el hecho de ser mujer, por el hecho de ser mujer en este mundo, por el hecho de ser mujer lesbiana también en este mundo", cuenta.
De los grandes temas a las pequeñas experiencias
En ese cruce entre lo personal y lo colectivo aparece otra de las características de la literatura contemporánea que señalan los entrevistados: la voluntad de llevar a la ficción experiencias que durante mucho tiempo fueron consideradas demasiado pequeñas, cotidianas o íntimas para convertirse en literatura.
La literatura aparece así como un espacio para darle entidad narrativa a experiencias ordinarias. Y esa búsqueda también está presente en la poesía joven. Dapiaggi considera que la poesía argentina contemporánea tiende hacia un lenguaje "muy directo", más cotidiano y mundano. Aunque las metáforas sigan presentes, existe una voluntad de comunicación: "Creo que queremos comunicar cosas con nuestro poema".
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Esa idea de la literatura como espacio de identificación también aparece en los personajes de Buera. Muchos están inspirados en las personas que la rodean y funcionan, en cierta forma, como un homenaje a sus rasgos más humanos. "Es fácil tal vez sentirse representado porque a todos nos suele pasar lo mismo", explica. En sus libros hay tantos personajes que, si un lector no se identifica con uno, probablemente pueda encontrar algo propio en otro.
Sin embargo, para Gonzalo, esto no significa que los conflictos fundamentales de la literatura hayan cambiado. "Los conflictos de las novelas nunca cambiaron porque los motivos de la humanidad son siempre los mismos", sostiene. Lo que sí se transforma son las preocupaciones particulares que aparecen alrededor de esos conflictos universales. El amor, la identidad, la soledad, la familia o el deseo pueden ser tan antiguos como la literatura misma. Lo que cambia es la manera en que una generación los experimenta y los pone en palabras.
Si hubiera un libro escrito sobre las temáticas del 2026, ¿qué cosas no podrían pasarse por alto?
Si hay algo que une las distintas miradas, es la idea de que la literatura no vive separada de su época. Los temas que aparecen en los libros responden, en mayor o menor medida, a aquello que preocupa a quienes los escriben y a quienes los leen.
Ludueña menciona la precarización laboral y la salud mental como preocupaciones que atraviesan a la sociedad en general y que hoy tienen mayor visibilidad. Dapiaggi, desde otro lugar, habla de una literatura en la que el feminismo ya no aparece necesariamente como una reivindicación que debe ser explicada, sino como una base desde la cual muchas escritoras construyen sus historias. Incluso cuando se escriben historias de amor, señala, las protagonistas pueden ser mujeres con independencia económica y profesional.
Sin embargo, para Gonzalo existe una deuda que excede las tendencias generacionales: contar más la Argentina. "Creo que el tema sobre el que se escribe poco en Argentina es justamente Argentina", sostiene. Precisamente, el autor observa una tendencia a construir historias con nombres en inglés, ambientadas en otros países y atravesadas por tramas que podrían ocurrir en cualquier lugar.
Para él, una de las grandes deudas de la literatura juvenil es "reivindicar lo nacional y a partir de ahí construir historias que retomen estas temáticas". Con esto coincide Buera, ya que sus últimos dos libros transcurren en un pueblo ficcional cercano a Mar del Plata y con personajes que tienen las mismas costumbres que sus lectores. "Quise escribir un libro con cosas que se sintieras reales y cercanas", aseguró.
Quizás ahí aparezca una de las mejores respuestas a la pregunta inicial. Los autores jóvenes no necesariamente están inventando nuevos conflictos, pero sí están encontrando nuevas formas de mirar los viejos conflictos. Y quizás esa sea la verdadera característica de la literatura joven: no tanto la edad de quienes escriben, sino la necesidad de ponerle palabras a un presente que todavía están tratando de entender.
