Plantearse el interrogante sobre si un paro resuelve los problemas de la Argentina sólo puede resultar de un pensamiento trivial e insustancial, o de subestimar la inteligencia de sus destinatarios hasta límites realmente descalificantes. Cuando esas u otras formulaciones similares provienen de quienes cumplen funciones políticas relevantes, son preocupantes cualquiera fuera el sentido que les asignemos.

“Buscan el conflicto por el conflicto mismo y no resuelven los problemas de la Argentina con un paro” (Triaca). “Un paro no cambia, no transforma la realidad” (Vidal). “Lo único que ponen en la mesa es el monto del salario y no la productividad, la competitividad, la asistencia” (Michetti). “Las huelgas grandes eran más importantes en la antigua sociedad, en que la gente se conformaba con ser atropellada por patotas” (Durán Barba).

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Es de tanta obviedad la respuesta lineal a un interrogante de esa naturaleza que cuesta creer que todavía se plantee sin pudor, con la pretensión de estar enunciando una reflexión sesuda.

Nadie puede suponer que quienes llevan adelante una huelga de cualquier índole y alcance esperen que, mágica y automáticamente, culminada la misma se hayan alcanzado los objetivos que la motivaran.

Sino que se proponen llamar la atención sobre una situación –extrema, cuando se trata de un paro general-, exigir una consideración seria de los reclamos que la originan y el reconocimiento del rol de interlocutor que se pretende.

¡Cuánta ignorancia!

El desconocimiento de la conflictividad social y laboral que demuestra el Ministro de Trabajo en circunstancias como las actuales no puede sorprendernos, en tanto que al igual que el Presidente nunca han debido trabajar para obtener su diario sustento y han vivido en una burbuja (residiendo en las Lomas de San Isidro, cursando sus estudios secundarios en el Cardenal Newman y los universitarios en la Universidad de San Andrés y en la UCA).

Por eso es que los únicos paros y piquetes que los conmueven, al punto de haber adherido alegremente, fueron aquellos promovidos por la oligarquía y el capital concentrado, sin reparar en el salvajismo que representara por su extensión, desabastecimiento y severos daños a la población, como fuera lo ocurrido en oposición a la Resolución 125 que afectaba la rentabilidad extraordinaria del complejo agro-exportador y de un pequeño sector de los productores agrarios.

En su precario imaginario no advierten que la huelga ha sido –y sigue siendo- el principal instrumento con que cuentan los trabajadores para hacerse escuchar, defender sus conquistas y obtener nuevos derechos.

La jornada de ocho horas, el descanso semanal y las vacaciones pagas, el aguinaldo, las licencias por maternidad, por matrimonio, por examenes, por fallecimiento de familiares, un salario mínimo garantizado, la protección contra el despido arbitrario, los beneficios de la seguridad social, la sindicalización, la negociación colectiva y otros muchos derechos han sido el resultado de la lucha emprendida por los trabajadores y sus organizaciones gremiales apelando, en casi todo los casos, a medidas de acción directa.

Algo de historia

Excedería y mucho los límites de esta nota un repaso de las huelgas registradas en el país, como de lo fructíferas que resultaron -aunque no exentas de enormes sacrificios- para lograr un cambio de políticas nefastas para la Argentina. Pero bien vale rememorar sucintamente algunos episodios emblemáticos, que desmienten pueriles reflexiones como las inicialmente citadas.

Al cumplirse el primer año de implantada la última dictadura cívico-militar, Rodolfo Walsh escribía: “Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9% prometiendo aumentarla con 300 mil nuevos despidos, han retrotraído relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron”. (Carta Abierta del 24/03/1977)

En ese contexto, sin embargo, dos años más tarde -en abril de1979- desafiando enormes peligros se declaraba la primera huelga general por un agrupamiento de sindicatos nucleados en la Comisión de los 25. A la par que otro grupo sindical colaboracionista de ese gobierno, la Comisión de Gestión y Trabajo que tenía por principales referentes a Triaca (padre), Cavalieri y Zanola, le daban la espalda.

La CGT Brasil, liderada por Saúl Ubaldini, el 22 de julio de 1981 declara la segunda huelga general y el 30 de marzo de 1982 adopta una nueva medida de fuerza en todo el país con movilización, en Buenos Aires a Plaza de Mayo para entregar un petitorio reclamando la restauración de los derechos individuales y colectivos conculcados, así como el retorno a la Democracia poniendo fin al proceso dictatorial.

La represión fue brutal registrándose más de 2.500 heridos, 4.000 detenidos y un dirigente sindical asesinado en Mendoza. Lo que no generó solidaridad alguna, como tampoco antes adhesión a la medida, de otra fracción sindical identificada como CGT Azopardo, por tener asiento en la sede histórica de esa Central cuyo edificio le había sido otorgado por su identificación con el Gobierno, y que era dirigida por Jorge Triaca (padre).

Si bien no fue la única resistencia, sin lugar a dudas las acciones de buena parte del Movimiento Obrero junto a la férrea y valiente lucha emprendida por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, resultaron determinantes para la recuperación de la Democracia en 1983.

El inicio de un camino … nada menos

Los crecientes negociados favorecidos por funcionarios que exhiben obscenamente ostensibles conflictos de intereses reñidos con las responsabilidades a su cargo, la impericia para el manejo de los resortes de gobierno, la claudicación permanente ante los poderes fácticos alentada por el FMI y el consiguiente compromiso de nuestra soberanía como Estado, constituyen algunas de las principales causas de la profunda crisis en la que se ha sumido al país.

Sus consecuencias, como es de manual para el Neoliberalismo, recaen inmediatamente sobre los sectores más vulnerables, pero imponen también un severo recorte de los derechos sociales y particularmente de los laborales.

No hay salida con esas políticas, eso es lo que se ha expresado en el contundente paro general del 25 de Junio. Una convicción que se desprende tanto del enorme acatamiento que exhibiera, como de la adhesión manifestada por todo el arco sindical y de las organizaciones sociales.

No se trata de un punto de llegada sino de un nuevo punto de partida, en defensa de principios y valores fundamentales consagrados en nuestra Patria con los que se identifican los trabajadores, a quienes deben responder sin reservas sus organizaciones.