Martes 22 de Septiembre del 2026 Mar 22 Sep
Cotizaciones
Dólar Oficial $1535
Dólar Tarjeta $1995.5
Dólar Blue $1555
Dólar CCL $1600.4
Euro $1731.11
Riesgo País 543
EN VIVO

Muestran los múltiples efectos positivos que tiene el arte en la salud

Dos trabajos publicados este lunes en The Lancet sugieren que la música, la danza, el teatro o las artes plásticas deberían recetarse como el ejercicio, la alimentación saludable o la actividad física

21 de septiembre, 2026 | 15.24
“Supongamos que a uno le diagnostican una enfermedad grave, se le viene el mundo abajo, siente que no importa cuánto trate, no puede hacer nada, entonces, decide iniciar un proceso creativo, por ejemplo, pintar su vida, expresar qué le está sucediendo, reflexionar sobre el pasado y el futuro. Eso le otorga un sentido, le permite resignificarla”.

Agustín Ibáñez, neurocientífico argentino, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Chile, director científico del Latin American Brain Health Institute (BrainLat-UAI) y coautor de los dos artículos con los que The Lancet presenta un exhaustivo documento sobre los efectos del arte en la salud (promovidos por la Jameel Arts & Health Lab–Lancet Global Collection on Arts and Health), describe esta situación hipotética como una forma de mostrar qué nos puede brindar el arte a cualquiera de nosotros: le otorga un sentido, un propósito. Y esta es solo una de las dimensiones que un grupo internacional de investigadores intenta ahora convertir en evidencia, en políticas y en sistemas de salud.

La iniciativa nació impulsada por Nisha Sajnani, de la Universidad de Nueva York y primera autora del primer trabajo,y Daisy Fancourt, del University College de Londres. El primer artículo, titulado The arts as a global health resource: key priorities for future research [Las artes como recurso de salud global: prioridades clave para futuras investigaciones], expone lo que se sabe y lo que se ignora. El segundo, una revisión llamada Developing roadmaps for advancing practice, research, and policy in the arts and health [Hojas de ruta para promover la práctica, la investigación y las políticas en el ámbito de las artes y la salud], traduce ese balance en una agenda de acción.

Este proyecto lo hacemos colectivamente. Sostené a El Destape con un click acá. Sigamos haciendo historia.

SUSCRIBITE A EL DESTAPE

Democratizar el arte

Sajnani y Fancourt venían trabajando sobre este tema con la Organización Mundial de la Salud, para la que ya habían hecho una primera revisión de la evidencia. Contactaron a Ibáñez con una preocupación: “Estaban muy interesadas en que esto no se tomara como una especie de lujo de alto nivel que solo es practicable en Nueva York y Londres. Un desafío importante era mostrar que esto no es un artilugio solo para privilegiados”, cuenta el científico.

De ahí también la elección de las palabras. Los autores prefieren hablar de cultural engagement, participación cultural, porque, explica, “las artes a veces se entienden como algo muy restrictivo, como una profesión, mientras que cualquiera puede acercarse a actividades culturales,  en centros comunitarios, clubes de barrio…” Bajo este paraguas entran cantar, bailar, leer, pintar, tejer, escribir, actuar o mirar una obra, y también las prácticas rituales y tradicionales de cada comunidad.

Para Ibáñez, el asunto adquiere incluso mayor importancia porque desafía la forma en que suelen pensarse la medicina y la neurociencia. “Solemos concebir causas lineales con efectos simples, una mutación provoca algo, un área del cerebro te impide saber aquello otro –ilustra–. Los efectos de las actividades culturales se dan en un contexto que abarca toda la vida, porque son suaves, difusos, básicamente impactan los mecanismos de stress; es todo un desafío entenderlos”.

De acuerdo con el investigador, estos trabajos no fueron sencillos. Por un lado, en la ciencia hay dos mitos muy extendidos: que los efectos biológicos de la participación cultural no se pueden medir y que son actividades inasibles, sin consecuencias reales sobre la salud. Pero también hay resistencias desde el colectivo de los artistas, donde muchos temen que las artes pasen a ser “un producto secundario al servicio de la salud y no un bien en sí mismo”.

Qué dice la evidencia

Una revisión amplia (todavía sin referato por pares) que reunió 149 estudios sistemáticos y metaanálisis sobre enfermedades no transmisibles encontró mejoras de pequeñas a moderadas en ansiedad, depresión, funcionalidad física y calidad de vida en personas que emprendían actividades artísticas como escuchar música, cantar, hacer escultura o teatro. Los beneficios se observaron en personas con cáncer, enfermedad cardiovascular, problemas de salud mental y afecciones neurológicas, frente al cuidado habitual u otros controles. La danza, por su parte, mejora la fuerza de las piernas y el equilibrio, y reduce las caídas en adultos mayores, con una eficacia comparable a la de programas de ejercicio. En hospitales, la música antes y durante procedimientos se asoció con menos dolor, intervenciones más breves, y menor uso de ansiolíticos y analgésicos.

“Lo que nosotros exploramos es de dónde viene el efecto saludable de las artes y las actividades culturales –destaca Ibañez–. Y es bastante claro que hay múltiples ingredientes. El primero es la agencia, que se asocia con el propósito; por ejemplo, en el caso de un padre que pierde a un hijo y crea una fundación para acompañar a otras familias. Ese efecto está estudiado y se ve en el descenso de la mortalidad. La gente que carece de un propósito, un sentido para su vida se muere más rápido”.

Pero hay más. Regulación emocional, reducción del estrés, atención focalizada (“que también se puede ganar con el mindfulness”, dice Ibañez), poder para “parar la mente” y no sentirse solo una víctima de lo que nos sucede, menor aislamiento. Por eso, subraya, la fórmula no es una sola: “No hay garantía de que va a funcionar, todo depende de la combinación. Las actividades culturales son una especie de ‘intervención multicomponente’, abarcan lo cognitivo, lo emocional, lo social, lo motor”.

El primer trabajo ordena esos mecanismos en una tabla: descenso de marcadores de estrés y de inflamación, liberación de dopamina, mayor vínculo social. Incluye también los relojes biológicos del envejecimiento, una línea que Ibáñez está contribuyendo a desarrollar. “Ya hay evidencias que sugieren un desaceleramiento del envejecimiento biológico [en personas que practican estas actividades]”, afirma, y menciona un estudio de relojes de su propio grupo y el de Fancourt, aunque advierte que se necesita seguir confirmándola, ya que la calidad de los estudios es dispar, en algunos casos las muestras son pequeñas y los efectos, de corto plazo. Y las artes no son inocuas por definición: también pueden causar daño, desde lesiones en quienes las practican, frustración por no poder llegar a lo que cada uno se plantea. Además, es difícil liberarse de los sesgos, porque no se pueden hacer estudios “a doble ciego”.

Las actividades culturales o el arte no curan el cáncer, pero mejoran la calidad de vida, y el sentirse bien también es parte de la salud, como lo explicita la definición de la OMS: no solo es ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar pleno. Pero –advierte–. A diferencia de una píldora, esto sólo se debe recetar de una forma que tenga sentido para la persona, ya que los efectos pueden ser muy variados para cada uno”.

Arte para todos

El segundo trabajo propone varias líneas de acción.

Una es que todas las personas tengan oportunidad de participar en actividades culturales, que la Declaración Universal de los Derechos Humanos incluye desde 1948 pero que nadie monitorea con el rigor de otros. El punto de partida es modesto: según datos de uso del tiempo en los Estados Unidos, en un día cualquiera solo una de cada veinte personas adultas dedica a las artes lo principal de su atención. También aconseja usar la cultura como herramienta frente a las desigualdades estructurales de salud; tejer circuitos, como la prescripción social, que conecten a quienes están en riesgo con actividades culturales de su comunidad; sumar intervenciones artísticas basadas en evidencia a la atención clínica; y reforzar la colaboración entre médicos, terapeutas, artistas y la inversión en investigación.

Entre los ejemplos que recorre el artículo hay experiencias con resultados concretos. Grecia oficializó en febrero de este año las “artes en prescripción” como programa nacional de salud mental, tras dos ensayos aleatorizados. Un estudio de terapia musical en cuidados intensivos ahorró unos 2.300 dólares por paciente en costos médicos directos. El programa de renta básica para artistas en Irlanda ahorró 1,39 euros por cada euro invertido. Los resultados económicos no son parejos, y algunos ensayos, como los de música en cirugía en los Países Bajos, no mostraron diferencias significativas de costo.

¿Cómo se traduce todo esto en políticas públicas? “Países como la Argentina tienen una riqueza cultural tremenda –comenta Ibañez–. Sin embargo, es un ámbito que está totalmente desconectado de la salud. El primer paso es integrar las actividades culturales a  la prescripción social y permitir que el sistema de salud, obras sociales y prepagas, las cubran. Además, es imprescindible capacitar a quienes hacen cultura para que tengan formación sanitaria”.

Añade que los Estados deberían fijar metas nacionales de participación cultural basadas en evidencia, “de forma análoga a como se hace con el ejercicio, la dieta o el sueño”, idea que la colección propone de manera explícita. Para aprovechar recursos existentes, cita como ejemplo una experiencia en España: el Global Brain Health Institute propuso capacitar a cuidadores migrantes, colombianos y venezolanos sin papeles, que atienden a personas mayores o con demencia para que pudieran regularizar su situación y, a la vez, asegurar ese cuidado. “Una cosa parecida se podría hacer con los artistas –continúa–. Esa es una intervención de muy bajo costo.”

Falta, además, medir, evaluar. Con Fancourt, Ibañez promueve un proyecto de siete años financiado por el Wellcome Trust, GRACE-Epi, que será “el primer estudio epidemiológico de participación cultural”, cuenta. Evaluará mortalidad y salud, y también los relojes de envejecimiento que desarrolla a partir de mediciones en sangre y de epigenética. “Si podemos cuantificarlo, podremos incorporarlo en las encuestas nacionales, en los estudios de vigilancia de salud, desagregados a nivel socioeconómico”.

En San Juan, su equipo trabaja con clubes de fútbol en programas de protección de la salud cerebral, ejercicio, sueño y hábitos saludables. Ahí ve un modelo. “Muchísimo más deberíamos aprovechar los beneficios que tienen para la salud las actividades culturales, es algo claramente de bajo costo con un impacto a mediano plazo muy, muy grande”, subraya.

Con el sur en el centro

Uno de los obstáculos viene de que buena parte de la investigación se hace en países de ingresos altos. Una revisión citada en la hoja de ruta encontró que apenas el 3,2% de los estudios primarios sobre el papel del arte en la atención clínica se hicieron en países de ingresos bajos y medios, y ninguno en países de bajos ingresos. Los autores piden estudios situados y rechazan expresamente exportar los umbrales de evidencia occidentales como condición previa para actuar.

Para Ibáñez, ese es el desafío de fondo. “La salud emerge de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales –señala–. El arte y la cultura forman parte de esas interacciones. Tenemos que construir la evidencia, las políticas públicas y los sistemas de salud capaces de incorporarlos de manera rigurosa y equitativa”. Y agrega: “Este es un momento histórico para la medicina. Por primera vez, las artes y la participación cultural se integran dentro de un marco global que abarca promoción de la salud, prevención, tratamiento y cuidado. Estamos pasando de considerar las artes como un complemento opcional a reconocer la participación cultural como parte de la forma en que entendemos, protegemos y promovemos la salud humana”, concluye.

Los estudios se presentan el martes 22 de septiembre  en el Skirball Center for the Performing Arts de Nueva York, dentro de la Healing Arts UNGA, que se extiende del 19 al 26 de este mes durante la semana de la Asamblea General de Naciones Unidas. Ibáñez es uno de los investigadores invitados.

Las más vistas