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Es maestra de escuela en CABA, toca el saxo en La Kermesse Redonda y se volvió viral: “El punto de contacto es la resistencia”

Las retinas de Jorgelina Avigliano se llenan de varios mundos a pocas horas de distancia. A los recreos, las clases y los guardapolvos los cubren el mismo sol y la misma luna que a los pogos, las banderas y los Redondos. En todos lados sueña, en todos lados resiste. Y en todos lados hace ondear las banderas de su corazón, luzca el sol o no.

02 de octubre, 2026 | 07.00

Muy temprano por la mañana arma su mochila con apuntes y fotocopias. Junto a su delantal estoico está el saxo que, unas horas después, hará volar todo por el aire del Teatro Flores cuando llegue el solo de “Ji Ji Ji”, sobre el final del show de La Kermesse Redonda, el proyecto integrado por exmúsicos de Los Redondos y otros artistas vinculados al universo ricotero.

Jorgelina es maestra desde hace 16 años en escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, donde da clases de música a chicos de varios grados. Pero además es saxofonista y tocó con músicos como El Zorrito Von Quintiero y Willy Crook, entre otros.

“A veces pareciera que son dos galaxias distintas, pero no es así. No tengo dos vidas, sino una en la que se juntan mis dos amores: la música y la escuela. A la mañana estoy dando clases y a la noche quizá estoy haciendo un hitazo de los Redondos para miles de personas. Soy la misma pero con dos pasiones, poniéndole la misma responsabilidad y el mismo amor”, cuenta al comienzo de la charla con El Destape.

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Un video viral para nuestro genio amor

Hace unos meses ocurrió algo que hizo que la historia de Jorgelina cobrara una dimensión inesperada. Un video en el que aparece junto a su compañero Guille, él con la guitarra y ella con su saxo, haciendo una hermosa versión de “Mi Genio Amor”, aquella canción inédita de Los Redonditos de Ricota de principios de los 90, se volvió viral.

El guardapolvo, el pizarrón, los afiches, las mesas inconfundibles, la voz de una adolescente de fondo, el silencio de admiración y atención. Todo lo que acompaña al arte de Jorgelina y Guille hace que quienes pasamos por una escuela pública sepamos de qué va ese milagro.

El video fue grabado antes de comenzar el día, cuando docentes y estudiantes se juntan en el comedor a desayunar. Lo que los algoritmos jamás unirían, los unió una taza de chocolatada caliente y una bella melodía.

“Yo había llevado el saxo porque ese día tocaba con Kermesse. No es que lo llevara para hacer música ahí, sino porque no iba a volver a casa. Se dio que mi compañero toca la viola y tiene mucha facilidad para sacar temas y nos pusimos a zapar, principalmente porque tenemos esa energía juntos”, cuenta Jorgelina.

 

Entre dulzura y simpleza, Avigliano revela que cuando se dio ese momento sintió junto a su compañero que “algo había pasado en el aire”, aunque no le dieron mayor importancia. El video quedó guardado en un celular durante más de un mes. “Nos grabó una alumna porque sí. Jamás pensamos que iba a pasar lo que pasó. Cuando lo subimos, enseguida pasó algo que no podemos explicar”.

Incluso, cuando Jorgelina quiso mostrárselo a su compañero ocurrió otro episodio peculiar. “Cuando se lo quise mostrar a Guille, mi celular estaba conectado al Bluetooth del parlante de la escuela, entonces empezó a sonar en todos lados. Nos parecía que sonaba hermoso y sentíamos cómo los chicos que estaban en la escuela quedaban conmovidos”, reveló.

Después de ese episodio, los docentes entraron a sus clases como siempre, a las 8.30. Antes del primer recreo, a las 10, el video ya se había viralizado. Para la instrumentista, lo que se ve allí es “también dos profes compartiendo y enseñando”. “Ser docente es transmitir, es movilizar. Es enseñar a compartir con el otro y ese video es eso, con una canción hermosa y una letra muy potente”, explica.

Para ella, no hubo cambios tan grandes desde su primer viral. “No siento que haya cambiado mucho después de ese video. Ahora los chicos me piden más temas de los Redondos, piden aprender de toda esa música mágica. Yo no era ricotera, me gustaba, pero no era tan fan. Pero cuando llegué a Kermesse me cayó la ficha y entendí por qué el Indio es quien es”.

A Jorgelina le cuesta hablar de ella misma. Se ríe ante la idea de ser una rockstar fuera del aula. De hecho, aclara que no suele contar demasiado sobre su trabajo en La Kermesse y que cada tanto algún estudiante le dice: “Seño, mi mamá la vio en el teatro”.

“Ahí fuera el lobo aúlla”

Esta situación la sorprende, aunque entre otras cosas lo que más agradece es “la posibilidad de contar cómo están los docentes hoy”. En esa línea, remarca: “La docencia tiene algo mágico, pero también te va absorbiendo. Salís de la clase medio cagado a palos, en un contexto re difícil, de desidia, que vivimos los docentes y los trabajadores en general”.

“Vos aprendés de una comunidad por sus pibes. Aprendés cómo está una sociedad por ellos. Hay chicos que vienen de una y vos no siempre los podés ayudar. En ese sentido, agradezco tener la música como forma de expresión para poder mostrar lo que le pasa a un montón de gente”, suma.

De Instagram al escenario ricotero

Su llegada a La Kermesse Redonda fue casi por casualidad. Uno de los integrantes históricos de Los Redondos, Sergio Dawi, la descubrió en un video que había subido a Instagram y a partir de allí, la contactó. “Todavía no lo puedo creer”, dice con una amplia sonrisa. “¿Sabés lo que es tocar ‘Ji Ji Ji’ y ver la emoción de la gente cuando vos estás a punto de hacer ese solo de saxo increíble? Ver al público conmovido, atravesado, emocionado, es inconmensurable”.

Y agrega: “Ya van varios años y no puedo acostumbrarme. Ahora estamos haciendo ocho Flores y cada uno lo vivimos como un milagro. A veces me mira Sergio Dawi (histórico saxofonista el Indio) y me dice: ‘Qué increíble esto, ¿no?’. Si él que estuvo con el Indio en River, en Racing y es una institución en sí misma, dice eso, ¿cómo no me va a movilizar a mí? Siempre es como si fuera el primer día. Para mí es algo increíble que no sé ponerlo en palabras”.

Cuando se le pregunta qué es más difícil, si llamar la atención de los alumnos o saciar el apetito de rock de la banda ricotera, no tiene dudas: el mayor desafío está en el aula. “¿Sabés lo que es que te presten atención los pibes de Sexto Grado?”, dice, un poco en chiste y un poco en serio.

Más de una vez, la seño se mete en el mundo del rock y aunque ella apenas lo admita con timidez, una Jorgelina alimenta a la otra. “A veces caigo con el delantal a probar sonido. Porque salgo de la escuela y me olvido de que lo tengo puesto. Mis compañeros me ven llegar y dicen: ‘Ahí llegó la seño’. Y para mí es un orgullo llegar con el delantal desde la escuela y entrar a este mundo del rock. Es muy movilizante”, asegura.

Jorgelina no se imagina un mundo sin el otro. “Ni se me pasa por la cabeza dejar alguna de mis dos profesiones”, asevera. Cuando se le pregunta por un punto de conexión entre la música y la docencia, la respuesta aparece casi como una revelación: “Son los Redondos. Pero no solo los Redondos como música sino como concepto, como posicionamiento filosófico ante la vida y antes que nada, como resistencia. Ahí está, esa es la palabra. Los Redondos son resistencia y la docencia es resistencia. Ahí va, me encantó”.

Lo dice con la exactitud de quien explica el punto fundamental de un examen. No hay mucho más que agregar a quien enseña con melodías y da clases con rock, como cada docente de nuestro país que sueña con “hacer la revolución, con una canción de amor”.

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