Sobre mediados de la década del 20, llegó un belga a la Argentina que revolucionó el mundo de los trabajadores con beneficios impesados hasta entonces, esos mismos que el peronismo convertiría en ley 15 años después. Su nombre fue Julio Steverlynck, y nació en la ciudad flamenca de Cortrique, el 4 de octubre de 1895: curiosamente, cuatro días antes que al líder del justicialismo. Aunque su obra no se limitó a los derechos laborales, también fundó el pueblo de Villa Flandria, en el Partido de Luján. Entre esos lotes aledaños a las Ruta 5 emplazó sus fábricas, fundó colegios, parroquias, centros de salud y, entre otras tantas cosas, hasta un estadio de fútbol de un equipo que en la actualidad juega en el ascenso. Hacia 1948, tras un conflicto por una huelga, la misma Evita le dijo que no le perdonaba haber hecho peronismo antes que Perón.
A diferencia de muchos otros tantos inmigrantes que llegaban a la Argentina en ese entonces, Steverlynck no escapaba de la pobreza de la postguerra: era empresario. De hecho, en Bélgica, su padre fundó la firma Etablissements Steverlynck en 1880. Adolf, tal el nombre de su progenitor, se dedicaba a la industria textil y su hijo siguió sus pasos. La conexión con estas latitudes del hemisferio se inició en la década de 20, cuando su empresa empezó a exportar telas hacia el país. Así las cosas, en 1923, el gobierno de Marcelo T. de Alvear concretó lo que hoy se conoce como industrialización sustitutiva, que arancelaba los tejidos importados y favorecía la introducción de maquinarias.
MÁS INFO
En ese contexto, la empresa belga envió a uno de sus hijos, Jules, para que se hiciera cargo de la apertura de una filial en Argentina. De hecho, en 1924, Steverlynck hijo instaló, en la localidad bonaerense de Valentín Alsina, la empresa Algodonera Sudamericana Flandria S.A junto a su socio local Brazeras. Cuatro años después, el empresario belga mudó su fábrica a la zona bonaerense de Jáuregui, donde empieza la historia de un personaje inefable, que contruyó un pueblo entero y dejó anécdotas para la eternidad.
“Aquí construiremos nuestro sueño”
“Él llega a la Argentina con 28 años, con una experiencia tremenda que fue la participación en la Primera Guerra Mundial. Y, además, con lo que significó la reconstrucción de la empresa que habían destruido los alemanes. En cuanto a sus primeros años de estadía en nuestro país, un obrero que había trabajado en la filial de Valentin Alsina, contó que él llegó a Jauregui con su esposa y le dijo: ‘Aquí construiremos nuestro sueño’, recordó ante El Destape Claudio Tuis, historiador y director del Museo Textil y Archivo Empresarial Algoselán Flandria que conserva la herencia de la empresa de Steverlynck, con maquinaria, herramientas y documentos.
Y continuó: “En Valentín Alsina, él se entera que había un molino abandonado en una estación de tren llamada Jauregui. Con ese dato viaja para acá, además porque él quería construir una fábrica fuera de centros urbanos, y donde el obrero estuviese cerca de la empresa”, agrega el licenciado Tuis, quien vive en el pueblo que fundó Steverlynck.
MÁS INFO
El resto es historia conocida para los lugareños de la localidad que integra el Partido de Luján: la fundación de tres fábricas que llegaron a tener 1800 empleados, en un pueblo que en la actualidad cuenta con 12 mil habitantes en total; la construcción de escuelas, espacios cultuales, parroquias, un estadio de fútbol, centros de salud, una biblioteca; cientos de plantanciones, entre árboles, linares y hasta cáñamo y, entre otras tantas cosas, una orquesta llamada Referum Novarum que aún funciona y hasta un documental dirigido por Sebastián Schindel, Nicolás Batlle y Fernando Molnar cuenta su historia (Referum Novarum, 2001).
Peronismo sin Perón
En 1928, cuando Steverlynck abrió su planta en Jáuregui, si bien Argentina había crecido en materia de derechos laborales, aún eran insuficientes para proteger íntegramente al trabajador. De hecho, se había promulgado el descanso dominical y la regulación del trabajo de mujeres y menores. Y en 1929, se estableció el límite de 8 horas en todo el país. Sin embargo, no había una protección unificada y, consecuentemente, el asalariado debía lidiar de forma individual (una propuesta del gobierno actual) con el empleador: una relación de fuerzas asimétrica en la que solían perder los más débiles.
En ese contexto, Julio Steverlynck aplicó en su empresa una serie de beneficios para sus empleados que recién el por entonces coronel Juan Domingo Perón legislaría, a partir de 1943, como secretario de Trabajo de Edelmiro Farrel y profundizaría como presidente desde el 4 de junio de 1946. Descanso dominical, jornada de 8 horas de máximo, pago de horas extras, vacaciones pagas, aguinaldo, créditos blandos para construirse su casa, fueron algunas de esas medidas inéditas para la época.
MÁS INFO
La pregunta es: ¿por qué semejante distancia con las condiciones del cccccccresto de las empresas, sobre todo, porque no estaba obligado a hacerlo? Una posible respuesta puede estar en voz de Claudio Tuis. “Esta empresa belga, como otras tantas de Europa, ya venían lidiando con el problema que suscitaba la dicotomía del comunismo y el capitalismo y no querían ninguno de los dos caminos. Entonces, allí aparece la figura del Papa Pío XI quien sostuvo la idea de que el obrero tuviera casa, tierra y un trabajo donde se lo respetara, basada en la encíclica Rerum Novarum; Julio vino a cumplir eso”, afirma el historiador.
En rigor, el famoso documento fue concebido en 1891 por el Papa León XIII, un arquitecto de la doctrina social de la Iglesia. Consecuentemente, el texto condenaba los abusos de la Revolución Industrial, defendía el salario digno, el derecho a la sindicación y rechazaba tanto el marxismo como el capitalismo extremo. Steverlynck era un ferviente creyente católico y adepto de la encíclica Rerum Novarum. Como dato anecdótico que refuerza esa información, la orquesta que fundó en Jáuregui fue bautizada con ese nombre.
Lo que Evita nunca le perdonó a Stervelynck
A diferencia de lo que muchos podrían creer o se comparte erróneamente en las redes sociales, la relación entre el peronismo y Stervelynck no se destacaba por su armonía. Tampoco era pésima, pero tenía sus bemoles. “Difícilmente tendría un afecto especial hacia el peronismo, sobre todo porque Perón tenía algunos rasgos dictatoriales y bueno, eso él difícilmente lo aceptaría, ya que lo relacionaba con perjuicios de gobiernos que padeció en Bélgica: no iba a aceptar un estatismo rígido”, opinó Claudio Tuis.
Asimismo, el historiador le contó a El Destape que Steverlynck no estaba de acuerdo con la actividad sindical en sus fábricas. “Él le decía a los obreros: ‘¿Para qué quieren un sindicato si yo les doy a ustedes más que lo que exige el gremio? Si se sindicalizan, pueden convertir un problema en mi fábrica sobre un conflicto que suceda en La Rioja o en Catamarca’. Se los planteaba en referencia a que a veces las huelgas se nacionalizaban. Es decir, no estaba muy de acuerdo con el sindicalismo”, sostuvo Tuis.
MÁS INFO
De una u otra manera, la relación existió y en esa dinámica había encuentros, misivas y tensiones. De hecho, existe una anécdota muy conocida que se produjo en el contexto de una huelga de 1948. En ese entonces, hubo una reunión con los empresarios, donde Evita, la abanderada de los humildes, lo llamó y le confesó: “Don Julio: hay una cosa que ni el General ni yo podemos perdonarle. Y es que usted hizo peronismo antes que Perón”.
Claudio Tuis fue consultado por El Destape respecto de la veracidad de esa escena y el docente contestó: “La única fuente bien concreta, es potente y fue escrita por Jorge María Steverlink, uno de los hijos de Julio que publicó la biografía de su padre, quien le contó esa anécdota. Salió en La Historia de Villa Flandria que se publicó hace unos 9 años”.
Amores y pasiones entre cuervos y canarios
“Don Julio” era un tipo muy particular, no rebozaba de simpatía, lo cual no indicaba que no se hiciera lugar para simpáticas bromas. “A veces recibía a una persona en la entrada de su fábrica sin mencionar que él era el dueño, luego quien lo visitaba se encontraba con Steverlinck devuelta en la reunión pautada y no lo podía creer”, contó Tuis. Asimismo, otra de sus características destacadas era su relación bastante cercana a los obreros de sus fábricas, con quienes compartía partidos de fútbol, por ejemplo.
“Le gustaba el fútbol, era hincha de San Lorenzo (apodado “Los Cuervos”). Y el club Flandria nace porque entre 1929 y 1930 se da una gran sequía en la provincia de Buenos Aires y empieza a haber cortes de luz bastante frecuentes. Y entonces en la fábrica, cuando había luz, trabajaban y cuando se cortaba, traían la pelota y jugaban con Steverlynck. Y ahí un poco empieza a forjarse el enfrentamiento entre hilandería contra tejeduría y surge de alguna manera la idea de crear a Fladria, ya que finalmente se fundó en 1941”, recuerda Tuis.
Los colores del club que participa de la Primer B son en alusión a la bandera flamenca: amarillo y negro. De hecho, por esos tonos al equipo del oeste lo apodan “El Canario”. El “Trinche” Carlovich, mítico futbolista rosarino -elogiado hasta por Diego Armando Maradona-, tuvo un paso fugaz por el equipo de Jáuregui en 1971. Asimismo, Juan "Pichi" Mercier y Carlos Seppaquercia quienes jugaron en San Lorenzo y River Plate, respectivamente, salieron de las inferiores en la institución fundada por Steverlynck.
“Él era una persona muy seria, aunque tenía momentos de humor muy particulares. Era belga; los habitantes del norte de Europa son particulares. Consecuentemente, no era de hablar mucho, imagino que al venir de un pueblo de Flandes le habrá resultado difícil aprender el castellano dado que hablaba naturalmente idioma neerlandés flamenco. Tuvo 16 hijos, de modo que la vida familiar no sería nada fácil. Y levantó tres empresas, infinidad de instituciones para el pueblo y relaciones con otras tantas. Por lo que su vida era muy activa”, recordó Tuis, quien lo conoció personalmente cuando era pequeño.
Y continuó: “Sin embargo, yo me lo acuerdo cuando Flandria asciende, increíble lo contento que estaba. Hay que tener en cuenta que este es un club que estaba formado por un equipo de obreros, básicamente. Y hoy, con orgullo, tenemos un estadio muy lindo, rodeado de verde y muchas divisiones”.
Del primer al último trabajador
Steverlynck tenía un poco más de 30 años cuando volvió a la Argentina junto a su esposa, quien fue su fiel compañera hasta que quedó viudo. Con ella tuvo 16 hijos, todos criados en Jáuregui y muchos de ellos trabajaron en su algodonera. Don Julio tuvo una vida aventurera, audaz, solidaria, intensa que no estuvo exenta de tragedias. La que más le dolió fue la que se llevó a su esposa: Maria Alicia Gonnet. Con ella, que era francesa, formó una dupla fortísima. “Eran tal para cual. Y Steverlynck pudo hacer lo que hizo porque el acompañamiento de ella, quien además de criar a sus 16 hijos colaboraba mucho con la asistencia social de los obreros”, acotó Tuis.
Y prosiguió: “De hecho, ese día que muere, llevaba remedios y ropa para unos enfermos que estaban detrás de la vía. Fue un acto desgraciado y distractivo, todavía hay gente viva que lo recuerda. Al parecer, el guarda, no bajó la barrera porque todo el mundo en el pueblo conocía el horario de los trenes. Entonces había una fila de autos esperando y ella los pasa, se mete en la vía y justo venía el rápido; fue una muerte inmediata”.
“Steverlynck a la tarde fue a la Policía local a pedirle al comisario que dejara libre al guardabarrera porque él no lo consideraba culpable por lo que había pasado. Una muestra más de la calidad de persona que era. Según cuentan sus hijos, nunca más fue él mismo después de esa muerte tan sorprendente y trágica”, concluyó el historiador.
Su mujer murió en 1966, pese a la tristeza Steverlynck siguió muy metido con sus proyectos. De hecho, según Claudio Tuis, trabajó hasta su último día. De hecho, falleció durante la recorrida por una de sus fábricas a los 80 años, el 28 de noviembre de 1975. Casi a la misma edad que Juan Domingo Perón, otra similitud más, pese a sus diferencias.
Catorce años después de su muerte, en 1989, la Algodonera Flandria entró en convocatoria de acreedores tras años de hiperinflación, luego llegó el menemismo y cerró definitivamente en 1995. En 2001, las instalaciones abandonadas fueron compradas por la empresa Algoselan. A partir de entonces, los nuevos inversores adquirieron los predios y las maquinarias abandonadas y se reconvirtió el lugar en el Parque Industrial Villa Flandria en donde funcionan veintiocho nuevas fábricas.
