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Batallas en plazas y códigos de TikTok: qué hay detrás de "farmear aura", la moda que obsesiona a los jóvenes

Nació en las redes, tomó conceptos de los videojuegos y ya llegó a las plazas: qué significa “farmear aura”, cómo funciona este nuevo código adolescente y por qué detrás del juego por el carisma aparece una vieja búsqueda de reconocimiento, pertenencia y aceptación.

22 de agosto, 2026 | 19.00

En el capitalismo de plataformas es casi imposible escaparle al análisis del consumo, aunque sea irónico, y de las nuevas tendencias que pasan rápidamente de las pantallas al plano físico. En este caso el nuevo fenómeno adolescente de moda, que parece generar más preguntas que respuestas en el mundo adulto, es el de “Farmear Aura”. Lo primero que hay que aclarar es que el término no refiere al aura en su viejo sentido espiritual o energético alrededor de las personas. En la concepción acuñada por el nuevo diccionario de las generaciones más jóvenes, significa tener presencia, carisma, estilo, seguridad, una capacidad intransferible, difícil de explicar, por la cual una persona puede hacer algo aparentemente sencillo y, sin embargo, conseguir la mirada atenta y la admiración de los otros.

La segunda parte del término, "farmear", adaptación del "Farming" o palabra en inglés que significa agricultura y ganadería, hace referencia a la acción de repetir determinados comportamientos o gestos para conseguir recursos, experiencia o puntos. Se trata de un traslado de los videojuegos a la vida real e implica que ese aura puede trabajarse, cosecharse, acumularse como si fuera un recurso: se gana aura, se pierde aura, se juntan puntos de aura y, sobre todo, se puede hacer algo deliberadamente para aumentar esa jerarquía imaginaria.

La expresión empezó a circular en internet en 2024, potenciada por la cultura pop de los videojuegos, el anime y los memes, pero cuesta marcar su origen específico. Los registros existentes sí identifican un hecho digital que puede representar su masificación en Tik Tok cuando en 2025 se viralizó un video protagonizado por Rayyan Arkan Dikha, un chico indonesio de 11 años que se muestra bailando sobre la proa de una embarcación durante una tradicional carrera de barcos, y  "farmeando aura” a través de movimientos sutiles, precisos, y una tranquilidad que no coincide con la escena.

La lógica que lleva al concepto es sencilla, aunque difícil de explicar a cualquier persona mayor de 25 años, y eso lo hace un fenómeno bastante revelador en sí mismo. Gestos como hacer un tiro imposible sin esfuerzo y embocarlo, caminar y ser hipnótico, sostener una pose difícil con elegancia, una acrobacia que parece lograrse sin esfuerzo, dar una respuesta ingeniosa y sorprender, hacer un gesto o chiste asociado a algún personaje y conseguir la resonancia, son todas acciones posibles de “dar aura”. Pero ojo, que lo contrario también funciona para perderla: tropezarse, quedar en ridículo, hacer algo demasiado obvio, esforzarse demasiado por ser aceptado, simular personalidad, actuar de forma predeterminada, son cosas que generan una mirada de desconfianza. Porque en este juego existe una regla fundamental: el aura funciona mejor cuando parece nacer sin haber sido buscada. El problema es que, desde el momento en que existe una expresión para designar el intento de producirla y mostrarla, sobre todo en redes, hasta la espontaneidad, paradójicamente, puede convertirse en una performance.

Del meme a la plaza

A la par del fenómeno digital, lo que vuelve particularmente atractiva esta tendencia es su llegada al espacio público, su potencia como actividad socializadora, y su trascendencia en términos colectivos y afectivos. Durante los últimos días, en distintos puntos de la Argentina, comenzaron a organizarse las llamadas “batallas de farmear aura” que terminaron alimentando encuentros físicos en plazas y apropiación de espacios públicos por parte de adolescentes que, en su afán de ganar, realizaron poses, movimientos, bailes, gestos, acrobacias o demostraciones de habilidad frente a un público que al final decidía, mediante aplausos y gritos, quién consiguió obtener más aura.

Lo que, a los ojos del prejuicio adulto, puede parecer una escena absurda, una pérdida de tiempo, es en definitiva la simple acción por la cual se define la etapa vital adolescente: la búsqueda de pertenencia, el registro de la mirada del otro, y la necesidad de ser visto, aceptado o valorado por los pares. Lo novedoso de la escena, por otro lado, es el lenguaje que se utiliza, el territorio donde esa necesidad se expresa, y su poder de viralización que multiplica las miradas. Lo que ocurre en la cultura digital es que se intensifica la búsqueda de reconocimiento porque la escena puede quedar registrada, reproducida, compartida y evaluada por una audiencia potencialmente ilimitada y bastante hostil. El adolescente contemporáneo, a diferencia de generaciones anteriores, no solamente tiene que preguntarse quién es y constituirse en su grupo de pares, también tiene que observar cómo aparece frente a la infinitud de audiencias cambiantes en las pantallas.

Desde una perspectiva, en términos de Pierre Bourdieu, incluso podría pensarse como forma de capital simbólico. El aura no es dinero, no es cuantificable directamente, pero sí produce reconocimiento en la era donde los algoritmos suelen decirnos qué vale y qué no, y mostrarnos quién tiene "carisma” o "talento” en sus propios términos. Por eso el concepto refleja un elemento central: convierte el reconocimiento social en un juego para quienes crecieron entre consolas y plataformas digitales. La propia palabra “farmear” desnuda ese movimiento, se pasa de “tener”, "mostrar” o "ser” algo, a tener que trabajarlo, cosecharlo, hasta conseguir rendimiento, trascender y ser "tu propia marca”. El cuerpo, la personalidad, y hasta el carisma como proyectos a moldear y producir. El término introduce una pequeña economía dentro de la personalidad: acciones que suman, acciones que restan, estrategias que funcionan, estrategias que fracasan.

A diferencia del capital simbólico, que es líquido, se gana y circula rápido al tiempo que puede ser pasajero y efímero, el capital cultural es la certificación institucional de reconocimiento que puede dar un diploma universitario, una acreditación profesional o científica,  logros o títulos que hoy están en crisis. La pérdida de legitimidad de las instituciones tradicionales no elimina la necesidad estructural de reconocimiento social, sino que la reubica y transforma a otros formatos, más horizontales, inmediatos y gamificados, donde el "aura" funciona como una moneda simbólica sustituta. Frente a la fragmentación de las trayectorias vitales cada cual debe invertir en el yo, en la presentación de sí mismo, en la exigencia de autoconstrucción permanente donde nada está garantizado.

La adolescencia es una etapa vital donde pesa mucho la mirada del otro, sobre la de los pares, porque es un momento en el que se está construyendo el propio yo. Es el período en el que se busca pertenecer y ser querido y, al mismo tiempo, diferenciarse, ser uno mismo y tener un lugar propio. El adolescente quiere ser reconocido, valorado, admirado, deseado, respetado desde antes de TikTok, pero la diferencia es que hoy esa vieja búsqueda de reconocimiento tiene un lenguaje nacido de los videojuegos, un código propio de la era digital, quizá más horizontal y “democrático”, y una infraestructura diseñada para reproducirse a escala masiva y a una velocidad fuera de control.

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