"Desde los 10 años estoy en hogares y pasé por muchos. He sufrido situaciones violentas y no estuve acompañado, porque es feo que no puedas llorar o decir algo de tu transición, porque uno se siente solo y no sabe a quién acudir". Chris tiene 18 años y es una masculinidad no binaria, que pasó gran parte de su infancia y adolescencia en distintos hogares sin encontrar un adulto con quien hablar de lo que estaba viviendo. Esa sensación de soledad empezó a cambiar cuando llegó a Libélula, el único dispositivo convivencial del país pensado para adolescencias trans, no binaries y de género fluido sin cuidados parentales.
MÁS INFO
La historia de Chris no es una excepción. Geremías recuerda el dolor de que en las instituciones siguieran llamándolo por su “nombre muerto”. Mateo cuenta sobre las veces que lo apartaban del grupo “porque era distinto”. Cande describe cómo se sentía cuando, por ser una mujer trans, la separaban de las habitaciones del resto de las chicas. Sus voces forman parte de Cuidar infancias libres, la cuarta temporada de En casa éramos 32, un podcast de la asociación civil Doncel, donde, por primera vez, quienes viven en Libélula relatan cómo fue crecer dentro del sistema de protección siendo parte de la diversidad.
Este proyecto lo hacemos colectivamente. Sostené a El Destape con un click acá. Sigamos haciendo historia.
En Argentina hay 605 dispositivos residenciales de cuidado alternativo para niñeces y adolescencias que, por diferentes motivos, fueron separadas de sus familias de origen, pero no hay cifras actualizadas sobre cuántas infancias y adolescencias LGBTIQ+ los habitan. Sin embargo, hasta la apertura en 2024 de este espacio en la Ciudad de Buenos Aires, ninguno había sido pensado específicamente para alojar a quienes no encontraban lugar dentro de estructuras organizadas desde una lógica binaria.
Constanza Hornos, directora técnica del hogar, explica que las situaciones que impulsaron la creación de Libélula eran “muy simples, pero a la vez muy convivenciales”: instituciones pensadas para varones o para mujeres, o mixtas, con habitaciones y baños separados según esa misma lógica. Ese armado, dice, muchas veces no lograba alojar las diversidades.
En la práctica, esos problemas se traducían en situaciones cotidianas de incomodidad para las que muchos hogares no tenían respuesta: “¿A qué baño voy?”, ¿dónde duermo? o ¿qué ropa uso?”, ejemplifica. “Nos dimos cuenta −explica− de que había que armar una institución lo suficientemente flexible como para alojar las diversidades y las distintas subjetividades. La dificultad no estaba en los chicos, estaba en las instituciones”.
Frente a esa realidad, Libélula fue pensado como un pequeño hogar para 12 adolescentes de entre 15 y 18 años. “La idea era que no fuera una institución sino, en la medida de lo posible, una casa”, resume Hornos. Aunque reconoce que el desafío no es sencillo: “Somos alrededor de treinta personas trabajando todos los días”.
La transformación no pasó solamente por el edificio o por la organización del hogar, también implicó repensar quiénes acompañaban esas trayectorias, para lo cual conformaron un equipo integrado por algunas personas del colectivo LGBTIQ+, algo poco habitual dentro de los dispositivos de cuidado. No fue una condición excluyente, sino una manera de garantizar que muchos de esos adolescentes encontraran, por primera vez, adultos que compartieran experiencias similares y pudieran acompañarlos desde ese recorrido.
Ese reconocimiento también se construye en gestos cotidianos de la convivencia. El respeto por el nombre y los pronombres elegidos aparece una y otra vez en los testimonios del podcast. Para Chris, Caín, Nico, Gere, Cassidy, Mateo y Cande, no es una formalidad: es una forma de reconocimiento y “un paso a la seguridad y el respeto de la persona”. También advierten sobre preguntas que siguen siendo frecuentes, como pedirles su “nombre del pasado” o indagar sobre sus cuerpos y genitalidades. “Hay preguntas que hacen incomodar y lastiman, por más que no lo hagamos con intención”, señalan. Y cierran con una definición que atraviesa toda la serie: “Respetar la identidad no es un detalle, es una cuestión de vida”.
Replicar las buenas prácticas
“Veníamos escuchando experiencias de quienes habían pasado por hogares donde la perspectiva de género y diversidad seguía siendo una vacancia a la hora de cuidar y acompañar”, cuenta Samuel Villena, coordinador de Incidencia de Doncel y responsable del proyecto Cuidar infancias libres.
“Cuando sucede la grave situación de separarse de su familia, si esa vulneración originaria no se repara con los cuidados que reciben, es como sumar capas y capas de vulneraciones”, explica. Esa constatación fue el punto de partida para reunir a adolescentes del hogar Libélula y a los equipos de cuidado para escuchar sus experiencias, sistematizarlas y transformarlas en herramientas concretas.
Además del podcast, presentaron una guía de buenas prácticas destinada a hogares convivenciales, familias de acogimiento y organismos de protección. Ahí hablan de buen trato, identidad, intimidad, autonomía y participación. No como conceptos teóricos, sino desde la experiencia concreta.
“La disponibilidad para cuidar con perspectiva de género está muy vinculada con la formación de los equipos, de las personas adultas que acompañan. Muchos, por ejemplo, no conocen marcos normativos como la Ley de Identidad de Género o la Ley de Educación Sexual Integral”, detalla el coordinador de Incidencia de Doncel. Sin embargo, aclara que “la disponibilidad para el cuidado muchas veces es mucho más valiosa e importante que la formación académica. Pero cuando las dos se combinan, el cuidado se vuelve una herramienta de calidad”.
Por eso, Hornos asegura que Libélula no tiene que ser una excepción. “Nuestro objetivo −plantea− es que deje de ser necesario que exista un espacio especializado y que cualquier hogar pueda alojar a adolescentes trans y no binaries respetando su identidad”. Y Villena agrega que “no es necesario que existan más Libélulas en el país, sino que todos los adultos y adultas que acompañan puedan contar con esta perspectiva de cuidado”.
En un contexto donde hay un rebrote de la hostilidad contra el colectivo LGTBIQ+, el principal desafío es que estas infancias y adolescencias lleguen al momento del egreso con las herramientas y la confianza necesarias para construir la vida que elijan. Hablan de estudiar. De trabajar. De ayudar a más adolescentes que atraviesen experiencias similares. De proyectos. La mayoría egresará del sistema sin la contención de una familia, por eso la autonomía progresiva ocupa un lugar central. Pero también aparece algo más difícil de enseñar y de medir: por primera vez, pueden imaginar un futuro sin tener que explicar quiénes son.
