Hay una tendencia que nació en Estados Unidos y crece con fuerza en las redes sociales a nivel mundial, sobre todo luego de la pandemia, traccionada por sectores conservadores, movimientos antifeministas y organizaciones de ultraderecha: las tradwives. El término, que surge de combinar tradición con wife (esposa), describe comunidades de mujeres, esposas y madres, que no trabajan fuera de su casa, cocinan todo casero, cuidan a sus hijos, se encargan de las tareas del hogar, esperan a sus maridos con la cena preparada, reproducen los “valores de la familia” y encuentran en la maternidad y vida doméstica su verdadero destino y realización.
Son fácilmente reconocibles dado que suelen usar vestidos largos, delantales, vestimenta vintage o ropa típica del campo. En los contenidos que comparten en redes sociales como TikTok, Instagram y YouTube, siempre se muestran haciendo manteca casera o amasando pan en cocinas amplias e impecables, viviendo en casas que parecen salidas de otra época, criando solas 4 o 5 hijos, cosechando tomates en huertas, trabajando en jardines y, sobre todo, al lado de un hombre proveedor y dominante a quien deben respetar y tratar como Dios y amo. Como buenas influencers que son, sus videos enmarcan escenas cuidadosamente producidas de una vida supuestamente sencilla pero atractiva como marca personal.
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Sin embargo, la "vida tradwife" choca con la realidad argentina. En el país, la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de sostener los hogares hicieron que muchas mujeres no solamente tengan un empleo, sino dos, tres o más. No obstante, los discursos de derecha siempre encuentran nuevas formas de traducción para adaptarse a la arena local: diversos estudios encontraron que en el habla hispana existen influencers que promocionan ser "esposas emprendedoras", que, con herramientas neoliberales, promueven el emprendimiento individual de lo doméstico. El mensaje más poderoso no está en una consigna electoral o una bajada de línea directa, sino en la repetición cotidiana y romantización de una determinada idea de familia, feminidad, trabajo y relación de poder.
Cómo funcionan las tradwives
Un punto central de su éxito es que las tradwives se presentan como mujeres que simplemente eligieron ese rol y sus principales referentes acumulan millones de seguidores convirtiéndolo en contenido, publicidad y un verdadero dispositivo de propaganda política: reivindican la división tradicional de roles, cuestionan a los feminismo y los llamados "progresistas", recuperan la figura del hombre proveedor y ubican a las mujeres en el trabajo meramente reproductivo doméstico. El modelo tradicional aparece como una alternativa deseable y la desigualdad deja de presentarse como tal para explicarse como “complementariedad”. La imagen de la mujer que hace libre y felizmente ese trabajo esconde relaciones sociales históricas de subordinación, y violencia de género.
Lo paradójico es que se apropian del discurso del empoderamiento femenino y la consigna "mi cuerpo mi decisión” de los feminismos, y lo articulan con el “self emprendedor” propio del capitalismo neoliberal. Es decir, mientras reivindican una vida alejada de la competencia y el mercado productivo, hacen de esa supuesta retirada del mercado un negocio rentable. Una investigación etnográfica de 2024, encabezada por las sociólogas Sophia Sykes y Verónica Hopner, analizó durante diez meses 36 perfiles de redes y logró definir a las tradwives como “comunidades de mujeres de derecha que utilizan las plataformas para comercializar versiones tradicionales y heteronormativas de la feminidad”. El estudio se enfoca en cuatro dimensiones que organizan esta cultura digital: su inserción en espacios de derecha; la circulación como influencers entre distintas plataformas; la reivindicación de una posición “femenina, no feminista”; y la monetización de esa identidad. La categoría entonces es mucho más que una mujer que no trabaja fuera de casa, refiere a una identidad política que se construye públicamente, se estetiza y se transforma en mercancía.
Qué pasa en Argentina con las tradwives
En Argentina ser una tradwife es un imposible. El mercado laboral, la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de sostener los hogares hicieron que muchas mujeres no solamente tengan un empleo, sino dos, tres o más. Según un informe reciente de la Fundación Encuentro 1,6 millones de personas tienen más de un empleo en Argentina y el 56,6% de ese pluriempleo corresponde a mujeres. El 15,5% de las mujeres ocupadas tiene más de un trabajo, frente al 9,5% de los varones; y el trabajo en casas particulares es la ocupación más frecuente entre quienes tienen más de un empleo (13%). Además esos trabajos remunerados se superponen con las tareas domésticas y de cuidado que continúan recayendo de manera desigual. Al contexto ya difícil para mantener un hogar se suma que casi nueve de cada diez hogares monoparentales en Argentina están a cargo de una sola mujer (hogares monomarentales), lo cual expone a las familias a enfrentan una alta vulnerabilidad social, sobrecarga de tareas de cuidado y una marcada informalidad laboral.
Con más trabajo, más horas, más responsabilidades y más necesidad de ingresos, el ideal tradwife estadounidense no encaja en los modelos socioculturales y económicos. Pero, tal como el agua que encuentra siempre su camino, los discursos de derecha siempre encuentran nuevas formas de traducción para adaptarse a la arena local y encontrar un lugar en el botiquín de emergencia de los votantes de derecha. Según el estudio "La esposa emprendedora: paradojas neoliberales y guerras culturales en el fenómeno tradwife latinoamericano", en la región, las esposas tradicionales pueden convertirse en una especie de "jefas" de la domesticidad. Silvana Darré Otero y María Marta Herrera analizaron mediante una etnografía los contenidos y comentarios de tres influencers de habla hispana y definieron este fenómeno como el de “la esposa emprendedora”: una identidad que utiliza las herramientas neoliberales del emprendimiento individual, la libre elección y la monetización para promover un aparente escape de las presiones del propio neoliberalismo. El informe advierte que si bien “la esposa tradicional es una fantasía insostenible para la mayoría”, es un vehículo eficaz para la difusión de la metapolítica de derecha y los discursos antifeministas en el ecosistema digital.
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De la tradwife a la “mujer de alto valor”
En nuestro país, la palabra todavía puede resultar ajena o incluso extravagante, pero circulan con mucha mayor facilidad conceptos como “mujer de alto valor”, “energía femenina”, "mujer femenina", “femenina pero no feminista” . El contenido, que cambia de eslogan y estética para encajar, conserva una estructura narrativa binaria y reaccionaria a los cambios de las últimas décadas: una mujer valiosa es aquella que no necesita competir con los hombres, que prioriza la maternidad como su rol natural, que encuentra la satisfacción en el hogar y el trabajo doméstico, que no pide más derechos ni se involucra políticamente, que busca la validación masculina y necesita un varón económicamente exitoso capaz de sostenerla. Lo que en otros momentos podía definirse como “ama de casa” fue rebautizado y revalorizado con fines políticos y marketineros apuntando a la importación de terminología de la “batalla cultural” anglófona.
El poder de la adaptación del imaginario es importante porque permite que el mensaje trascienda al modelo social y económico, y que una mujer argentina pueda admirar a las tradwives, sin estar en condiciones materiales de abandonar su trabajo, y o aspirar a encontrar un hombre proveedor, sin ser necesariamente conservadora. El modelo puede ser imposible como práctica y, al mismo tiempo, perfectamente posible como aspiración o deseo. Y en una sociedad en crisis, donde las mujeres están agotadas por la acumulación de trabajos remunerados y no remunerados, la fantasía de que alguien pueda hacerse cargo económicamente de ellas puede resultar seductora, sin que eso signifique volver al pasado o defender las virtudes del patriarcado. En el fondo puede expresar algo mucho más contemporáneo y sencillo como el deseo de estabilidad o dejar de sostener todo solas.
Lo mismo sucede en el caso de las "mujer de alto valor", una etiqueta viral en redes sociales, una categoría usada por muchas influencers que se describen como mujeres con fuerte amor propio, gratitud y abundancia, metas claras, límites sanos e inteligencia emocional, características y cualidades deseables y no politizadas. Bajo dicha etiqueta, sin embargo, suelen promoverse estereotipos de género tradicionales, discursos anti feministas y sumisión disfrazada de modernidad. Existe además toda una industria de mentoras y lideres que desde sus perfiles digitales actúan como guías estratégicas, crean supuestas redes de apoyo y venden cursos de Independencia financiera, salud mental y límites, o finanzas o desarrollo personal, basándose en estándares de autoconocimiento, propósito y mentalidad ganadora.
Una mujer argentina tal vez no enganche con una tradwife, etiqueta extranjera o incluso ridícula, pero en medio de una crisis como la que atraviesa nuestro país que ha empujado a muchas mujeres a desarrollar sus propios emprendimientos, puede provocar la aproximación a las ideas de “energía femenina” o el consumo de consejos sobre cómo convertirse en una “mujer de alto valor”. El problema es que esa salida transforma una experiencia real de agotamiento y crisis en una proyección meramente individual y reproductora de la desigualdad.
Por el lado de la manósfera argentina y el consumo masculino, los discursos que circulan en redes construyen una narrativa según la cual los hombres contemporáneos fueron desplazados, perdieron autoridad y poder, son víctimas de las mujeres y los feminismos, y ya no encuentran parejas que acepten los roles tradicionales. Como contracara, del otro lado, surge la mujer “de alto valor”: joven, femenina, heterosexual, hegemónica, maternal, cuidadora, virginal y dispuesta a reconocer al hombre como proveedor. Son dos caras de una misma narrativa. La manosfera produce al hombre que siente que perdió su lugar; la mujer tradicional produce la mujer que supuestamente debe devolverlo.
Las mujeres tradicionales como agentes ideológicos de la manósfera
La potencia y capilaridad del fenómeno reside en la posibilidad de vender a través de sus perfiles digitales una fantasía de orden en un mundo atravesado por la precariedad, el agotamiento, las crisis constantes y la incertidumbre. Frente a jornadas laborales interminables, carreras profesionales cada vez más exigentes, dificultades para sostener una familia y una sensación extendida de que nunca alcanza el tiempo, la imagen de una mujer tranquila que puede dejar de competir en el mercado y dedicarse exclusivamente a su familia puede resultar atractiva incluso para quienes no comparten todo el discurso conservador.
El público del fenómeno tradwife abarca tanto a mujeres como a varones, pero por diferentes razones. El público femenino, sobre todo mujeres jóvenes de la generación Z y Millennials, suelen consumir los contenidos por la estética; a modo de escape frente al estrés, la presión laboral y la carga mental del mundo moderno; o la cuestión aspiracional frente a la romantización de una vida rural y casera. Frente a jornadas laborales interminables, carreras profesionales cada vez más exigentes, dificultades para criar y una sensación extendida de que nunca alcanza el tiempo, la imagen de una mujer que puede dejar de competir y dedicarse exclusivamente a su familia puede resultar atractiva incluso para quienes no comparten todo el discurso conservador que la acompaña.
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En paralelo, el consumo masculino de las tradwives responde a otro tipo de deseos de certidumbre y reacciones emocionales en un mundo atravesado por la precariedad, el agotamiento y la incertidumbre: la búsqueda de validación del rol tradicional de varón proveedor y protector del hogar; el consumo de contenidos en rechazo al feminismo contemporáneo; y la fantasía de ser atendidos por una mujer atada a la sumisión conyugal. Y ahí aparece una de las claves para entender por qué funcionan como la contracara femenina de buena parte de la manosfera: si en los espacios masculinos se repite que los hombres perdieron autoridad, que el feminismo destruyó la familia y que las mujeres se volvieron demasiado independientes, la tradwife ofrecen la respuesta complementaria; una mujer que acepta el rol natural y un hombre que vuelve a ocupar el lugar de macho proveedor. Por eso ambos universos se retroalimentan y crecen a la par.
El fenómeno funciona como vehículo de una “metapolítica de derecha”, incluso cuando sus protagonistas no aparecen formalmente como militantes o portadoras de un discurso político. Según la investigación, a la par de los roles tradicionales de género, la familia nuclear y las ideas de derecha, son defensoras de la libertad individual, la intervención gubernamental limitada, el nacionalismo, y critican los derechos sexuales y reproductivos como el acceso al aborto o los métodos anticonceptivos. “Las versiones más extremas de los sistemas de creencias de derecha que adoptan algunas comunidades de Tradwife incluyen el fascismo, el activismo anti-LGBTQIA+, el antisemitismo, el chovinismo, la xenofobia, el antiglobalismo, el nativismo y la antiinmigración, así como la supremacía racial o étnica", señala el estudio. El mensaje más poderoso no está en una consigna electoral o una bajada de línea directa, sino en la repetición cotidiana y romantización de una determinada idea de familia, feminidad, trabajo y relación de poder.
Por eso sería un error pensar que estas ideas pertenecen exclusivamente al universo de las influencers norteamericanas. El ecosistema de la derecha y los discursos conservadores funcionan como una infraestructura cultural mucho más amplia con múltiples dispositivos, muchos de ellos propaganda política disfrazada de recetas, contenido sobre maternidad, energía femenina, coaching, belleza, rutinas de gimnasio, o finanzas personales. La frontera entre lifestyle, entretenimiento y política se vuelve difícil de distinguir y mucho más en Argentina donde ese circuito se encuentra articulado por una nueva derecha que hizo de la disputa contra los feminismos y las políticas de género uno de sus principales campos de batalla cultural.
Las investigaciones recientes sobre las mujeres que participan de La Libertad Avanza muestran que existe un universo femenino libertario que construye su identidad política alrededor de la libertad individual, el rechazo al feminismo institucional y la crítica a las políticas estatales de género. Eso no significa que todas esas mujeres sean tradwives ni que La Libertad Avanza tenga una política oficial de promoción de amas de casa. La relación es más sutil: hay un terreno discursivo compartido en el que feminismo, la igualdad de género y la emancipación pueden ser presentados como problemas, mientras que la familia tradicional, la maternidad y los roles de género tradicionales aparecen como soluciones. La mujer de alto valor, la energía femenina, el hombre proveedor, la maternidad como destino, la crítica a las mujeres independientes y el rechazo al feminismo pueden funcionar como una versión local de aquel fenómeno nacido en Estados Unidos.
