Ir o no ir a la escuela: un regreso tironeado por la emoción, la razón y la ley

Mientras Horacio Rodríguez Larreta afirmó que “se cumplieron rigurosamente los protocolos”, el relevamiento del gremio UTE-Ctera dio un resultado bastante diferente.

21 de febrero, 2021 | 00.05

El miércoles 17 de febrero empezaron oficialmente las clases en CABA. Mientras Horacio Rodríguez Larreta afirmó en redes y medios que “se cumplieron rigurosamente los protocolos”, el relevamiento que realizó el gremio UTE-Ctera dio un resultado bastante diferente: "El regreso a la presencialidad en la Ciudad de Buenos Aires estuvo marcado por la desorganización, las aglomeraciones que se repitieron en numerosas escuelas de la Ciudad y la falta de insumos suficientes para hacer frente a la pandemia en los edificios escolares". En el medio, gran cantidad de familias se debaten entre la necesidad de que sus hijes vuelvan a la rutina (o lo más parecido a ella) como una suerte de sostén emocional, y al temor de contagiarse de Covid y tirar por la borda todo el esfuerzo que se hizo durante 2020. ¿Ir o no ir a la escuela? Esa es la cuestión que hace arder los whatsapp de mamis y papis de grados y divisiones.

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Salud emocional

La premisa de volver a las aulas se debe, entre otras cosas, a que el año pasado aumentaron las consultas de trastornos psicológicos de chicos y adolescentes debido al confinamiento. Cambios de humor, trastornos del sueño y hasta depresión fueron los síntomas que más se presentaron en consultorios. “La socialización es una de las bases del desarrollo y la maduración de los niños y adolescentes. El ser consciente de la presencia del otro, de la mirada del otro, siempre nos enriquece, lo presencial suma. Esta parte de la vida de todos se vio modificada con la pandemia”, explica la doctora Fernanda Bellusci, médica especialista en pediatría y adolescencia del Hospital de Clínicas. Bellusci recalca la importancia del regreso a clases en torno a la relación de los chicos con los padres. “Desde lo familiar se vuelve a recuperar un poco más la autonomía, la independencia  de cada uno de sus miembros; los adultos podrán estar un poco más enfocados en su trabajo, y los chicos podrán volver a tener sus espacios personales en sus actividades y una relación con más intimidad sus pares”. Estos cambios de humores y el agotamiento de la convivencia 24/7 llevan a pensar que ir aunque sea un rato a la escuela podría ser una opción valedera. El gran tema es cómo, y si están dadas las condiciones. 

¿Presencialidad obligatoria?

Entre los muchos papeles que hay que llenar para comenzar las clases, está el “Procedimiento para acreditar la excepción de asistencia”, que deben presentar quienes sean personas de riesgo o convivan con una, pero en ningún lado se contempla el caso de muchas familias que, aun no compartiendo techo con un pariente con esas características, sí están bajo su cuidado. “Mi suegra tiene Epoc y vive sola. Mi marido es hijo único, por lo tanto se encarga de hacerle las compras y acompañarla al médico. Esa normativa no contempla casos como el nuestro”, dice Gabriela Solé, madre de Manuel, de 11 años. “¿Qué pasa si hay algún chico o chica asintomático? Es un riesgo para la comunidad educativa; hay muchas familias que asisten a sus mayores aunque no convivan con ellos. Aún con el mayor cuidado y la mejor voluntad me parece imprudente comenzar tan temprano después de un año de cuidados ¿Por qué no esperar a que estén como mínimo los docentes y auxiliares vacunados?”, reflexiona Laura Escobar, mamá de Julia, de 10.

Gabriela y Laura son un ejemplo más de quienes están en la duda de enviar o no a sus hijes a la escuela. El tema que asusta y enoja a quienes no están seguros de este regreso a clases es la posibilidad de perder la vacante que tanto cuesta obtener, sobre todo en los establecimientos públicos. Pero este temor, tan inflado en medios y redes es infundado, al menos para escuelas primarias. “El protocolo es muy ambiguo. En ningún lado dice que el alumno o alumna perderá la vacante si no asiste a clases presenciales. Dado que muchos padres y madres nos preguntaron al respecto, elevamos esta duda al Ministerio, pero aún no obtuvimos respuesta”, dice una directora de una escuela primaria del distrito escolar 16 que prefiere resguardar su nombre. “En todo caso –dice- ese es un gran inconveniente para quienes asisten al secundario ya que ellos tienen un límite de faltas, pero en la primaria, no. En nuestro equipo directivo consideramos que padres y madres tienen la potestad de velar por la salud de sus hijos e hijas, por lo tanto están en su derecho de seguir las clases de manera virtual si consideran peligroso asistir a la escuela. Como institución, lo único que les pedimos es que lo manifiesten por escrito”.

Hay familias que planean hacer un amparo colectivo planteando la no obligatoriedad de clases presenciales en el contexto pandémico, otras sostienen que se suspendan hasta que haya condiciones sanitarias, de transporte, de infraestructura y de higiene. “La pandemia no terminó, y que haya escuelas que aún no reciben todos los insumos que corresponden por protocolo indica que los locos, los caprichosos que luchamos por el bien común y alertamos que las condiciones no están dadas, es porque realmente no están dadas. Pedimos tiempo, no mil años, quince días al menos para que todas las escuelas reciban lo que corresponde y se hagan las obras mínimamente indispensables para el buen funcionamiento de cada escuela. Esta apertura es apresurada. Cuidarse, concientizar y hacer cumplir los protocolos son las herramientas que nos quedan”, dice Ani Meizoso, delegada de Cooperadoras de la Comuna 12.

Contradicciones, falta de información y el temor latente generan un cóctel de ansiedad difícil de manejar. “El estrés desbarranca cuando uno siente que nada depende de uno -explica la doctora Bellusci-, y hay  pequeñas cosas que uno sí puede hacer como lavarse las manos, que los chicos se manejen en un grupo burbuja, que vayan a jugar a la plaza con ese pequeño grupo, usar barbijo y no encontrarse con mucha gente los fines de semana, por ejemplo. Se trata de cambiar el procesamiento cerebral y de entender que cuidándose cada uno nos cuidamos todos”.

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