Avanza la construcción de un observatorio robótico argentino en la Antártida

Estará ubicado en la Base Belgrano II, y podrá aprovechar la noche polar  para estudiar exoplanetas, estrellas dobles y otros misterios del cosmos

06 de enero, 2022 | 20.18

A 1300 km del Polo Sur, sobre el Nunatak Bertrab [pico montañoso rodeado de un campo de hielo] en Bahía de Vahsel, se encuentra la más austral de las bases antárticas argentinas: Belgrano II, que además de temperaturas y tormentas que desafían hasta a los más bravíos, se caracteriza por tener cuatro meses de noche polar. Desde que se fundó, en 1979, los que tienen el privilegio de recorrer esos solitarios confines del planeta pueden observar abundantes auroras boreales. Pero si todo funciona como está previsto, dentro de un par de años no será necesario moverse de Buenos Aires (o de cualquier otro punto del país) para escudriñar los cielos antárticos: podrá hacerse a través del Observatorio Robótico Argentino que en estos días se está instalando en aquellos parajes inhóspitos, aunque propicios para la observación del cosmos.

“Las ventajas de la Antártida para la astronomía son conocidas –explica Mario Melita, investigador en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE, dependiente del Conicet y la UBA) y docente de las universidades nacionales de La Plata (UNLP) y de Hurlingham (Unahur), que conduce este proyecto junto con Octavio Miloni, también de la UNLP y la Unahur–. La larga noche invernal da mucho tiempo para observar, es inmejorable, solo superada por los satélites, pero con un costo mucho menor. El aire es el más claro que hay sobre la Tierra, no tiene interferencia humana y la contaminación lumínica está casi ausente. El contenido de vapor de agua en la atmósfera es de los más bajos del globo. El frío extremo reduce el ‘ruido’ de fondo térmico de los detectores. Y la alta latitud geográfica austral permite un monitoreo continuo de las fuentes de interés que no son accesibles por periodos prolongados desde el resto de los observatorios oṕticos terrestres. Por otro lado, contamos con una ventaja logística, ya que el traslado hasta la base es gratuito para nosotros: nos lo proveen el Comando Conjunto Antártico y la propia Dirección Nacional del Antártico a través del Instituto Antártico Argentino (IAA). Además, el personal de la base se hace cargo del mantenimiento”.

Cúpula de fibra de polietileno en exhibición en el predio de la Universidad Nacional de Hurlingham.

Melita pasó algunos años en Inglaterra y luego en Colombia trabajando sobre cuerpos menores del Sistema Solar, y en la actualidad está colaborando con colegas en técnicas de observación de tránsito de estos objetos [delante de estrellas]. Ya en la Argentina, surgió la idea de aprovechar estas cualidades de los cielos polares para la  observación astronómica. “En aquel momento no había ningún emprendimiento –comenta–. Ahora, hay observatorios astronómicos ópticos en bases de la República Popular de China, y de Francia e Italia. Otros operan en otras longitudes de onda, o están destinados a detectar partículas o tienen objetivos científicos acotados. Este proyecto es una iniciativa pionera, que presentará gran interés para la comunidad astronómica”.

A favor y en contra

Otra de las ventajas de hacer observaciones en un área que se encuentra a los 35º alrededor del Polo Sur, es que lo tienen prácticamente en el cénit (casi perpendicular al suelo). “Desde cualquier observatorio de la Tierra, el Polo Sur está mucho más bajo –detalla Melita–. El observatorio de San Juan está a 55º del cenit, nosotros lo tenemos apenas a 18º”.

La Base Belgrano II cuenta con una dotación estable (incluso en invierno), pero solo se accede a ella una vez por año. “Es la base en tierra firme más austral del planeta –destaca Melita–. Está asentada sobre una saliente de roca, lo que también es una ventaja, porque las que están sobre hielo se mueven y exigen alinear los instrumentos cada tanto”.

La desventaja es que el clima no es de “calidad astronómica”, porque la cantidad de noches despejadas es baja. “La ventana de observación es de alrededor de 200 –precisa el investigador–; lo volvimos a corroborar con los últimos registros meteorológicos de 2018 y 2019. Y se puede contar con hasta alrededor de ocho días seguidos de cielos despejados. La base pasa aproximadamente tres meses de noche a partir de abril. En mayo, junio y julio, la oscuridad es total”.

Para concretar la iniciativa, los científicos hicieron un acuerdo con el Observatorio de San Juan, que tiene un telescopio de 50 centímetros de diámetro y con instrumentos necesarios para producir imágenes de calidad científica, y lo pondrán a disposición para este proyecto. La idea es realizar observaciones de tipo fotométrico sobre diversos objetos del cielo nocturno; desde el estudio de los potencialmente peligrosos del Sistema Solar y la detección de chatarra espacial, hasta los planetas extrasolares y fenómenos de variabilidad estelar.  

La base de hierro galvanizado que sostendrá el telescopio

El equipo deberá contar con infraestructura adecuada para hacer frente al clima extremo que impera en esos vastos desiertos helados. Estará albergado en un edificio con una cúpula giratoria, construída en fibra de polietileno y asentada sobre una base elevada de hierro galvanizado. 

Pero la operación del telescopio y sus periféricos, su giro automático, y la apertura y cierre de la ventana a través de la cuál se observa, y los procedimientos necesarios para su correcto funcionamiento serán realizados en forma autónoma por el sistema, siguiendo instrucciones predeterminadas.      

La infraestructura que albergará el telescopio, incluyendo la base de hierro galvanizado ya se encuentran construidas. La motorización y automatización de sus movimientos fue realizada en colaboración con la Unahur, donde también se ensayó el correcto funcionamiento autónomo de la construcción.

“En 2017/2018, pusimos los asentamientos. Al año siguiente, mandamos la base sobre la que se asienta el telescopio. En 2020/2021, hicimos el pilar y este año estamos enviando el edificio –destaca Melita–. Vamos a trabajar en Buenos Aires todo este año, y si podemos, lo vamos a mandar en la próxima campaña de verano o en la otra. Lo diseñaron dos jóvenes que se recibían con este trabajo en el marco de la materia práctica de la especialidad de Ingeniería Mecánica de la UBA. Otro estuvo trabajando en la motorización”. En el proyecto también participan el ingeniero Andrés Milanovich, de la Facultad de Ingeniería de la UBA, Alejo Abdud, los técnicos Omar Areso, del IAFE, y Héctor Ochoa, del IAA, y la doctora Adriana Gulisano, del IAA y el IAFE.

Después de su instalación, se ensayará el funcionamiento de la cúpula por lo menos durante un invierno antes de llevar el telescopio y los instrumentos. La idea es ver si se mantiene operativo durante el verano, porque  los vientos y las tormentas de nieve pueden ser muy fuertes. “Hay que verificar que se mantiene estanco, que los motores siguen funcionando… –explica Melita–. Esas pruebas las haremos durante este invierno”. Si todo avanza como está previsto, dentro de no mucho, el país tendrá otra ventana al cosmos. Esta vez, en el extremo Sur del planeta.

 

 

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