Problemas de legitimación en la administración libertaria

Un análisis sobre el rol de la prensa, la construcción de consensos políticos y los límites del modelo económico libertario, en un contexto de caída del salario, crisis industrial y crecientes problemas de legitimidad.

15 de marzo, 2026 | 00.02

Existe una prensa hegemónica representada por algunos diarios y medios audiovisuales. En el mercado local una de sus características es que se concentra en CABA, desde donde construyen agenda para todo el país. Los medios del interior, por ejemplo, consultan los portales porteños para construir su agenda cotidiana, un trabajo que hasta hace pocos años era mediado por las agencias de noticias.

Sin embargo, la competencia por la hegemonía mediática no desapareció. Las nuevas tecnologías abarataron exponencialmente el costo de estructura. También existen medios no hegemónicos en fuerte crecimiento, con visiones alternativas y agenda propia, como el que usted lee en este momento. Pero la hegemonía mediática que construyeron unas pocas corporaciones es un hecho y una tendencia, no solo local.

A escala planetaria hace tiempo que los grandes medios dejaron de pertenecer a periodistas. Argentina no es ajena al fenómeno. En la plutocracia estadounidense, por ejemplo, los grandes diarios de antaño hoy son mayoritariamente propiedad de los plutócratas.

Pero lo que sucede con la prensa es una variación contemporánea de un fenómeno viejo. El poder nunca se desentiende de su legitimación. Llegado este punto siempre se recuerda a Antonio Gramsci, quien resumía que el poder se ejerce combinando dosis variadas de coacción y de consenso. La legitimidad de un determinado orden político no depende solo del ejercicio de la violencia legítima, de la coacción estatal, sino de la construcción de dosis elevadas de consenso. Sin consensos no hay hegemonía. Esta es la razón por la que el gran capital compra medios, la herramienta clave del presente para la construcción de estos consensos.

Contra las promesas iniciales, las redes no resultaron el imperio de la nueva igualdad en la generación de mensajes. Los grandes portales siguen funcionando como ordenadores de agendas y contenidos. Aunque existe la ilusión igualitaria de una información que fluye desde las redes hacia los medios, la realidad funciona exactamente al revés.

Sobre este poder de los medios hegemónicos, el consenso local en favor de la administración libertaria se construyó en base a machacar sobre tres ejes: 1) los gobiernos precedentes fueron horribles 2) para llegar al bienestar es inevitable el sacrificio 3) El sacrificio significa dos cosas, destruir las funciones básicas del Estado, como la infraestructura y los servicios de salud y educación y aceptar menores ingresos contra una presunta estabilidad de precios.

A partir de la construcción de estos tres consensos, las mayorías se arrojaron al abismo de una propuesta maximalista. En principio, un gobierno extremista es inviable sin un proceso de demolición del orden preexistente. El escenario de fondo fue el desencanto provocado por la reiteración de shocks inflacionarios. No se trató solo de una conspiración. En 2023 el gobierno del Frente de Todos, de la mano de Sergio Massa, el ministro de economía abogado bendecido por CFK, fue víctima voluntaria de la “dominancia electoral”.

En el contexto de los efectos locales de la guerra en Ucrania, con suba de los precios de los combustibles, y en medio de una sequía histórica que redujo fuertemente los ingresos por exportaciones, evitó a toda costa el ajuste de las cuentas públicas que debió haberse hecho después de la pandemia, pero en particular a partir de perder las elecciones intermedias de 2021. No hacerlo fue la causa principal de haber terminado el gobierno con un dólar descontrolado y la consecuente inflación anual de tres dígitos.

Si la comparación es contra tres dígitos, cualquier inflación parece buena. La vara quedó muy baja. El gobierno libertario, luego de un shock devaluatorio inicial para ajustar precios relativos, logró una baja de la inflación hasta ubicarla en alrededor de 30 puntos anuales. De nuevo, una inflación alta, pero evidentemente buena contra la referencia de tres dígitos. El instrumento fundamental para mantener más a raya los precios fue pisar el dólar, a lo que ayudaron la buena voluntad de los mercados, blanqueos varios, el aumento de la deuda con el FMI y la intervención electoral estadounidense de 2025.

Esta baja relativa de la inflación, insostenible a mediano plazo porque depende de la entrada de capitales y la deuda, fue suficiente para que la prensa de todos los colores vendiese al modelo mileísta como un éxito, la zoncera mayúscula de que la “macro está bien, pero la micro está mal”. Cualquier memorioso recordará que algo similar se decía en los años ’90. Por entonces se afirmaba que los “fundamentals” del modelo estaban perfectos. Carlos Menem lo sintetizó para todo público y la posteridad con su célebre “estamos mal, pero vamos bien”.

Sin embargo, ya en el tercer año de gobierno, comienza a ser evidente lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido este sábado, denominaba “problemas de legitimación”. Sucede que la cambiaria no fue la única ancla. También se aplicó una salarial. Hasta el combativo gremio de camioneros aceptó ajustes salariales por debajo de la inflación. Se sabe que el ministerio de Capital Humano no convalida aumentos que superen el 1 por ciento mensual cuando la inflación es el triple. Caídas de salarios sostenidas en un país donde alrededor del 70 por ciento del PIB depende del consumo se traducen en la recesión en curso.

También para combatir aumentos de precios, el gobierno avanzó en la apertura comercial, lo que dado el contexto global y sumado a la recesión interna significó un virtual y progresivo industricidio. No pasa un solo día sin que se anuncie el cierre de alguna planta y el despido de sus trabajadores. La administración libertaria insiste en la práctica de que si algo no funciona bien, como puede ser el caso de una industria a la que se le reservaron mercados durante demasiado tiempo, no se arregla, se rompe. Hay países que pierden sectores porque pierden el tren de la competitividad, otros porque deciden concentrar esfuerzos en sectores alternativos. Argentina es un caso único de destrucción voluntaria de su industria.

Con caída de ingresos, del empleo y del consumo comienzan a ser cada vez más evidentes los problemas de legitimación, el descontento progresivo de las mayorías. Después de más de dos años en que la situación de los trabajadores no mejoró, sino que empeoró, la voluntad de sacrificio que integró los consensos de partida comienza a resquebrajarse y a transformarse en desconfianza.

Y el punto crítico, luego de más de dos años de sacrificios, es que la economía no se estabilizó, sino que, todo indica, parece demandar un nuevo ajuste. El gobierno enfrenta un endeudamiento muy importante que está obligado a refinanciar en un contexto desfavorable como el que comenzó a generarse a partir de los bombardeos a Irán. La economía mundial está gestando una nueva y dramática crisis del petróleo.

Pero increíblemente, la mala noticia para el mundo podría ser buena para la Argentina si se la conduce correctamente. El país es hoy exportador neto de hidrocarburos. Si la suba de los precios internacionales se sostiene en el tiempo podría ser un ingreso extraordinario de divisas que vuelva a salvar sobre la hora a la administración libertaria. Ello exigiría la contrapartida de políticas de intervención en los precios internos de la energía y mecanismos de apropiación estatal de la renta petrolera extraordinaria. Por ejemplo, mediante retenciones móviles, es decir aplicando una determinada alícuota cuando el precio del barril supere determinada barrera, por ejemplo, los 90 dólares.

Nadie habla de quedarse con las ganancias empresarias sino de arbitrar precios extraordinarios. Las retenciones tienen la doble función de recortar precios internos y permitir la apropiación pública de la diferencia. Si no aparece nada de esto, la economía que ya viene con problemas de ajustes en sus precios relativos, podría experimentar una aceleración inflacionaria de magnitud.