La única verdad es la realidad

De cara a las elecciones 2023, la conjunción virtuosa de las corrientes nacionales que conviven en el Frente de Todos será determinante.

15 de agosto, 2022 | 00.05

Es sabido el dicho de que con la realidad se pueden hacer muchas cosas, salvo negarla. De eso se trata, entonces, de analizar nuestro presente en función de lo que percibimos y no cerrarnos en lo que deseamos, sin renunciar a lo que anhelamos ni resignarnos a lo que nos es dado.

Daños autoinflingidos

A nadie se le escapa que transitamos una época sumamente compleja en la cual la crisis más relevante es Política aunque la Economía aparezca en el centro de la escena, ya que como siempre -sin restarle importancia y advirtiendo la multiplicidad de factores involucrados- responde a las acciones u omisiones que se verifican en aquel otro ámbito en el cual no solamente actúan el Gobierno y los demás Órganos del Estado de Derecho.

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Quienes decidieran aliarse en 2019 para impedir que Macri renovara el mandato por cuatro años más, considerando que esa alternativa constituiría el peor destino imaginable para la Argentina, sabían en que situación recibirían el país en el caso de triunfar en las elecciones y, otro tanto, acerca de las diversidades -historias, disputas y dificultades de convivencia- que abarcaba el Frente que, en realidad, constituía más una “coalición” de fuerzas partidarias y dirigencias entre las cuales eran reconocibles adversarios que parecían irreconciliables o que, para algunos, hasta podía caberles la calificación de “enemigos”.

El irresponsable endeudamiento externo del macrismo, sin precedentes por lo cuantioso y vertiginoso -en cuanto a la toma de deuda y a las condiciones de cancelación-, no se ignoraba. Tampoco, a ese respecto, la deuda con el FMI y las motivaciones de la generosa disposición de ese organismo multilateral -contrariando sus propios estatutos- influenciado por EEUU en su calidad de auspiciante externo de la campaña de Cambiemos/Juntos por el Cambio.

Apelar a la “pesada herencia” -en este caso cierta y comprobable- dejada al Frente de Todos, puede entenderse legítimo pero insuficiente para legitimar las frustraciones en la implementación de medidas comprometidas en la campaña electoral. Más aún si aquel legado, en lo que correspondiera, no era objeto de una rápida investigación, denuncia y judicialización -en jurisdicción nacional e internacional- para cuestionar sus efectos más nocivos, identificar a los responsables e impulsar las condenas consiguientes.

Fuera de radar obviamente estaba la plaga del Covid o la guerra en Ucrania, con las consecuencias globales de ambas, cuya aparición no fue simultánea ni simétricas sus repercusiones locales en cuanto a los límites impuestos a la gobernabilidad o al modo en que potencialmente se proyectaron -directa e indirectamente- sobre el Gobierno nacional y, particularmente, con relación a la imagen presidencial. Sin embargo, desde el análisis que aquí propongo el foco tampoco debería ponerse en esas contingencias, lo que no supone desestimar la entidad de su incidencia en una serie de desenlaces ligados al estado crítico que hoy afecta al oficialismo e, incluso, amenaza con fragmentaciones a esa alianza.

La máxima de que los votos traccionados por Cristina eran indispensables pero insuficientes para asegurar la victoria, tuvo una aceptación general que dio sustento a la inimaginable postulación de una fórmula encabezada por Alberto Fernández, quien carecía de estructura ni caudal electoral propio y al que se le atribuía capacidad de amalgamar voluntades dentro y fuera del peronismo.

Sin desmerecer a otras expresiones que se sumaron entonces, el otro protagonista relevante fue Sergio Massa, consciente de no tener chance alguna por sí solo ni con otros espacios que en aquellos tiempos le proponían alianzas, y que contaba con una estructura propia que le permitía plantearse asegurando una cantidad de votos significativos y formar parte de una tríada en la que recayeran las futuras responsabilidades en la conducción del Estado.

Esto último fue lo que resultó estando a los lugares institucionales que ocuparon Alberto Fernández, Cristina Fernández y Sergio Massa, al igual que otras personas que respondían a cada una de esas primeras figuras de la coalición, si bien en este aspecto la distribución generó razonables reparos en cuanto a las proporciones respectivas.

Con el transcurrir de los meses luego de la asunción, pandemia mediante, no pareció haberse establecido una instancia orgánica frentista que diera cuenta de la real composición política y consecuente ámbito de debate para la toma de decisiones estratégicas y conducción de la fuerza gobernante, más allá -y sin menoscabo- de las competencias institucionales del Poder Ejecutivo.

A la par comenzó a conformarse alrededor del Presidente, con la contribución de personas y sectores por demás diversos -propios y ajenos al Frente-, una nueva corriente: el “albertismo”. Que aparecía como una suerte de tendencia superadora de las tensiones internas y capaz de sintetizar un nuevo esquema de liderazgo, con proyecciones reeleccionarias prematuras, que poco se condecía con la entidad política alcanzada por Alberto Fernández para atribuirle ese rol ni con la ostensible prevalencia sustancial que mantenía la Vicepresidenta en cuanto a representación popular y base electoral.

Ya fuera porque no se pudo, no se supo o no se quiso -o tal vez por una rara combinación de todo ello-, el Gobierno no avanzó en transformaciones indispensables ni impuso una agenda propia, dejando pasar oportunidades irrepetibles, incurriendo en errores injustificables y no logrando darse una estrategia comunicacional eficaz.

Los comicios de medio término dieron cuenta de las inconsistencias existentes, sin que se reaccionara en consecuencia con las reformulaciones necesarias -enunciadas sólo discursivamente- implementando cambios en el Gabinete, en las políticas y en las confrontaciones inexorables ante el fracaso de las iniciativas dialoguistas.

Los internismos y cuestionamientos recíprocos -explícitos o “en off”- ventilados públicamente, poco ayudaron a encontrar caminos para reconducir la situación, ni para neutralizar las operaciones opositoras claramente destituyentes y el progresivo desgaste del Gobierno cada vez más condicionado por los poderes fácticos y alejado de las preocupaciones cotidianas de la ciudadanía.

Superministerio

El arribo de Massa al Ministerio de Economía era un objetivo que él se había propuesto desde antes de la renuncia de Martín Guzmán, sobre el que volvió en el lapso que distó hasta la designación de Batakis y finalmente fue concretado a pocas semanas del nombramiento de la flamante Ministra.

La absorción de importantes carteras de Estado y otros organismos estratégicos fue destacado por unos a la par que era relativizado por otros para no opacar la figura del Presidente ni potenciar la de Massa.

Es cierto que han existido otros períodos en que se registró esa conjunción en el Ministerio de Economía como algo “natural”, pero también que desde hace tiempo esa “regla” no escrita no regía, más allá de las opiniones -técnicas o de gestión- en orden a la conveniencia o necesidad de uno u otro esquema.

Ahora bien, dejando de lado reminiscencias históricas u opiniones tecnocráticas, está claro que en su actual conformación se trata de un “superministerio” y que así se instaló con intensidad en el imaginario social, como en distintos sectores (empresarios, sindicales y políticos).

¿Era imprescindible? Es un tema que ofrece lógicos reparos en sí mismo, aunque es indudable que vino a responder a una coyuntura desestabilizadora con diferentes terminales y en lo que hubo coincidencias mayoritarias en la dirigencia frentista.

Se trató, entonces, de dar una respuesta política más que económica -que lógicamente condicionaba- y, también, eran principalmente políticas las causas que llevaron a esa encrucijada que condujo a adoptar la decisión de integrarlo -con tantas atribuciones- al Gabinete.

Tampoco puede eludirse el hecho del debilitamiento de Alberto Fernández, que arrastró a muchos de los que empujaban el carro “albertista” que ya había perdido algunas ruedas importantes para transitar hacia el 2023. El foco local, regional e internacional está puesto más en Massa que en el Presidente, lo que transforma al nuevo Ministro en un virtual (¿?) conductor del Poder Ejecutivo y se pretende que esa misma sensación genere con relación a la Vicepresidenta salvo en todo aquello que la prensa impulsa para erosionarla y que a Massa pareciera no rozar.

En todo ese panorama no puede quedar por fuera la circunstancia de que Massa fue el único que en estos años pudo -y supo- construir políticamente, tanto hacia adentro como afuera del Frente de Todos. Tampoco negarse la capacidad, ambición y otras características personales -no necesariamente virtuosas, según la mirada de cada quien- que lo llevaron a posicionarse no sólo en el lugar que hoy ocupa, sino, en el camino para erigirse en candidato presidencial con aparentes pocas competencias si le va bien -o siquiera, aceptablemente- en su gestión, para nada sencilla.

El ex Presidente de la Cámara de Diputados, rol que no por casualidad -ni ajeno a su proyecto mayor- reclamó para aliarse con Cristina aceptando la postulación de Alberto, fue convirtiéndose inteligentemente en una pieza clave para la reconstitución o reconfiguración (¿?) del Frente, a la vez que mantenía canales aceitados con la oposición, gobernadores, empresarios, sindicalistas y financistas. Lo que, junto a su experiencia de gestión y conocimientos del funcionamiento de la Casa Rosada, como fungiendo de nexo entre Presidente y Vice cuando no se hablaban, culminaron catapultándolo a un área de la que carece de formación profesional pero la sustituye con esas otras dotes, asesores con conocimientos específicos -con curriculums variopintos- y, vaya a saberse aún, otras colaboraciones relevantes.

Necesidades insatisfechas que son derechos

La “necesidad tiene cara de hereje” dice el dicho, que no es lo mismo a que “los herejes se muestren con cara de necesitados” tan común en esta época en que llora, justamente, el que mama del Estado y es lo que tradicionalmente han hecho para forjar enormes fortunas a costa del Pueblo, sin demostrar jamás disposición para contribuir a lograr márgenes de equidad mínimamente dignos.

Son los que obtienen rentas inesperadas ni remotamente derivadas de esfuerzos o decisiones innovadoras, los más ricos -enriquecidos impúdicamente frente a tanta pobreza- que pleitean para no ser alcanzados por obligaciones derivadas de esa situación de privilegio en la emergencia, los que han recuperado en menos de un año el nivel de actividad en caída desde 2018 y una rentabilidad aún superior a la prepandemia resarciéndose sobradamente de las “pérdidas” o “falta de ganancias” que no es lo mismo pero para ellos es igual.

Estos señores del Capital se quejan de los impuestos reclamando se los reduzca o directamente se los elimine para producir “más y mejor”, demandan condiciones especiales de privilegio para desarrollar sus emprendimientos, braman por subsidios estatales que hagan más rentables sus negocios, exigen tipos de cambio especiales para liquidar o incrementar sus producciones, se niegan a bajar los precios que aumentan irrazonable e injustificadamente siempre impulsados por presuntos futuros golpes de mercado que ellos mismos provocan.

¿Cuánto más hace falta concederles para que derramen algo que no sea desprecio y odio por lo popular? ¿Qué están dispuestos a negociar con racionalidad y espíritu comunitario que brinde sentido a insistir en diálogos y evitar confrontaciones?

Mientras tanto, la especulación crece diariamente al ritmo evidenciable de la inflación que le gana por goleada a los salarios que, en el mejor de los casos, se incrementan desde un retraso de años no compensado y a un ritmo -o periodicidad- que hace llegar los aumentos desfasados, claramente erosionados en términos de poder adquisitivo.

¿Y los otros y otras, que carecen de un empleo formal y de coberturas básicas de seguridad social? Los más nadies de los nadies. Padecen condiciones de vida literalmente dramáticas, no sólo están lejos de la dignidad humana que se merecen sino de la satisfacción de necesidades vitales impostergables.

Los derechos que generan esas necesidades de unos y otros son innegables, pero como ha sido siempre, los derechos no se mendigan, se conquistan y esas conquistas es lo que le ha dado su identidad -y vigencia- política al peronismo que, otra vez, asume la responsabilidad inexcusable de hacerlo realidad efectiva.

Una oposición coherente

Es de manual que eso de “que quien gana gobierna y el que pierde acompaña”, no excede de ser una frase políticamente correcta, sin que nadie lo crea ni actúe en consecuencia.

Esa reflexión no está dirigida a una fuerza partidaria en particular, sino a todas en general. Quienes se encuentran en las antípodas de aquellos que gobiernan no pueden sinceramente, ni deben, desear “que les vaya bien”. Simplemente, porque si cumplen sus objetivos partidarios llevarían al desastre en opinión de los opositores.

A lo que sí puede, legítima y francamente, aspirarse es al diseño de políticas de Estado estratégicas, en orden a los intereses nacionales y entre los que realmente defiendan esos intereses.

Lo nacional vuelve a ponerse en el centro de la escena política, delimitando los márgenes infranqueables en los que es factible construir consensos y, a su vez, poniendo en evidencia por contraposición el rasgo predominante de los que se ubican extramuros.

El neoliberalismo expresado en cualquiera de sus versiones vernáculas forma parte de esto último, porque lo esencial de su naturaleza es el autoritarismo totalitarizante reacio a cualquier práctica democrática y tributario de una plutocracia imperialista que lo subyuga, lo financia y lo hace jugar en un tablero mundial en que gobiernan las grandes Corporaciones y no los Estados por más poderosos que éstos luzcan.

Un futuro incierto

El pragmatismo es propio de la política, sobre todo cuando hay que gestionar, sin que quepa cuestionarlo dogmáticamente desde posiciones de un aducido purismo ideológico distante de las exigencias y responsabilidades que implica gobernar.

Reconocer ese imperativo no significa hacer de ello la praxis política por excelencia, ni planteárselo como un ejercicio liberado de toda atadura doctrinaria, de principios y de ideales que demarcan siempre límites insuperables.

Distintas voces han señalado con elocuentes fundamentos que en el campo nacional coexisten dos expresiones, una con un sesgo “productivista” y otra “popular o distribucionista” cuya diferenciación estaría en el acento que cada una atribuye a lo económico y a lo social, así como quienes serían los inmediatos destinatarios de las políticas proyectadas.

Diferencia, para nada menor, pero que permite una convivencia y la elaboración de un Proyecto común en permanente tensión, cuya definición resultará en definitiva del modo en que se desenvuelvan las respectivas representaciones y de la unidad estratégica que alcancen partiendo de su mutuo reconocimiento.

Por fuera, se exhibe el poder colonial -que no ha desaparecido ni es una invocación anacrónica- que se vale de la alianza mediática, judicial y política conducida por los grupos concentrados con predominio del capital financiero transnacional, con fieles socios y representantes locales que se identifican con el pensamiento neoliberal.

El peronismo se constituyó desde su origen en el eje del Movimiento Nacional en la Argentina, con una clara vocación frentista y convocante que ha concitado adhesiones muy diversas, como despertado reacciones y hasta enfrentamientos -en ocasiones cruentos- en su interior. A pesar de esos internismos, por sus virtudes y no por sus defectos continúa siendo un “hecho maldito” para quienes se sienten dueños del país, que sueñan con su desaparición de la escena política y siguen considerándola como principal objetivo.

Cristina, mal que les pese a algunos de uno y otro lado de la mentada grieta, es la más elevada expresión contemporánea del peronismo, no reducible ni etiquetable en el “kirchnerismo”, reaseguro de la corriente nacional y popular, por eso es blanco prioritario de los ataques de aquella otra alianza destituyente que la tiene -con razón- como una peligrosa e indeseable alternativa futura.

Paralelamente se plantea, sino la desaparición, la esterilización del peronismo como base de un Movimiento profundamente transformador que supo ser revolucionario y no deja de poseer atributos para volver a serlo. De allí la permanente búsqueda de su conversión en un “peronismo blanco”, no confrontativo con los poderes fácticos, vaciado de su condición movimientista que trasvasa la concepción partidista liberal y un republicanismo inerte.

La impronta nacional es lo que justifica y debe guiar el abroquelamiento en torno al Gobierno nacional en tanto se exhiba en clara oposición al neoliberalismo, la defensa a ultranza de Cristina es condición para la consolidación del Frente de Todos y de un horizonte democrático con justicia social, por ello la conjunción virtuosa de las corrientes nacionales que conviven en la coalición gobernante será determinante para que haya 2023.

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Álvaro Ruiz

Abogado laboralista, profesor titular de derecho del Trabajo de Grado y Posgrado (UBA, UNLZ y UMSA). Autor de numerosos libros y publicaciones nacionales e internacionales. Columnista en medios de comunicación nacionales. Apasionado futbolero y destacado mediocampista.

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