Desde las cenizas y el fuego

02 de febrero, 2026 | 16.47

El teléfono volvió a sonar en los días siguientes a la publicación de la primera nota. No como cuando la urgencia comanda los diálogos. Llegaron los mensajes y llamados con un tiempo distinto. El tiempo de contar cosas. Sonó como sonaba antes del fuego: llamadas largas, gente que habla. Gente que decía que había leído la nota, que había reconocido escenas, que había visto ahí algo de lo que le estaba pasando. Las escenas —me dijeron— se parecían demasiado a la vida. Gente que conozco mucho y gente que no vi en mi vida.

Y entonces empezaron a llegar más voces. Una detrás de otra. Casi a montones, como la lluvia que se espera y no aparece. No eran pedidos de explicación ni comentarios sueltos. Eran frases que traían consigo una demanda precisa: contá esto. Decilo así. Que se sepa.

Para quienes trabajamos en el Estado —docentes, investigadoras, trabajadoras públicas— suele caer sobre el cuerpo una paradoja incómoda. Muchas veces somos la cara visible de un Estado que oprime o que no llega. Pero en los márgenes, cuando no hay ventanilla ni formulario ni respuesta institucional, también somos compañeras prestando una oreja y con suerte un escrito que circula en redes. No como gesto individual ni heroico, sino porque el Estado (lo sabemos bien quienes andamos en territorio) también puede encarnarse ahí, en vínculos, en conversaciones, en una escucha que no siempre tiene respuesta pero no se corre. Tal vez por eso esta nueva nota, como me dijo Cacho -cuando le conté que no sabía bien qué más escribir- debería funcionar como “el mensaje al poblador, lo importante era que llegue el mensaje no quién o cómo se diga”.

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Y entonces empecé a tomar nota de nuevo.

Contá —me dijeron— lo de los cuentos que estamos juntando para los pibes y pibas que tienen a las mamás y papás en las brigadas de montaña. Para que alguien les lea antes de dormir o después de comer mientras el fuego sigue allá arriba.

Contá de los repasadores que transformamos en barbijos cuando no alcanzan, cuando se rompen, cuando ya no hay más. De cómo se resignifica cualquier tela que cubra la boca y la nariz.

Contá también de la engrampadora. De cómo la usamos para reforzar las suelas cuando los borcegos se derriten. No es metáfora: se derriten. El cuerpo aprende rápido qué se puede y qué no, y cómo aguantar un poco más.

O contá que ahora los nenes y nenas andan con Platsul siempre a mano. No hay día en que no toquen algo quemado. Un alambre, una chapa, un tronco que parecía apagado. La quemadura se volvió parte del paisaje.

Contá —pero contá bien— de esa risa que aparece cada vez que se apaga un fuego. Una risa corta, a veces desmedida. No es alegría ni festejo: es un remanso. Un aire que entra. Una forma de agradecer, aunque sea en silencio, no haberse muerto encerrado por el viento ese día, no habernos equivocado en la salida entre los árboles, haber puesto bien la camioneta para salir rajando.

Pero no cuentes del miedo —me dijeron—. Acá la gente necesita dejar de tener miedo. No hables de hectáreas. Nadie sabe cuánto es eso. Es el lenguaje de unos pocos.

Si querés, contá la idea de Marianella, que tiene seis años: dibujar árboles y ponerlos a la vera de los caminos quemados para que no andemos tristes. O contá de la mamá de Fabricio, que debería tener el récord Guinness en empanadas estos días, para que no tengamos hambre.

Hay un temor que se repite en esas voces: el miedo a romantizar el horror y la tragedia. Y también el miedo —más hondo— a que nos acostumbremos a irnos a dormir y despertarnos con miedo.

Contá de las maestras que se organizaron para ir a apagar el fuego como podían, mojando alrededor de las casas para que no salten chispas. Contá de la Seño Miriam que lleva el guardapolvo abajo del overol como amuleto. De los chabones que ya no juegan al fútbol los miércoles porque esa noche se organizan para recibir y clasificar donaciones.

Contá del silencio. Pero no lo hagas triste: el silencio del bosque también da miedo.

No cuentes —me dijeron— cuando el fuego se nos vino encima. Eso todavía asusta. Saberlo alcanza. No digas los detalles de esa noche.

Y no cuentes lo que pensamos cuando vemos al presidente bailando. No gastemos un párrafo en eso. Contemos lo que importa.

Tal vez de eso se trate esta segunda nota: de escuchar qué vale la pena decir y qué necesita todavía resguardo. De narrar sin convertir el dolor en espectáculo ni el cuidado en épica. De sostener la palabra como se sostiene una manguera prestada o una olla que no alcanza: entre varias manos, sabiendo que no alcanza, pero que soltarla sería peor.

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Mariel Bleger

Maestra y Dra. en Antropología. Becaria post doctoral CONICET/ IIDyPCA/GEMAS