¿Se puede gobernar en contra de los mercados? Para el próximo gobierno popular, es la pregunta del millón, y la respuesta no es unívoca y requiere algunas definiciones previas.
Los mercados son el poder financiero, local y global. Se expresan a través de sus operaciones diarias de compra y venta, las que determinan el precio de los activos financieros. Claramente tienen ideología, lo que determina que, muchas veces, su comportamiento sea irracional, como suele suceder cuando manda el dogmatismo.
La racionalidad de los mercados
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Como siempre, la irracionalidad se entiende mejor con ejemplos concretos. Cualquiera que supiese algo de economía a comienzos del gobierno de Javier Milei podía predecir, sin dificultad ni temor a equivocarse, dos cosas: la primera era que sus políticas serían recesivas; la segunda, que los activos financieros locales se revaluarían. Parece contradictorio, pero no lo es. La sola enunciación de un gobierno ultrapromercado significaba una corriente compradora sobre los bonos argentinos. La buena recomendación de cualquier consultor a sus clientes era comprar. Si usted, lector, es un inversor, seguro que a fines de 2023 y comienzos de 2024 compró bonos locales. Y si es un inversor sofisticado, seguro que ya tenía los bonos en cartera desde antes.
Se destaca que, para el buen inversor, la clave reside en cuándo salir de estos papeles, lo que demanda monitorear de cerca la solvencia externa de la economía. Un anuncio de toma de deuda, por ejemplo, que condiciona el mediano plazo de la economía, es una gran noticia financiera para el corto plazo: los bonos suben y el riesgo país baja. Aquí está la irracionalidad de la racionalidad de los mercados: el verdadero riesgo de largo plazo sube porque el sector público queda más endeudado, pero el riesgo financiero de corto plazo baja. Si, por ejemplo, el FMI presta 20 mil millones, los bonos locales vuelan. Si aparece Estados Unidos como prestamista de última instancia, el riesgo país baja.
La conclusión preliminar de estos ejemplos es que, aunque el comportamiento sea ideológico y no técnico, el resultado es que el funcionamiento de los mercados tiene el efecto concreto y predecible de encarecer o abaratar el crédito. El riesgo país, que es la sobretasa que paga una economía por encima de la tasa de referencia de los bonos estadounidenses, es, a su vez, la inversa del precio de los bonos locales. Si el mercado le baja el pulgar a la política económica, cae el precio de los bonos y aumenta el riesgo país; sube, entonces, el costo del endeudamiento. No importa la valoración moral o técnica que se tenga de este proceso: es lo que sucede.
Endeudamiento y dependencia
Ahora bien, en general, todas las economías del planeta recurren al financiamiento o al refinanciamiento de sus pasivos, sea deuda previa o déficits transitorios. Desde esta perspectiva, no es erróneo afirmar que, para las economías normales, tener algunos puntos de déficit no es un problema si se tiene cómo financiarlo, pero para ello resulta clave un riesgo país bajo. Aquí surge la segunda conclusión preliminar: a mayor endeudamiento, mayor dependencia de los mercados. Y si a eso se suma no tener moneda, es decir, fenómenos como que la moneda local no sea reserva de valor, junto con déficits externos que dificultan mantener el precio del dólar, la dependencia de los mercados financieros se potencia. De nuevo: no importa la valoración, es lo que es.
Desde esta perspectiva, la gran desgracia que dejó como herencia el macrismo fue el reendeudamiento y el haber traído de regreso al FMI, del que tanto costó desembarazarse tras la gran crisis de 2001-2002. Sorprende que, luego de tanto daño a largo plazo, los principales actores del macrismo –vía Javier Milei– sigan gobernando con el respaldo del voto mayoritario. También es sorprendente que se haya elegido a un gobierno que sigue profundizando el endeudamiento en divisas. Pero, de nuevo y más allá de las valoraciones, así como el punto de partida del gobierno de Alberto Fernández fue la necesidad de renegociar el endeudamiento heredado, lo que a priori se sabía que condicionaría su administración, la misma herencia, pero agravada, deberá ser enfrentada por cualquier próximo gobierno popular.
Y aquí entra la relación con los mercados. Seguramente, la economía no contará con los alrededor de 30 mil millones de dólares anuales –dólar más, dólar menos— necesarios para hacer frente a los vencimientos de deuda, lo que implica la necesidad de refinanciar y, en consecuencia, mantener bajo el riesgo país. La vaina con la que el mileísmo y sus satélites corren a la sociedad se plasmará en la corrida preelectoral. En las elecciones intermedias de 2025, entre las PASO y las generales, el mecanismo funcionó a la perfección y logró asustar. Lo que ocurre es bastante lineal: las corridas empujan el dólar y, en consecuencia, los precios, lo que reduce el poder adquisitivo de los ingresos fijos. Nadie quiere eso si puede evitar. Para el gobierno, el manejo de este temor es una herramienta muy poderosa, en particular si la propuesta opositora es disruptiva para los mercados.
Las opciones del peronismo
En la oposición peronista aparecen dos corrientes principales: la maximalista, que considera viable imponer a los mercados nuevas reglas de juego y una renegociación dura de los pasivos, y la de los moderados, que creen que los costos de una nueva ruptura serían más gravosos para cualquier futura estabilidad que los potenciales grados de libertad conseguidos. Quizá es menos obvio que pueden existir vías intermedias, políticamente más sofisticadas e intelectualmente más desafiantes, para recuperar grados de autonomía sin producir una crisis de transición.
Cualquiera sea la opción preferida o posible, la espada de Damocles del castigo de los mercados seguirá pendiendo sobre el destino de cualquier gobierno popular, que además se verá condicionado por los cambios en la autonomía del Banco Central. Hay quienes creen que la gran diferencia estará en que las exportaciones mineras e hidrocarburíferas alejaron el problema del déficit crónico de divisas. Olvidan que parte de estas ventas al exterior, que pasan por el tamiz de las inversiones del RIGI, quedarán liberadas de cualquier liquidación local a partir del tercer año. El desafío seguirá siendo el mecanismo a través del cual el Estado consiga los dólares que necesita.
