Claro que recuerdo el 11-S

11 de septiembre, 2020 | 16.13

Recuerdo todo. Lo vi por la televisión. Después algunas gentes contaron más detalles. Horroroso. No sé si inesperado, pero horrible. Los aviones estadounidenses, las columnas de humo, las calles ensangrentadas, la gente ensangrentada. La gente en la calle ensangrentada. Corriendo. Los aviones llegando, estrellando las ventanas, las paredes. Todo saltando en pedazos.

Impuesto a las Grandes Fortunas

El humo interminable. La sangre interminable. Las muertes interminables. Los aviones interminables, uno tras otro. El horror interminable por el avión que pasó. La inminencia del avión que vendría. Después del primero el segundo, luego el tercero, luego…

Aviones. El fuego, los estallidos, el polvo enorme, el olor a carne chamuscada. Los escombros humanos, los otros escombros. Todo junto. Un amasijo repugnante. Un periodista muerto. Los autos estrujados como si fueran papeles de cigarros.

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La televisión repitiendo las imágenes, como un infinito video juego no inventado todavía, la radio repitiendo lo mismo durante horas eternas de angustia, de miedo, de un vértigo con el que no sabíamos qué hacer…la fruición del morbo de la televisión, repitiendo, repitiendo, repitiendo. No información sino Imágenes y alaridos. Gente corriendo y agachándose como si así pudiera evitar el impacto de los aviones. La televisión manipulando nuestro miedo y nuestro asombro sin paralelo. Los noticieros. Algunos asombrados, otros no…fue raro eso, la televisión con las cámaras en lugares tan estratégicos…como si hubieran sabido.

El mensaje tardío del presidente. Tardío. Luego sabríamos (algunos lo sabían desde antes) que estaba avisado, que se sabía, que él lo sabía y decidió esperar.

Vi la forma más cruel de terrorismo. La más cobarde, la más artera. El terrorismo en su máxima expresión. Ataque desde el aire, a donde no llega la defensa. Desde el aire y por sorpresa. Claro que no sorpresa para todos. Y los sorprendidos sin tiempo de nada, apenas tiempo para sorprenderse y morir, destrozados por lo aviones que apuntaban directo a las ventanas, a las paredes de donde salía humo y fuego y miedo, mucho miedo, por el terror de los terroristas del aire.

Apenas tiempo (y no en todos los casos) para una llamada que dijo “te quiero, nos están bombardeando”, “te amo, tengo miedo”, “ya no te veré, quiero que sepas…”. Luego la nada. La vida en manos de desconocidos. El terror urgente y momentáneo que acaba en el mismo segundo que comienza. Un avión que se acerca. No el primero, quizá no el segundo. Otro, el que sabes que te está apuntando directo, aunque el piloto no te conoce, nunca te vio, nunca te verá. No conoce a su viuda, ni a su viudo, ni a su huérfano, que a esa hora aun no sabe que es viuda, viudo, huérfano de la chica que estaba en la ventana, que a la mañana dijo “nos vemos cuando salga del trabajo, no te preocupes, mañana entrare mas tarde así te acompaño al colegio, hablo con tu maestra y ya veras como todo se arregla. Soy tu mama. Entonces mañana estará todo resuelto. Mami no falla” y supo que el enano se fue angustiado, pero creyendo y esperando a mañana, angustiado pero con la única certeza que tiene a sus siete años: mami nunca falla, no miente, no falta. Salvo que el hijo de otro alguien esté en un avión apuntando a la ventana. Esa ventana desde donde contra todos los consejos y los pronósticos, los otros cuatro no podían dejar de mirar. Ni el novio cuya novia trabaja un piso más abajo y en el momento de destrozarse no supo si pensar en su madre, en su hermanita menor o en la novia, y encima murió con la culpa de la duda de la culpa. O el contador junior que ni se enteró porque estaba en al baño, o el compañero, que había comenzado ayer y estaba realmente orgulloso de poder comenzar a mantener a su madre, viuda reciente. La gente pegada a los televisores y a las radios. Que recomendaban quedarse en sus casas para evitar víctimas inocentes.

Recuerdo una bandera quemada que no llega al suelo, porque se hace cenizas en el aire. El fuego saliendo por las ventanas. Un general diciendo: “gana la batalla –y eso lo saben los alemanes, tan bien como yo- quien actúa de manera más drástica en los primero momentos”. Gente resguardándose debajo de sus escritorios. La guerra contra el eterno comunismo antinorteamericano poniendo un nuevo mojón iconográfico de sangre.

Tarde para evacuar. Algunos salieron, otros no. Y no fue destino, fue la humanidad en manos del terrorismo cobarde, traicionero. No recuerdo que hubiera Talibanes, no recuerdo haber oído “musulmanes”, supongo que en esa época los enemigos de la democracia tenían otro nombre. Si lo hubiera escuchado lo recordaría, porque recuerdo todo. Claro que recuerdo todo. Fue el 11 de Septiembre de 1973, en Chile. El presidente se llamaba Salvador Allende.

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