“Tené cuidado”, “No digas ciertas cosas que te pueden comprometer”, “Esto pasará”.
Estas frases, entre muchas otras, me las han dicho desde pequeña, y aún hoy las sigo escuchando. Pasar desapercibido, no molestar, guardar silencio. Pareciera una estrategia de vida de muchos; la valentía de no seguirla, de tantos otros.
Me presento, soy Mercedes. Hace un tiempo elegí ser científica. Creo que una parte de mí desde pequeña siempre quiso investigar. Esa sed de saber y de estudiar los “no límites” de la ciencia es la que me traen hoy hasta acá. Creo que una de las cualidades que tenemos los científicos es esa, querer conocer, saber por qué, cuando. No tener miedo de preguntar, preguntarse, equivocarse. Ese miedo que nos impulsa a dudar, a volver a empezar y a no bajar los brazos. Eso, a no bajar los brazos. “El miedo nos paraliza” y es cierto. Pero cuántas veces uno se arrepiente de cosas por haber cedido espacio al miedo.
Les quiero contar una historia. Hace un tiempo ya, unos años, una vez más el miedo tocó la puerta de mi ser, pero esta vez no estaba vestido de preguntas sobre alguna especie de mamífero de la Argentina o dudas sobre algún análisis estadístico, no. El miedo vino con otros atuendos. Vino con vestidos que huelen a historia pasada. Volvió con sensaciones leídas en los libros, contadas por personas que uno cruza en su vida. Hace un tiempo, el miedo tocó la puerta con aires de represión, con ganas de autoritarismo, con rasgos duros de injusticia. Lo hice esperar. No supe bien como recibirlo. No era el típico miedo al cual estaba acostumbrada. Esperé, lo ignoré y ese miedo se fue. Al pasar las semanas el miedo regresó, estaba más grande. Ese miedo se había alimentado. Comió injusticias, comió sueldos, comió violencia, comió frustraciones y comió más miedo. TOC TOC TOC, el miedo tocó una y otra vez. Estaba decidido a no irse. Lo hice pasar. A duras penas entraba por mi puerta, tan pequeña y acostumbrada a miedos distintos. Abrumada por su presencia intenté pensar en todas aquellas veces que un miedo entró por esa puerta. ¿Qué hago? ¿Lo hablo con alguien? Evalué todos los caminos posibles, y los cruces de esos caminos posibles, y los nuevos caminos de esos cruces. Porqué así funciona nuestra cabeza, generando chispas de imágenes en nuestro complejo cerebro.
El miedo entró y me abrumó. No les voy a negar que me paralizó. Sentí ese olor a historia pasada. Escuché los gritos de las voces quebradas. “Un pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla” me dije. No quiero repetir patrones. Quiero romperlos. Ese miedo no puede cumplir con su objetivo, no aquí, no en este espacio.
Me hice fuerte, me hice grande. Grité, grité más fuerte que esas voces. Cerré los ojos y grité. Pensé en aquellas personas que ya no pueden hacerlo. Que lo hicieron por vos, por mí, y por las futuras generaciones. Pensé en aquellas personas, que aún no sabemos donde están, que las siguen buscando. Pensé en ellas, las escuché. Este miedo pasó mi puerta y ahora lo tengo enfrente mío.
Al miedo le presenté mis ganas de luchar; al miedo lo junté en una habitación con esas voces quebradas, esas voces silenciadas. Se juntaron, se mezclaron. Como una nube sin forma, se expandió y se achicó. Había olor a quemado, olor a muerte; había olor dulce, olor a amapolas. ¿Qué es lo que estaba pasando? No entendí bien, hasta que finalmente lo vi. De esta mezcla, de esa nube, entre el miedo, la historia, y las ganas de vencer las batallas contra las injusticias, nació algo hermoso: el coraje.
Hoy el coraje me acompaña, me sigue a todas partes. Está conmigo en el laburo, mientras enfrento los desafíos de hacer ciencia en este país tan bellamente complejo. Está en mis manos, cuando firmo notas de apoyo a los jubilados, a los despidos injustos de instituciones estatales. Está en mis piernas cuando marcho por la “Memoria, Verdad y Justicia” y también por “Ni una menos”. Está en mis ojos, cuando veo la represión ejercida a los pueblos originarios, a los docentes y a tantos otros grupos quebrantados. Está en mi corazón, cuando siento indignación por la vulneración de los derechos ganados y por la pérdida de los espacios de lucha. Está en mi boca, cuando grito “Nunca más”. Está mis oídos, cuando escucho que para el Presidente “soy una terrorista”, como si nada, pero también como si trajera de la muerte a uno de los peores humanos de la historia argentina. Está en mis brazos cuando abrazo a mi hija y le prometo que no voy a dejar de luchar por un futuro mejor para ella en este país.
El coraje hoy me acompaña y hasta que estos pulmones dejen de respirar, iré con el coraje a todas partes: a la calle, a las aulas, a los laboratorios, a los hospitales, a las escuelas, al supermercado, al campo. Hoy el coraje está en mi puerta, está dentro y está fuera y, junto con la Memoria, el coraje y yo seguiremos luchando, desde lo más chico, a lo más grande. Hoy ya no soy “solamente Mercedes”: soy mujer, soy científica, soy mamá, soy víctima de abusos, soy “terrorista”, soy una jubilada, soy una docente, soy una detenida y desaparecida, soy una despedida, soy una becaria, soy mi hija, soy vos.
*María de las Mercedes Guerisoli, bióloga e investigadora de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco
