Elogio del viaje, en la literatura y la política

Prácticamente toda la literatura universal se ocupó y se ocupa del viaje. Eso que también hace lo que hoy llamamos "política": recorrido, descubrimiento, transición.

23 de mayo, 2020 | 00.05

En otros apuntes evocamos viajes, circulaciones y movimientos que pueden ser entendidos como búsquedas de posibles sentidos para la vida. Experiencias, desde ya, que alimentan la literatura y muchas veces también la política, y hasta la moral, en tanto la observación crítica de lo que nos rodea conlleva estímulos a veces ineludibles. 

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Es en la literatura, sostengo, donde la imaginación se activa mejor, a partir de la pasión por los descubrimientos que desatan las grandes obras. La literatura es, así, un camino hacia el entendimiento, tanto espiritual como poético o narrativo, y también hacia el conocimiento concreto, figurativo o realista. Por eso, en tanto curiosidad que desata indagaciones filosóficas y abre campo a todos los interrogantes, puede afirmarse que literatura, viaje y política también son paralelos casi perfectos.

Redacto lo anterior pensando en el extraordinario escritor que fue Juan Filloy, cuya concepción del viaje como esencial en la literatura quedó plasmada en su primer libro, Periplo, publicado en 1929. "Cuando usted viaje, deje su vida en su casa, en su pueblo, en su ciudad. Es un artefacto inútil”, declara de entrada y en esa potentísima primera persona que cualquiera reconoce en su obra. La idea esencial de ese texto es que, al momento de partir, se inicia otra vida, y una liberación: la de descubrir mundos que se desconocen. El protagonista y luego el lector jugarán, después, el rol del observador crítico de lo que toda travesía depara: a la vez análisis y crítica. Esa también naturaleza de la política, digámoslo, que en nuestro país se exhibió siempre como costumbre de identidad. 

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Ahí está, canonizado desde el vamos, el cuento liminar de la literatura argentina: El matadero, de Esteban Echeverría. Camino –o viaje– recorrido después por la ringlera de narradores y poetas que lo siguieron. Y pienso, en tropel, en Vicente Fidel López, el primer Mitre, Sarmiento, Mansilla, Hernández, Lugones y tantos más. Varones casi todos –y hombres públicos para bien y sobre todo, algunos, para mal– que cantaron y narraron esta república a la vez que la protagonizaban. Y forjaron así esa costumbre de eternidad y de enumeración de frustraciones que ha sido, en mi opinión, la literatura argentina del siglo 20. Y no digo la del 21 porque está en la forja.

Cabe observar aquí que para Riszard Kapuscinzky, más cercano temporalmente a nosotros, la idea del viaje significa en cambio "desafío y esfuerzo, cansancio y sacrificio". Idea individualista, y eurocentrista por donde se la mire, que sin embargo no desmiente que el periodista polaco fue un gran teórico de la comunicación social. 

Desde ya, para decirlo en el estilo de David Viñas, ni la literatura ni el viaje garantizan descubrimientos gratos, y todas sus promesas pueden ser falsas, ilusorias, vanas o exageradas, como en tantas promociones turísticas. Y como en la política.

Ese vínculo, ese parentesco entre literatura y política, también es eterno como el agua y el aire, dicho sea con palabras del acaso más sagaz de nuestros poetas y narradores: Borges.

Hace muchos años, cuando terminaba el siglo pasado, escribí un texto en el que conjeturaba lo que acaso supo, o intuyó, el mismísimo Homero. Caminando por la Acrópolis de Atenas, pensaba este texto que ahora reescribo, sintiendo que desde aquellas alturas majestuosas el mundo, la vida, no podía verse sino como un viaje: el mar está ahí y atrae, bajo el cielo infinito, pero sobre todo uno se siente impulsado a reflexionar sobre las miserias y grandezas de los hombres y mujeres que transitaron esas tierras y todas las tierras del mundo. 

La Odisea, vista así, no es sino un viaje fabuloso hacia la verdadera dimensión del ser humano, además de probanza de que ser griego –entonces y siempre– es fácticamente sinónimo de la palabra “viajero”. Y de igual modo Eneas algunos siglos después, cuando Augusto convocó a Virgilio para escribir (o sea inventar) la historia de Roma. 

Prácticamente toda la literatura universal se ocupó y se ocupa del viaje. Eso que también hace lo que hoy llamamos "política": recorrido, descubrimiento, transición. A veces hacia ninguna parte.

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