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NOTAS

Pax Romana

La segunda obra de Jonathan Hickman nos trae una distopía religiosa que profundiza la idea del mundo perfecto moldeado por poderosos.
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Miércoles 06 de mayo, 2026

El interés generado por la publicación de “Nightly News” lleva a Image a publicar en 2012 otra obra del novel autor, Pax Romana, esta vez de una temática totalmente diferente, aunque con varios elementos en común con aquella. Vamos a detenernos a analizar algunos aspectos claves.

Para empezar, vamos con el argumento. En un futuro no tan lejano para nosotros, Occidente es invadido por los musulmanes, cuya influencia crece a pasos agigantados. Para detener esto, el Vaticano pone a un grupo de científicos a trabajar en un laboratorio donde logran descubrir la posibilidad de viajar en el tiempo, y así enviar una comitiva al pasado para torcer la historia e impedir que aquello pase. Lo interesante es la época a la que eligen ir: año 312 D.C., durante el gobierno de Constantino.

Hickman repite los mismos elementos de “Nightly News” respecto a llenar páginas con datos de época, y una serie de saltos en el tiempo que sirven para llenar los huecos por lo que va ocurriendo, además de diálogos entre personajes en los que se prescinde de los dibujos. Repito algo que seguro quedó claro del texto anterior que escribí: no me gusta cómo dibuja Hickman; está bien que debe ser funcional a lo que se quiere contar, pero en este caso las limitaciones hacen que sea exclusivamente un acompañante que ayude a entender mejor lo que se lee.

Hay otro aspecto clave que tiene que ver con lo político y lo filosófico; la mayoría de los diálogos apuntan a plantear ideas respecto a la humanidad que trascienden una simple historia. En ese sentido, Hickman vuelve a mostrar inquietudes complejas que serán su marca a lo largo de su carrera, aunque creo que en este caso es aun más evidente porque toda la narrativa está supeditada a eso. Creo que en la actualidad lo maneja mejor.

Los personajes que viajan al pasado plantean la idea de manipular al mundo a través de la fuerza imperial romana para llegar a un estadío supremo del ser humano; en ese sentido, entienden que -gracias a su manejo de la información proveniente del futuro- es posible. Y es interesante que la idea no sea usar la información para imponerse como una dictadura, sino que los personajes se manejan con sutileza, mirando el entorno con inteligencia, como si fuera un proceso natural. Ya en esta parte, el comic se convierte en un tratado filosófico que lleva al lector a pensar sistemas políticos y conveniencias morales, bajo una perspectiva social. Esto implica que el lector preste especial atención a lo que Hickman escribe sobre eso, porque de otra manera podría perder rápidamente el interés en lo que está leyendo.

Con todo lo anterior puede que se enciendan las alarmas: si elimino todas esas disquisiciones filosóficas, ¿la historia se sostiene? ¿Puedo eludir todo eso? La respuesta claramente es no. Más allá de ciertas vueltas de tuerca y una mínima caracterización de personajes, el comic está armado alrededor de estas reflexiones, son las que generan su identidad, así que si no estás con ganas de leer eso, seguí de largo, así de sencillo. Creo que Hickman “empeora” lo hecho en “Nightly News” en el sentido de que acá deja de lado una narrativa tradicional para que la trama avance de acuerdo a estas discusiones político-filosóficas, a tal punto que el destino de muchos personajes se resuelve con infografías e información al margen.

La historia comienza, como muchas, con dos personajes en un futuro en el que ya ocurrió la trama principal: uno que explica lo que ocurre en el comic y otro que escucha la explicación. El primero es un Papa genéticamente modificado y el otro un niño que es el emperador del reino unificado. En esta larga exposición nos queda claro como lectores todo lo que ocurre, por lo que Hickman no tiene interés en retacear información y sí de plantear rápidamente la situación. Este comienzo, tal vez hecho así a propósito por el autor, puede espantar a aquellos que quieran leer una serie de ciencia ficción sencilla para pasar el rato (me recuerda a Alan Moore y su novela “Jerusalén”, cuyo primer capítulo escribió con la suficiente dificultad para echar a los lectores casuales). Quien sobreviva a esas primeras páginas, sobrevivirá al resto del comic.

Otro elemento que quiero destacar es que, si bien es la Iglesia Católica quien planifica esta misión con el objetivo de fortalecer el cristianismo frente a este futuro distópico, la solución termina por encontrarse en el desarrollo de la ciencia, la razón, y todas las ideas de la Ilustración que la Iglesia rechazó durante siglos. Hickman vuelve entonces a ideales pre-Edad Media, donde la ciencia y las creencias religiosas estaban unificadas, y tal vez por eso eligió una época anterior al Medioevo para que los personajes viajaran: para que estas ideas no tuvieran tiempo de generar esa división, además de ser el Imperio Romano una estructura gubernamental potente, que se apoyaba en creencias religiosas distintas, con fuerte influencia griega.

Sumado a lo anterior, el comic ronda la idea de que la ciencia precisa del cristianismo para no perder de vista una ética común a todo el mundo occidental, aunque esa premisa será puesta en tela de juicio por las actitudes que los viajeros tendrán a medida que las necesidades colectivas se manchan con las cuestiones personales y lo que cada personaje pretende para sí. Como con todo, en lo teórico somos unos fenómenos y tenemos las cosas super claras, pero una vez que debemos dejar de lado lo personal, es que todo eso se va nublando. La visión de Jonathan Hickman termina entonces por ser enormemente pesimista, porque no importa que sepamos lo que se hizo mal para corregirlo: si podemos conseguir cosas para nosotros, no hay visión colectiva o creencia religiosa que importe. El individuo siempre se considerará más importante que el resto.