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Cuando el viernes pasado el Gobierno anunció que iba a buscar la destitución del juez federal Alejo Ramos Padilla, uno de los reclusos del penal de Ezeiza debe haber recibido la noticia con especial alegría: Miguel Osvaldo Etchecolatz. El encono es de vieja data.

El exdirector de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura fue el primer genocida en sentarse en el banquillo de los acusados después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. En 2006, las querellas que lo acusaban por secuestros, torturas y desapariciones en la provincia de Buenos Aires pidieron al Tribunal Oral Federal 1 de La Plata que le revocaran la domiciliaria. ¿Por qué? Porque tenía un arma de fuego.

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Uno de los abogados querellantes era Ramos Padilla, que representaba a María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani, la fundadora de Abuelas. Además de abogado, él mismo había tenido contacto con el arma y había forcejeado con el represor para evitar que “hiciera blanco” en su padre, el juez Juan Ramos Padilla.

Los Ramos Padilla habían ido al departamento en el que vivía Etchecolatz en 2001 para embargarlo porque le habían ganado un juicio por calumnias contra Alfredo Bravo, sobreviviente de la dictadura y dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), en 1998 y el policía nunca había pagado. El cruce entre el genocida y el maestro quedó inmortalizado en un programa de Mariano Grondona de 1997, en el que Etchecolatz negaba haberlo torturado, sino que, con total cinismo, decía que habían hecho un tratamiento que le había permitido curar el pie plano y los callos plantales. Las otras calumnias habían surgido de su libro La otra campana del Nunca Más.

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Con una oficial de justicia, le iban preguntando por distintos artefactos o muebles que pudieran ser embargados.

-- ¿Este piano?

-- Es de mi suegra

-- ¿Este televisor?

-- Es de mi mujer.

La oficial de justicia levantó una charretera y le preguntó: “¿Ésta también es de su mujer?” Etchecolatz se asomó desde la pieza con algo en la mano y contestó: “No, y ésta tampoco”. Apuntaba con una pistola 9 milímetros.

-- ¿Funciona? -- le preguntó Ramos Padilla padre.

-- Sí, y tengo blanco. ¿Dónde lo quiere? ¿En el pecho o en las piernas?

Alejo, que hacía un año se había recibido de abogado, se tiró encima del represor. Forcejeó y le arrebató el arma. El episodio quedó en un recuerdo traumático hasta 2006, cuando los querellantes le plantearon al TOF 1 -- que presidía Carlos Rozanski -- que Etchecolatz en la calle era un peligro. A los dos meses, desapareció Jorge Julio López, querellante contra el Bonaerense en ese juicio. El 19 de septiembre de 2006, el represor fue condenado a prisión perpetua por sus crímenes en el marco del genocidio -- como habían pedido los abogados de la querella de Justicia YA! Esa representación estaba integrado, entre otros, por Guadalupe Godoy, Liliana Mazea y Myriam Bregman, actual legisladora del FIT.

Para Etchecolatz, sus peores "perseguidores" eran los Ramos Padilla

Lo de los Ramos Padilla y Etchecolatz era un tema personal. En los ‘80, Ramos Padilla (padre) lo había acusado de estimular un alzamiento desde la cárcel. La actual esposa de Etchecolatz dijo hace un tiempo que, para él, sus peores "perseguidores" eran los Ramos Padilla. Ellos también lo recuerdan cuando llamaba a la casa familiar para amenazarlos. La madre del actual juez federal de Dolores sabía quién era tan solo al atender.

Lesa humanidad y Malvinas

Alejo Ramos Padilla fue el director ejecutivo durante algunos años de la Asociación Anahí, fundada por Chicha Mariani y Elsa Pavón para buscar a Clara Anahí, la nieta de Chicha. Cuando dejó el cargo, las visitas se mantuvieron. Cuentan que iba con sus hijos y le alegraba las tardes a Chicha, que, entre muchos otros problemas de salud, había ido perdiendo la vista. Estuvo cerca de ella en diciembre de 2015 cuando apareció una muchacha que se creyó que podía ser su nieta y fue una nueva desilusión. “Para Chicha era uno de sus nietos”, cuentan desde la Asociación. Ella lo acompañó cuando juró como juez federal de Dolores en 2011 y le regaló un pañuelo.

Como abogado también representó al excanciller Héctor Timerman por el secuestro y torturas a su padre, el periodista Jacobo Timerman, en el juicio contra el capellán Christian Von Wernich. También acompañó a excombatientes de Malvinas que denunciaron torturas.

En 2015, lo enviaron a Bahía Blanca, una jurisdicción donde la dificultad para hacer avanzar las causas de lesa humanidad eran palmarias. Llamó a indagatoria al entonces camarista Néstor Montezanti, que siempre tenía un pero para comparecer y explicar sus supuestos vínculos con la Triple A. Un día era una gripe, otro que tenía que tomar juramento. Lo declaró en rebeldía. Montezanti renunció como juez para evitar su destitución. El presidente Macri, que ahora impulsa el juicio político contra Ramos Padilla, le aceptó la dimisión. La justicia bahiense todavía no resolvió su situación.

Pasado radical y un juez incómodo para el macrismo

Ramos Padilla estudió Derecho en pleno menemismo. En esa época, militaba en la Franja Morada. Cercano a Alfredo Bravo, de quien fue su abogado, también tuvo cercanía con el ARI de Elisa “Lilita” Carrió, su principal detractora dentro de la alianza gobernante.

Adherente de Justicia Legítima e integrante de Lista Celeste -- la más progresista -- de la Asociación de Magistrados, Ramos Padilla le trajo varios dolores de cabeza al macrismo antes de su investigación actual contra Marcelo D’Alessio. El año pasado sacó una cautelar que imponía multas a las empresas de gas que cortasen el suministro a quienes no podían pagarlo. Rankeó primero para ocupar el juzgado electoral de La Plata, vacante desde la muerte de Manuel Blanco en 2014.

En diciembre de 2015, también promovió una medida cautelar contra el nombramiento en comisión de Carlos Rosenkratz y Horacio Rosatti, como había intentado el macrismo. Por eso, la resolución del martes con la firma de todos los ministros del máximo tribunal confiriéndole recursos para su juzgado valió doble.