El teatro porteño siempre se caracterizó por ofrecer al público una nutrida variedad de obras para ver. Hoy te presentamos las mejores opciones para disfrutar de la pujante actualidad dramática de la Ciudad.

El Cartógrafo

En la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín se exhibe una de las joyas de la actual cartelera porteña. Una conmovedora historia narrada en dos tiempos sobre la vida en el Gueto de Varsovia, con un desempeño actoral brillante y un libro ajustado como un mecanismo de relojería. Un viejo cartógrafo (Mario Alarcón) le enseña a su nieta el artesanal y matemático oficio de la cartografía, en medio de la opresión de los nazis… Juntos tienen la descabellada idea de hacer un mapa del Gueto. A su vez, décadas más tarde, una mujer (la destellante Elena Roger) investiga el posible destino de ese anciano y esa niña que, con lo que tenían, intentaron construir su propia salida de emergencia del Holocausto. El mapa original, al parecer, está perdido… ¿O acaso sobrevive, camuflado, en la memoria colectiva? La experiencia que ofrece El Cartógrafo se parece a sentirse parte de una película, una película protagonizada por mujeres que, incomprensiblemente, no se ven reflejadas en el título de la obra. Para redondear una historia de mujeres intrépidas contada por mujeres valientes, debería llamarse La Cartógrafa o, en rigor, Las Cartógrafas.

Anita o la tragedia de las partes

El Tinglado acaba de estrenar una pieza magistral por su capacidad de engaño hacia el espectador y por sus conmovedora actuaciones. Anita o la tragedia de las partes no es solo la historia de un amor tormentoso, si no también una reflexión a fondo sobre los límites entre la razón y la locura, entre el sentido y el absurdo, entre la esperanza y la ingenuidad. Una joven novia despechada quiere vengarse de su pareja y, al mejor estilo Hamlet, urdirá una rebuscada venganza en su contra. O al menos eso es lo que creemos en un primer momento. Porque en esta obra nada es lo que parece: la puesta sencilla, de living de casa, es quebrada por unos pinturas colgadas que remiten a lo macabro y a un dolor sin pausa; la dulzura cómica de un grupo de amigos millenials puede trocarse de un momento a otro en confabulación siniestra; la ferocidad de lo sexual roza con el aliento asesino y, sobre todo, lo que parece un juego terminará por agujerear la cruda realidad. Con un cuarteto de cuerdas en vivo y las actuaciones estelares de Maia Francia y Pablo Sorensen, este drama en tres actos promete movilizar la temporada.

Edipo Rey

El Teatro Cervantes (que está cerca de cumplir un siglo de vida porteña) abre sus pesados telones para esta puesta comandada por Cristina Banegas que hace hablar, una vez más, a un clásico universal. La actualidad de esta obra, sin embargo, se hace absoluta. No solo por la inteligencia de un escenario elemental, donde los juegos de la luz (con una gigantesca proyección minimalista incluida), el famoso escenario giratorio y un piano de cola van haciendo las veces de todos los elementos dramáticos importantes… Es también el drama de un pueblo funesto, que parece pisoteado por la historia y el destino, lo que nos habla hoy en este Edipo. Con su gobernante, es Tebas entera la que parece caer en una desgracia eterna, zaherida en la encrucijada entre las decisiones y el azar, encadenada a un ciclo infructuoso donde la caída de Layo trae la peste y la llegada de Edipo, una maldición. ¿Y cuál es la reacción de los tebanos? Negar. A toda costa y sin pausa, todos los personajes de esta anciana y contemporánea historia se afanan en negar lo que sucede, precisamente, una y otra vez, delante de sus ojos. Es por eso que, llegado el momento, cuando la verdad termine de afluir en su total desnudez, tendrán que hacerse ciegos. Lo único que queda para quien todo lo ha visto y todo lo ha perdido.

Después de casa de muñecas

Y para el final, lo mejor. El hit de la cartelera porteña. En El Paseo La Plaza sucede el que por ahora detenta el podio del acontecimiento teatral del año. Paola Krum, Julia Calvo, Jorge Suárez y Laura Grandinetti integran el elenco de Después de casa de muñecas, una virtual continuación de la icónica obra de Ibsen. Pero si ya la historia original es de una actualidad rabiosa, la puesta de Javier Daulte se adelanta a nuestro futuro inmediato. Nora regresa a su casa después de haber dejado el hogar familiar durante 15 años. Además de una mujer adulta, se ha convertido en una escritora feminista de éxito, una polemista e intelectual de su tiempo, en una palabra se ha creado a sí misma, y es casi por completo una mujer independiente. Pero un juez extorsionador la obliga a que su ex esposo firme el divorcio para permitirle continuar con su carrera artística, y es entonces cuando nuestra heroína debe regresar a ese no-hogar del que huyó, y donde su ex marido ha acumulado el rencor y la envidia, y su hija ha crecido, y su ama de llaves ha ocupado las funciones que antes Nora cumplía. Nada será fácil para Nora ya, pero de cualquier modo nada ya iba a serlo.

Los espectadores comprendemos, al salir de la sala, que el viaje de Nora ha sido el más doloroso, pero también el de mayor valor. Esta nueva Nora encarna algo así como el gran momento de la decisión femenina, el punto de clivaje en que las mujeres se rebelan contra el patriarcado. Lejos de un rapto de ira o de un discurso para afuera, Nora internaliza la lucha hasta el punto de rozar con la locura. Cuenta, en una de sus charlas con Tóvar, que en cierto momento cobró conciencia de que, para alivianar su culpa o guiarse mejor en sus decisiones, acudía en su mente a la voz fantasmal de su ex esposo o de su padre. Nora, en la oscuridad de su trance, echaba mano inconscientemente a los consejos masculinos, acaso los únicos que conocía como autoridad. Y entonces fue cuando se propuso un voto de silencio, no solo físico sino también mental, durante dos años. Si bien este es un detalle que deja caer Nora en uno de sus parlamentos, lo cierto es que sirve para dimensionar el tamaño de su lucha, y también el de su soledad.

Las actuaciones son, lisa y llanamente, extraordinarias. Paola Krum exhibe en su Nora la madurez de su talento, al igual que la entrañable Julia Calvo con el papel de la ama de llaves. Jorge Suárez construye con ternura la hosquedad de Tóvar. Y quizás la revelación es el desempeño de Laura Grandinetti, una actriz que, en su juventud, es ya dueña de todos sus recursos, y cuyo virtuosismo dramático, por momentos, asusta.