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En poco más de cien días Mauricio Macri o Alberto Fernández tendrán cuatro años de gobierno por delante. La campaña presidencial con mayor grado de incertidumbre en la historia reciente entra en su recta final ofreciendo, ahora sí, algunas certezas. Será una elección competitiva, con pronóstico reservado. El ganador saldrá del duelo casi mano a mano entre Macri, el incumbente, y Fernández, el retador. Entre ambos, según calculan las principales consultoras, se encaminan a acaparar un piso de setenta de cada cien sufragios. Cuanto más se acentúe la polarización y esa cifra se acerque a noventa, mayores serán las chances de que alguno de los dos favoritos triunfe en primera rueda por alcanzar el cuarenta y cinco por ciento de los votos positivos emitidos. Esa es la hipótesis de máxima sobre la que trabajan por estos días el comando de campaña de ambos candidatos. El planteo tiene validez hasta el 8 de agosto. El resultado de las PASO moverá el tablero, obligando a los candidatos a adoptar nuevas estrategias.

Aunque algunas encuestas apropiadamente ornamentadas consignan un empate virtual entre las dos fórmulas, en los búnkeres del oficialismo y de la oposición, a un mes y moneda de las primarias, parten del mismo escenario, que ubica al Frente de Tod*s con un piso de cuatro puntos de ventaja a nivel nacional, que se duplica en la provincia de Buenos Aires. Para la usina que conduce Marcos Peña se trata de una diferencia tolerable. Como en 2015 y 2017, esperan que un triunfo ajustado de Fernández en agosto movilice al voto antikirchnerista y lo encolumne detrás de la boleta de Juntos por el Cambio en octubre, cuando se cuentan los porotos. Por eso el jefe de Gabinete se encargó de clausurar, en menos de 48 horas, la iniciativa de otro sector del gobierno para intentar suspender las PASO a través de una ley. Además de evitarle a Macri una derrota segura en el parlamento, Peña marcó la cancha: cuando se trata de hacerle ganar elecciones al PRO, él es la única persona que toma las decisiones estratégicas.

Las primarias también dotarán a la máquina electoral de Cambiemos de un insumo valiosísimo: información. Cruzando los resultados electorales de las PASO con otras bases de datos Peña obtiene una plataforma inmejorable para detectar dónde reforzar su campaña de cara a octubre. Desde el peronismo, además, denuncian la utilización irregular de bases de datos estatales, particularmente la de ANSES, para estas maniobras. No es el único tipo de irregularidad que aparece en las sospechas del Frente de Tod*s. Esta semana volvió a recurrir ante la justicia el nuevo sistema de escrutinio que el gobierno delegó en la empresa venezolana Smartmatic. La primera prueba del software, a la que no accedieron veedores de la oposición, terminó con fallas masivas. El PJ le reclama a la Cámara Electoral que se utilice nuevamente el clásico sistema de telegramas. Temen que un problema o la manipulación del escrutinio le permita al gobierno instalar mediáticamente un triunfo en caso de sufrir una derrota ajustada, como en agosto de 2017.

El objetivo es doble. Por un lado, prevenir una posible estafa electoral. En el peronismo existen dirigentes de mucho peso convencidos de que es posible que el gobierno intente torcer el resultado a través de métodos irregulares. Habrá, en ese sentido, un operativo de fiscalización más ambicioso que otras veces. Se solicitó, además, la presencia de veedores internacionales. Pero por otra parte, instalar este debate en la agenda le permite a la oposición comenzar a disputarle al gobierno el patrimonio del apego a las normas que vende el oficialismo desde su trinchera republicana. La lucha electoral este año tendrá mucho de compulsa por el sentido común. Será una tarea titánica desarmar discursos que se impusieron durante los últimos cuatro años a través de la irradiación de un mensaje casi unívoco en los medios tradicionales y las redes sociales, apelando a comunicadores afines y granjas de trolls. Si no puede desatar ese nudo, el Frente de Tod*s podrá, quizás, ganar las elecciones de forma pírrica, pero difícilmente pueda gobernar el país a partir de diciembre.

Esta semana confirmamos una añeja sospecha: ese discurso unívoco en los medios de comunicación dominantes tenía su origen directamente en la Casa Rosada. Según informó en Habrá Consecuencias Horacio Verbitsky, el empresario de medios Fabian De Sousa declaró, en una testimonial ante el fiscal Guillermo Marijuan, que el propio Macri participó personalmente en tres reuniones donde se le planteó a los dueños de C5N que “ayuden a meter presa a Cristina” a cambio de cesar con la persecución judicial en su contra. C5N sigue siendo un canal opositor y sus dueños, De Sousa y Cristóbal López, están presos por una deuda impositiva. Así se explica, en parte, el dispositivo de blindaje mediático que benefició al Presidente durante tres años y medio. Ni siquiera en esa condiciones se pueden invisibilizar los resultados desastrosos de esa gestión: la ola de frío puso en manifiesto el desamparo en el que vive casi la mitad de la sociedad argentina.

El éxito o el fracaso de Macri este año estará atado a cuánto sirva aún su andamiaje comunicacional para marcar la agenda. A diferencia de 2015, ya no tiene la posibilidad de mimetizarse a su adversario en materia económica ni de disimular sus intenciones. Sin lugar para “no vas a perder nada de lo que tenías”, sólo le queda prometer “lo mismo pero más rápido”, un enunciado que puede excitar a los mercados pero dificilmente le sirva para achicar la brecha de votos, algo en lo que su candidato a vice, Miguel Angel Pichetto, tampoco puede ayudarlo. Mientras sacrifica reservas en el altar del dólar barato, al Presidente sólo le cabe esperar buenas noticias de Wall Street y de Comodoro Py. En los momentos de mayor necesidad se revelan los aliados más importantes. Macri apuesta su carrera a todo o nada en los próximos ciento cincuenta días. No sabemos a ciencia cierta qué les prometió a quienes pueden darle una ventaja definitiva en ese lance. No resulta arriesgado suponer que ningún precio es demasiado caro para el Presidente.