El tiempo pasa volando, pero apenas cuatro años atrás la prensa hegemónica y sus economistas de cabecera, los mismos que viven de las consultoras financiadas por las principales multinacionales que operan en la plaza local, abundaban sobre el “Plan Bomba” que dejaría como herencia Axel Kicillof al futuro gobierno. El hit de entonces era el de la “crisis asintomática”. Se presumía la existencia de una crisis larvada que, sin embargo, nadie notaba porque sus síntomas no se manifestaban, una idea tan mágica como la actual “recuperación invisible” que ensayan los analistas oficialistas más creativos y según la cual se habría tocado el fondo del pozo del ajuste y comenzado la recuperación, pero en lugares que nadie ve y, particularmente, sin números que lo registren.

  Menos creativa, por repetida, es la crítica por derecha al nuevo y cantado fracaso de un programa neoliberal. Se fracasó porque “no se fue suficientemente a fondo”. La medicina no funcionó, pero no porque intrínsecamente no funcione, sino porque se tomó en dosis muy bajas. Quienes por ejemplo conocen la trayectoria de personajes como José Luis Espert seguramente lo recordarán en los ’90 haciéndole a Carlos Menem las mismas críticas que hoy le hace a Mauricio Macri. Finalmente ese es su rol al interior del aparato comunicacional del poder económico, una posta que ya generó su propio relevo generacional en los sedicentes “libertarios”, jóvenes ultra neoliberales en lo económico y cuasi fascistas en lo político enamorados de la idea de Estados mínimos de tamaño centroafricano, pero que, vaya a saber vía qué conexión causal, convencidos de que tales son los modelos que se aplican en los países desarrollados.

  Pero si cuatro años después se recuerda el presunto plan bomba que se le achacaba al oficialismo de entonces, es porque la verdadera bomba es lo que dejará el macrismo, no sólo al gobierno de otro signo que hoy comienza a gestarse en las urnas, sino incluso a sí mismo, si tal cosa ocurriera. Como ya nadie desconoce, la actual administración no sólo destruyó la economía generando recesión, inflación y cuatro millones de nuevos pobres, sino que, mucho peor, coronó sus acciones con el mega endeudamiento y un plan incumplible con el FMI. De esta manera, la política económica local quedará condicionada durante los próximos años, ya que ninguna de las fuerzas con posibilidades ciertas de acceso al poder plantea rupturas, suponiendo que tales rupturas fuesen posibles.

  El dato duro, al margen de las intencionalidades que puedan presumirse, es que el tipo de reformas que impone como condicionalidades el FMI son las mismas que desea el macrismo y la alianza de clases que lo sustenta: pérdidas de derechos laborales y previsionales. Las primeras por razones obvias en las relaciones de poder entre el capital y el trabajo, las segundas porque resultan funcionales a la idea de reducir el tamaño del Estado y, por ende, de la carga impositiva que lo sostiene.

   En el actual escenario, donde la recuperación y la presunta estabilidad macroeconómica no existen, el tema excluyente del debate preelectoral entre los analistas financieros fue la relación entre el resultado esperado en las urnas y el precio del dólar a partir de este lunes. Al parecer se habría descubierto una nueva teoría sobre el valor de cambio de la divisa según la cual dependería casi exclusivamente de factores políticos y sólo después y muy atrás de factores reales. La visión no deja de ser contradictoria en tanto todos aceptan que el valor presente del dólar es ficticio y que sólo se sostiene por la inyección de billetes del préstamo del FMI, un monto finito, más el recurso de la tasa de interés más alta del mundo y el uso a discreción de la operatoria del dólar futuro, que también hace cuatro años fue denunciada como delictiva por el actual oficialismo, un proceso judicial que todavía subsiste.

   El viernes, mientras proliferaba la difusión de encuestas post-veda, se habrían producido recompras de acciones por parte de las mismas empresas cotizantes, lo que disparó el Merval en medio de la continuidad de la presión sobre el dólar, algo fácil de hacer porque por su tamaño la bolsa local se mueve fácil. No se sabe si “los mercados” votaron o se protegieron. Cualquiera sea el caso todos los factores reales volverán a estar presentes desde el lunes. La verdadera discusión será entonces por la velocidad de la suba del dólar. Los fondos internacionales se están yendo desde hace meses y, según el balance cambiario del BCRA, en junio lo hicieron con mayor intensidad que en la crisis de 2018.

  El escenario que se viene no es negado por nadie. Habrá un nuevo salto devaluatorio, lo que supone una nueva ronda de inflación y freno del PIB. La apuesta oficial es que la bomba estalle después de octubre. Pero incluso sostener el nuevo nivel del dólar ya devaluado demandará renegociar los vencimientos de deuda. Quien resulte ganador de las PASO, especialmente si la tendencia se muestra irreversible, deberá comenzar a charlar con el FMI. El objetivo será el que siempre esperaron, desde los dos lados del mostrador, quienes llevaron la economía local de regreso al Fondo, que el Stand by se transforme en un Acuerdo de Facilidades Extendidas para avanzar con las “reformas estructurales” (“porque nos lo pide el FMI, estamos endeudados y no tenemos alternativa”). Tal será el legado histórico del macrismo. Un gobierno efímero y condicionalidades persistentes.