Alejandro Bercovich, en su editorial del 9 de julio en el marco del programa televisivo Brotes Verdes, graficó con total precisión la ominosa simultaneidad de imágenes ocurrida ese día. Por un lado, la reivindicación más allá del protocolo, de un Presidente fallecido que abandonó su administración en helicóptero dejando tras de sí 39 muertos por la violencia policial y al país sumergido en la peor crisis de su historia. Por el otro, el inédito desfile de las fuerzas de seguridad con la exhibición de sus máquinas represivas.

Como se suele afirmar, “todo tiene que ver con todo”. Fernando De La Rúa fue un presidente que a poco de iniciar su Gobierno rompió la coalición política con la que había ganado las elecciones y se aferró a sostener el esquema de Convertibilidad (u$s1=$1), impulsando duras políticas de ajuste sobre trabajadores públicos, jubilados y universidades. Rifó u$s 20.000 millones de las reservas del Banco Central para sostener un dólar barato que tornaba inviable la economía real y lanzó una reestructuración de deuda ruinosa como el Megacanje, que no evitó el default. Todo ello en procura de alcanzar el denominado “Grado de Inversión” para los organismos multilaterales y calificadoras de riesgo que haría “llover inversiones” sobre la Argentina. Nada de eso ocurrió y el final de su Gobierno es historia conocida y trágica.

¿Por qué entonces el Gobierno homenajea y elogia en su partida a un Presidente tan impopular y de memoria triste? Es en este punto dónde ingresa el aire marcial del desfile de las fuerzas de seguridad con sus tanquetas hidrantes. 

La idea que se pretende transmitir es que De la Rúa fue blando para sostener el rumbo elegido, pero ese rumbo era el correcto: una baja estructural y generalizada del nivel de vida de los argentinos y la libertad de los capitales internacionales y locales para hacer negocios con el país. Recrear el famoso “clima de negocios” que se llamaba.

El conjunto de políticas actualmente vigente es similar al de De La Rúa: endeudamiento desmesurado, apertura comercial y financiera, ajuste permanente sobre el Estado como redistribuidor social, la economía productiva desplomada y sostenimiento de la paridad cambiaria vendiendo reservas del Banco Central prestadas como emblema de la corrección del sendero elegido. 

La diferencia con el pasado es que Cambiemos cuenta con un apoyo irrestricto cuanti-cualitativo del FMI. A Domingo Cavallo, último ministro del gobierno de De La Rúa, el organismo multilateral le retiró el apoyo en agosto de 2001, precipitando la caída.

Las imágenes combinadas entonces son certeras: “este el camino correcto, no hay otro” que explica el revisionismo a De La Rúa, “pero estamos dispuestos a ir hasta el final” que se trasunta en el desfile. “Además contamos con apoyo internacional” que sostiene la “pax cambiaria”.

Evidentemente, todo tiene que ver con todo.