El triunfo de la extrema derecha en la región de Sajonia-Anhalt no sólo supone un golpe para el jefe del Gobierno federal, el canciller democratacristiano Friedrich Merz, sino también la prueba más cabal del progresivo debilitamiento de los partidos tradicionales de la potencia económica de la Unión Europa, Alemania. La victoria refleja un fuerte traspaso de votos desde el ex partido de Angela Merkel, la CDU, y otras fuerzas tradicionales hacia la ultraderecha, y también la movilización de antiguos abstencionistas. Los neonazis de Alternativa por Alemania (AfD por sus siglas en alemán) ya no son una preocupación menor: se convirtieron en el principal partido de oposición a nivel nacional y el favorito para las próximas elecciones nacionales, con capacidad de marcar la agenda política y presionar por alianzas que hasta ahora habían sido descartadas por el resto del arco político.
“Los partidos democráticos han cometido el error de suponer que la insatisfacción con el Gobierno implica que la población quiere un Estado más reducido, cuando en realidad la mayoría demanda una acción estatal más decisiva para mejorar la vida cotidiana”, explicó a El Destape, Jan Eichhorn, Doctor en Sociología, Director de Investigación del think tank D|part, con sede en Berlín, y Profesor Titular de Política Social en la Universidad de Edimburgo.
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¿Se terminó el consenso democrático?
Aunque participa dentro del sistema democrático, el partido AfD alberga corrientes radicales y neonazis, sobre todo, en los estados del este de Alemania. Un ejemplo es Björn Höcke, dirigente de la AfD en Turingia y una de sus figuras más influyentes, que fue condenado judicialmente por utilizar la consigna nazi “Alles für Deutschland”, lema histórico de las SA. Además, algunos miembros del partido han incurrido en una relativización del Holocausto, calificando el Monumento a los judíos asesinados de Europa en Berlín como un lugar de “vergüenza” y sugiriendo que Alemania debería dejar de centrarse en su pasado nazi.
El resultado electoral no le otorga todavía la mayoría absoluta, pero la AfD quedó a un paso de alcanzarla. Sin embargo, conseguir aliados no será sencillo: la agencia nacional de inteligencia la ha clasificado como un partido “extremista de derecha” y la mayoría de las fuerzas políticas se muestran cautelosas ante la posibilidad de formar una alianza. Aun así, el pequeño partido Alianza por Sahra Wagenknecht (BSW) que se autodenomina de izquierda, pro ruso y antiinmigración, ha señalado que podría facilitar la elección de un jefe de gobierno de la AfD en el estado, lo que significaría entregar el poder ejecutivo de la región a una fuerza de extrema derecha en un territorio alemán por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.
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El BSW se opone al llamado “muro cortafuegos” (Brandmauer), la estrategia adoptada por los principales partidos alemanes para impedir cualquier cooperación con la AfD. Mientras CDU, SPD, Verdes y La Izquierda mantienen ese muro como una línea roja para proteger el sistema democrático frente a la extrema derecha, el BSW lo rechaza por considerarlo antidemocrático y contraproducente, argumentando que refuerza la narrativa victimista de la AfD y bloquea posibles soluciones políticas en los parlamentos regionales.
Eichhorn explicó que, más allá del resultado exacto, se trata de una ruptura mayor en la política alemana y que AfD ha sabido aprovechar un descontento generalizado en Alemania, reflejado en encuestas que muestran cómo muchos ciudadanos perciben un deterioro en sus comunidades: peores perspectivas laborales, menos oportunidades de consumo, caída en la calidad de las escuelas y servicios de salud, además de una pérdida de cohesión social. En Sajonia-Anhalt, esa sensación de declive fue aún más marcada que en el promedio nacional, incluso superior a otros estados del este como Mecklemburgo-Pomerania Occidental.
Del triunfo regional a la amenaza nacional
La victoria de AfD en Sajonia-Anhalt -con 44% de los votos y duplicando su resultado respecto a 2021- no solo reconfigura la política regional, sino que abre la posibilidad de un efecto dominó en otras regiones y en el plano federal. Si los partidos democráticos no ofrecen una alternativa sólida y orientada al futuro, AfD podría ampliar su influencia y consolidarse como una fuerza decisiva en el Bundestag, con implicaciones directas para la estabilidad de la Unión Europea. La amenaza no es futura. Los últimos sondeos la ubican como favorita para las próximas elecciones federales, aunque aún faltan dos años y medio.
“Existen razones que explican el avance de la Afd, pero también oportunidades para que los partidos democráticos actúen y contrarresten esa tendencia. Lo que ocurra a continuación no está escrito: dependerá en gran medida de las acciones de los demás actores políticos,” agregó Eichhorn. Muchos votantes perciben que las reformas impulsadas por el canciller Merz -orientadas a estabilizar el sistema y aplicar ajustes graduales- no han respondido a las demandas sociales más urgentes, especialmente en materia de empleo, servicios públicos y cohesión comunitaria.
Uli Brückner, profesor Jean Monnet de Estudios Europeos y docente de la Universidad de Stanford en Berlín, afirmó en diálogo con El Destape que: “Alemania sigue siendo Alemania: un país estable, activo y lejos de cualquier transformación radical o del colapso de la República Federal tal como la conocemos. Pese a las tensiones políticas y al avance de la extrema derecha, no está al borde de una ruptura institucional”. Al mismo tiempo, advirtió que el país no es una excepción y allì también se expande la estrategia populista de la extrema derecha y el peso de las redes sociales en la manera en que la ciudadanía se informa. Según Brückner, la llamada ‘guerra híbrida’ aprovecha la propaganda para manipular debates internos esenciales en una democracia occidental.
Desindustrialización y crisis de identidad
Históricamente considerada la potencia manufacturera de Europa, Alemania atraviesa un proceso de desindustrialización marcado por altos costos energéticos, competencia internacional y rigideces estructurales. El fin del gas barato ruso tras la guerra en Ucrania y las sanciones contra Rusia, y la transición energética (Energiewende) dispararon los precios de la electricidad a niveles récord, afectando la competitividad frente a países como Estados Unidos y China. A esto se suma la escasez de mano de obra calificada por el envejecimiento demográfico y los elevados costos laborales, que encarecen la producción local.
El ex periodista de Bloomberg e investigador, Chris Reiter, coautor del libro Broken Republik: The Inside Story of Germany’s Descent Into Crisis, afirmó a El Destape que el avance de la extrema derecha y la desindustrialización “están totalmente conectados”. Ya que mucho después de que otras economías avanzadas se volcaran al sector servicios, Alemania se aferró a la industria, en parte porque era una de las pocas formas en que los alemanes podían expresar su orgullo nacional.
Según explicó Reiter, la progresiva pérdida de peso industrial en Alemania tiene un impacto profundo y devastador, ya que la manufactura constituye un elemento central de la identidad nacional. La AfD aprovecha justamente esa ansiedad social: el miedo a perder empleos, estatus y cohesión comunitaria y lo traduce en un discurso de nacionalismo étnico, ofreciendo una explicación emocional y simplificada (“nos quitan lo nuestro”) que resulta difícil de contrarrestar con respuestas técnicas o moderadas de los partidos tradicionales.
El panorama se complica con la transformación de China, que pasó de ser un mercado comprador de tecnología alemana a un competidor directo en sectores clave como el automotriz y las energías renovables. La industria automotriz, símbolo del poder económico alemán, enfrenta cierres de plantas y despidos en empresas como Volkswagen, Miele o ZF Group, mientras que la falta de inversión en digitalización y la burocracia excesiva frenan la capacidad de adaptación.
“Una potencia industrial necesita energía abundante y asequible, y la debilidad estratégica de Alemania comenzó mucho antes de que Rusia marchara sobre Ucrania”, señaló Reitel al ser consultado sobre la crisis enérgetica y su impacto en la industria. Para el investigador Merkel cometió errores graves en la política energética. Aceleró la eliminación de la energía nuclear como reacción emocional tras el desastre de Fukushima en Japón, pero eso dejó a Alemania cerrando dos fuentes energéticas principales al mismo tiempo: la nuclear y el carbón.
En lugar de reforzar la resiliencia nacional mediante el fortalecimiento de las redes eléctricas para transmitir y almacenar renovables, apostó por el gas barato de Rusia, lo que hizo a Alemania políticamente vulnerable frente a la presión del Kremlin y económicamente expuesta a la volatilidad de los precios
El peligro de una limpieza étnica
Brückner explicó que el tema dominante en regiones como Sajonia-Anhalt no es la economía, sino la migración. Paradójicamente, este discurso se fortalece precisamente donde hay menos presencia de extranjeros: zonas envejecidas, de las que los jóvenes calificados se han marchado en busca de mejores oportunidades. Son, sin embargo, las regiones que más necesitan inmigrantes para sostener servicios básicos.
Según un profesor de Stanford, buena parte de la campaña electoral se apoyó en consignas como “si ganamos, deportamos a los malos”, articuladas bajo la idea de un plan de “remigración masiva”, que en la práctica equivale a un sueño húmedo de limpieza étnica. Este mismo concepto fue utilizado por el canciller Friedrich Merz al referirse a dicho proyecto, reforzando el peligro que representa para Alemania.
La aplicación de este plan, presentado como un “laboratorio” para el país, prevé la creación de una oficina encargada de gestionar deportaciones masivas, revisar permisos de residencia ya otorgados y preparar a menores nacidos en Alemania para ser “reinsertados” en los países de origen de sus padres o abuelos.
La propuesta incluye la suspensión de programas de integración, la promoción de la Leitkultur —un concepto que plantea la existencia de una “cultura guía” alemana basada en valores y tradiciones nacionales como referencia para la integración— frente al multiculturalismo y la clasificación de barrios para justificar presencia policial intensiva y limitar el acceso a viviendas de alquiler. Este programa se conecta directamente con la narrativa del Gran Reemplazo, una teoría conspirativa que sostiene que las poblaciones europeas estarían siendo “sustituidas” por inmigrantes, especialmente musulmanes.
El impacto en Europa
La preocupación traspasa las fronteras alemanas. En Bruselas, funcionarios de la Unión Europea y analistas advierten que este tipo de propuestas podría tener un efecto expansivo en Europa, alimentando la hostilidad de partidos euroescépticos y populistas. Aunque algunos grupos de extrema derecha han evitado cooperar oficialmente con AfD por considerarlo demasiado radical, sí lo han hecho de manera informal en el Parlamento Europeo.
Los entrevistados coinciden en que la integración europea difícilmente puede avanzar sin Alemania, por lo que una Alemania ansiosa y absorbida por sus problemas internos se convierte en un obstáculo para el bloque. Aunque la AfD plantea revertir la integración e incluso ha sugerido una salida de la Unión Europea, la mayoría de los alemanes valora pertenecer al bloque y se ha beneficiado del euro.
Si este escenario marca el principio del fin de la integración, será un proceso largo y gradual antes de que quede plenamente claro. La incertidumbre alemana no solo afecta a su política nacional, sino que condiciona el futuro de toda Europa.
