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Chilecito, la Perla del Oeste riojano: qué visitar en la ciudad que busca ser Patrimonio de la Humanidad

De la explotación minera al turismo de naturaleza y enológico, Chilecito guarda huellas de más de tres siglos de historia y una de las obras industriales más impactantes de la Argentina.

13 de septiembre, 2026 | 09.00
Chilecito, la Perla del Oeste riojano: qué visitar en la ciudad que busca ser Patrimonio de la Humanidad

La ciudad de Chilecito se fundó en 1715 en el valle que se abre entre las Sierras del Velasco y el cordón del Famatina. Tiene cerca de 59 mil habitantes según el censo 2022, es la segunda ciudad de la provincia y en La Rioja la llaman la Perla del Oeste. Pero durante las primeras décadas del siglo XX fue conocida por otra cosa: era el punto de llegada del mineral que se extraía a más de cuatro mil metros de altura.

Ese vínculo con la montaña dejó una obra que hoy define la identidad local. El sistema Cable Carril Chilecito–La Mejicana, construido por una empresa alemana entre 1903 y 1905, fue en su momento la instalación más larga y elevada de su tipo en el mundo. Dejó de funcionar oficialmente en 1955, pero nunca dejó de estar ahí: 34 kilómetros de acero suspendidos sobre el Famatina, con nueve estaciones escalonadas hasta la cumbre.

En julio pasado, al cumplirse 122 años de su inauguración, Chilecito fue sede de un seminario que reunió a especialistas de la Universidad Nacional de Chilecito, la Universidad Nacional de La Plata y el Colegio de Arquitectos para discutir las directrices de su rehabilitación. El complejo integra la lista indicativa que la Argentina presenta ante la UNESCO como candidato a Patrimonio Mundial, en su condición de patrimonio industrial.

Alrededor de esa estructura, la ciudad rearmó su propuesta. Donde antes se bajaba mineral hoy se produce vino de altura y aceite de oliva; los ríos que bordean la zona siguen teñidos por los mismos minerales que dieron origen a la mina; y un Cristo de dieciséis metros levantado para el Bicentenario domina el valle desde el cerro Paimán. De la mina al viñedo, con el cable carril como testigo quieto en el medio.

El recorrido por el cable carril se hace en la Estación 2, El Durazno. Antes hubo una decisión de Estado: la construcción se autorizó por ley nacional en noviembre de 1901, se licitó el 4 de enero de 1902 y la obra quedó en manos de Adolf Bleichert & Co., de Leipzig. Todo se fabricó en Alemania y se trasladó sin ensamblar, en barco hasta Rosario y desde ahí en tren hasta Chilecito. Trabajaron 1.600 obreros. Las primeras secciones se inauguraron el 29 de julio de 1904 y el sistema completo entró en funcionamiento a fines de 1905.

El resultado son 34.328 metros de cable que salvan un desnivel de 3.345, con 260 torres, una torre doble, once tensores, dos herraduras, un túnel y nueve estaciones, más un ramal que conecta la Estación 2 con la fundición de Santa Florentina, hoy en ruinas. Cada estación tenía su cabina telefónica, conectada por una línea que corría paralela al cable. El mineral bajaba y, en sentido inverso, subían combustible, herramientas, repuestos, agua y alimentos para el personal.

La visita es guiada y se hace por dentro de la estructura. Hay un mirador donde el visitante puede pararse y seguir el trazado con la vista: hacia abajo rumbo a la Estación 1, hacia arriba hasta la Estación 3, desde donde el cable continúa su ascenso hasta la cima. Se conservan la caldera y el motor que impulsaban el tramo junto al sistema de enlace que conectaba la estación con los hornos de fundición.

Dos ríos que no se mezclan

A pocos kilómetros se produce un fenómeno que parece un truco visual: por un lado baja el Río de la Quebrada de Agua Negra, azul por los sedimentos de cobre sulfatados y de caliza; por el otro, el Río Amarillo, con una pigmentación casi dorada que le dan los elementos ferrosos y sulfurosos que resguardan las piedras de su cauce. Confluyen sin fundirse, y ambos mantienen caudal durante todo el año, de modo que el contraste puede verse en cualquier temporada.

El escenario está enmarcado por las Sierras del Famatina, se puede bajar hasta la orilla y hay recorridos disponibles. La parada insume alrededor de media hora. La coincidencia ordena la mañana: el color del agua proviene de los mismos minerales que durante veintidós años bajaron colgados por el cable carril.

Sobre el cerro Paimán, en el Parque Municipal Arturo Marasso, el Cristo del Portezuelo se levanta 16 metros por encima del valle. Está hecho en hierro y hormigón, tiene una base de ocho por ocho metros y cada brazo mide más de seis de largo. Es obra del escultor riojano Alejandro Carrizo, que lo realizó entre 2008 y 2009, y fue inaugurado en abril de 2011.

Para llegar a la base hay que subir 200 escalones: uno por cada año de la Patria, ya que la obra se concibió dentro de los festejos del Bicentenario. La escalinata está dividida en descansos con plazas secas donde crecen más de treinta variedades de cactáceas. Desde arriba la vista es de 360 grados: se ven Chilecito, Anguinán, las Sierras del Velasco y el Famatina enfrente. El acceso es libre y en el entorno funcionan propuestas gastronómicas y puestos de artesanos.

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